El Diseño de nuestro destino

CAPITULO 19 Las Cenizas del Arrepentimiento

El silencio de la tarde en mi pent-house de Boston fue interrumpido por un golpe suave en la puerta. No era el ritmo apresurado de Ivana ni la entrada firme de Erick. Eran tres golpes lentos, casi dudosos.

Erick, que estaba terminando de revisar unos documentos en la mesa del comedor, me miró con extrañeza. Con mi embarazo de ocho meses, me era difícil levantarme rápido, así que él fue hacia la puerta. Al abrirla, se tensó de inmediato.

—Tú... —la voz de Erick salió como un gruñido.

Me incorporé con esfuerzo y caminé hacia la entrada. Allí, de pie en el pasillo, estaba Sergio. Pero no era el hombre arrogante y violento que recordaba. Se veía más delgado, con la mirada baja y los hombros hundidos. No traía armas, ni gritos, solo una pequeña libreta en la mano y una expresión de profunda vergüenza.

—No vengo a pelear, Erick. Por favor —dijo Sergio con voz queda. Me miró a mí y sus ojos se llenaron de lágrimas al ver mi vientre avanzado—. Isabella... solo te pido cinco minutos.

Erick se interpuso, pero yo le puse una mano en el brazo.
—Déjalo, Erick. Quiero escuchar qué tiene que decir.

Sergio entró un par de pasos en la sala, pero se mantuvo cerca de la puerta, como si supiera que no merecía estar allí.

—Fui a ver a Alexa esta mañana —empezó a decir, y su voz tembló—. Fui a pedirle perdón, aunque sé que no tengo derecho a que me lo conceda. Hablé con mis abogados y ya firmé todo el divorcio, sin condiciones. No quiero quitarle nada más... ya le quité demasiado.

—¿Por qué ahora, Sergio? —pregunté, manteniendo la distancia.

—Porque toqué fondo. Después de lo que pasó en el estacionamiento contigo, me di cuenta de que no era solo rabia. Hay algo roto en mí. Fui diagnosticado con un trastorno de control de impulsos y una enfermedad de ira explosiva. No es una excusa —añadió rápido al ver la cara de Erick—, es una explicación. He empezado un tratamiento psiquiátrico intensivo y me voy a internar en una clínica de rehabilitación en otro estado.

Se hizo un silencio denso. Sergio me miró, y por primera vez vi al hombre del que Alexa se había enamorado al principio, antes de que la oscuridad lo consumiera.

—Recuerdo el amor tan bonito que tuvimos... antes de que yo me convirtiera en ese monstruo. Quiero recuperarme, no para obligarla a volver, sino para que ella pueda vivir sin miedo a que yo exista en este mundo. Algún día, si logro ser un hombre nuevo, espero que pueda perdonarme.

Sacó un sobre y lo dejó sobre la mesa de la entrada.
—Ahí están los papeles del divorcio y una carta para ella. Isabella, gracias por defenderla cuando yo no supe amarla.

Sin esperar respuesta, Sergio se dio la vuelta y salió del pent-house. Escuchamos sus pasos alejarse por el pasillo. Erick cerró la puerta y puso el seguro, pero la atmósfera en la casa había cambiado. El miedo que había flotado sobre nosotros desde que salimos de Cozumel finalmente se evaporó.

—¿Crees que sea verdad? —preguntó Erick, abrazándome por la cintura y apoyando su barbilla en mi hombro.

—Creo que finalmente aceptó su propia sombra —respondí, suspirando con alivio—. Y eso es lo único que Alexa necesitaba para cerrar esa puerta y empezar de nuevo.

Ese día, mientras el sol se ocultaba tras los edificios de Boston, entendí que las heridas más profundas no siempre se curan con castigos, sino con la verdad. Sergio se iba a buscar su propia luz, y nosotros... nosotros estábamos a punto de recibir la nuestra.




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