Capitulo Dos
Naksu
El calor de la cabaña me recibe antes que cualquier palabra.
Huele a pan tostado…algo dulce…mantequilla derritiéndose lentamente. Por un segundo, solo uno, todo parece normal.
—Buenos días, chicos —dice mama, sin girarse todavía—. ¿Cómo les fue?
Thorik apenas responde con un sonido bajo, casi un gruñido suave, mientras deja caer la leche que salimos a buscar sobre la mesa. Yo solo alzo la mirada y sonrió, una sonrisa pequeña, lo justo para que ella no pregunte.
—Ya casi está el desayuno —continua—. Naksu, ¿quieres lo de siempre o prefieres otra cosa hoy?
Abro la boca.
Nada.
El silencio se queda atrapado en la garganta, pesado… como si nunca hubiera existido otra cosa ahí. Trago en seco, desvió la mirada un instante y me encojo de hombros, suave, como si no importara.
Lo que sea. Siempre es lo que sea.
Y entonces…. El mundo se rompe. Un grito. No humano. Agudo, desgarrado e imposible de ignorar. Luego otro y otro.
El aire cambia. Lo siento antes de pensarlo. Se filtra por las paredes, por las ventanas, por debajo de la puerta como humo invisible.
Caos. Mi corazón da un golpe seco contra el pecho.
Demonios.
Los reconozco. No por lo que suenas sino por lo que dejan detrás. Los Kharvex.
El nombre aparece en mi mente como una herida abierta. Criaturas nacidas de las brasas…. de lo que queda cuando algo se quema, pero no desaparece. No viven. No mueren, al menos no tan sencillo. Solo consumen.
Un golpe seco en la madera y Thorik ya está en pie. No lo vi levantarse.
Solo está ahí ahora, enorme, tensando los hombros, la espalda recta, el aire a su alrededor cambiando igual que afuera. Su mano roza la mesa un segundo, como si dudara, como si recordara que esto era un hogar hace apenas unos segundos. Luego no hay duda. Con Thorik nuca la hay si se trata de defender a quienes ama.
Corre.
La puerta se abre de golpe, dejando entrar el ruido por completo—gritos, pasos, algo rompiéndose a lo lejos—y el desaparece entre todo eso como si perteneciera ahí más que aquí. Mama se queda quieta. Yo también. Pero no es lo mismo. Porque yo no puedo moverme. No debo.
Mis dedos se curvan levemente sobre la mesa. Siento el eco del canto todavía vibrando dentro de mí, como si mi propia voz se negara a desaparecer del todo…aunque no esté.
No puedo salir. No puedo luchar. No puedo gritar.
Afuera, los Kharvex se arrastran entre el pueblo, guiados por las brasas que los crearon… por la energía que otros dejan escapar. Siempre encuentran el camino. Siempre vuelven.
Y yo… cierro los ojos un segundo. No todos los monstruos desgarran la carne. Algunos desgarran lo que eres. Afuera, los gritos cambian. Ya no son de sorpresa. Son más íntimos. Como si cada persona estuviera luchando contra algo que nadie más puede ver.
Aprieto los dedos contra la mesa. Los Kharvex leen el alma. No atacan a todos igual, nunca lo hace.
Encuentra esa grieta, esa emoción que ya vive dentro de ti, y la abren más. La alimentan. La vuelven imposible de ignorar. Culpa. Ira. Miedo. Vergüenza. Repulsión.
No crean la oscuridad. La reflejan. Y cuando lo hacen… ya es demasiado tarde.
Un golpe seco resuena afuera, seguido de un grito lleno de rabia. No de dolor.
Rabia.
Cierro los ojos un instante. Ese no va a sobrevivir.
Si la ira lo domina, Kharvex no necesitara tocarlo. Solo un susurrara. Y el mismo hará el resto. Así funcionan.
Así siempre han funcionado desde la Guerra de la Triada…o como a los humanos prefieren llamarla: La Guerra Negra.
Un nombre más simple. Mas ignorante. Más fácil de soportar.
Porque la verdad pesa demasiado. Tres dioses. Solo tres.
Malrik, el Dios del Sol.
Valkmira, Diosa de la luna.
Y Shea…
Mi mandíbula se tensa apenas. La Diosa de las Sombras, la creadora de los Kharvex. Ellos no son simples demonios, son lo que queda cuando una emoción se pudre. Son brasas con forma. Recuerdos deformados. Castigos que respiran. Y, aun así, no son lo peor que dejo la guerra.
Exhalo lento por la nariz. El silencio en mi garganta sigue ahí, pesado. Recordándome. Por cada vida que salvo algo en mi desaparece.
Afuera, algo golpea contra una pared con fuerza. Madera crujiendo. Pasos. Un gruñido que no es humano.
Thorik ya está ahí. Lo imagino sin verlo.
Alto, imposible de ignorar. Como si hubiera sido hecho para este tipo de momentos. Su cuerpo moviéndose sin dudar, como si la violencia fuera un idioma que domina mejor que cualquiera.
Con solo recordar como lucha, me hace pensar en aquella raza casi extinta. Los Cambiaformas. Quedan pocos. Unos doscientos, si los rumores son ciertos. O menos. Durante años se ocultaron, como si el mundo no fuera suyo también. Como si hubieran olvidado quien los salvo.
Editado: 18.04.2026