El Don de una Voz Prohibida

Capitulo Cuatro

Capitulo Cuatro

Naksu

Después de pasar el día sanando a los heridos y limpiando las calles de Orvethia, este día tan horrible al fin está llegando a su fin. El sol se va ocultando en el horizonte, perdiéndose en el mar.

No sabía qué hacer, qué haría con esa incertidumbre de si volverían o no. Cómo trataría el pueblo esto, cómo serían las nuevas heridas, las cicatrices que dejó este ataque a mi pueblo, mi amado pueblo en el que por años no ha habido un ataque como este. Qué hará con el nuevo habitante que se pasea por sus calles. Espero que no sea un presagio de que pronto todo irá mal, y además ahora está Thorik queriendo buscar pleito con ese semidiós; por los dioses, ¿qué diablos le pasa? No entiende que ese es un ser peligroso. No sabía si era de los justos o de los que se descarriaban, si pertenecía a la diosa Luna o al dios Sol. Existían semidioses que se les subían los humos y se creían lo más grande, tratando mal a los humanos o a cualquier ser vivo; estaban los otros, los “buenos”, que vivían solo para servir a su dios… o tal vez es de esos que no saben controlar su núcleo de magia y solo causan desastres. Realmente no se podía confiar en ellos, al menos nunca a la primera.

Mientras vuelvo de camino a la cabaña familiar, solo espero que el encuentro de Thorik y el encapuchado no sea feo. Definitivamente Thorik se pone agresivo con las personas que amenazan la seguridad de nuestra familia, y realmente quiero tomar un baño —agradeciendo a los hechiceros por crear con su magia y su ingeniería las tuberías en el continente, que nos permiten tener agua a nuestro alcance— y quitarme toda esta tierra y ceniza… y creo que algo de sangre. Por más que no me tenga que involucrar demasiado en el contacto, al curar a las personas siempre logra llegar sangre a mi ropa.

Al entrar en la cabaña, aún no llegan mamá y Thorik. Lo más seguro es que siguen ayudando con lo poco que falta y, la verdad, eso me da un poco de paz, ya que podré lavarme sin que me pregunten cómo me siento. Sí, puede que cuando curo a muchas personas seguidamente me agoto, y más es el tiempo sin oírme, pero todo vale la pena. Puedo ayudar con el regalo de mi nacimiento y eso me da un propósito para vivir y sonreír. Al final, ya estoy acostumbrada a estar en silencio y solo comunicarme con señas o mi libreta; sabrán los dioses cuántas libretas he utilizado en mis veintidós años de vida.

Me despojo de mi ropa mientras entro al cuarto de baño y abro el grifo, dejando que el agua se lleve todo lo pesado de este día, sintiendo cómo cae por mi cabeza y mis rizos descontrolados se aplastan bajo su peso. Me enjabono por todo el cuerpo y permanezco bajo el agua por unos minutos, disfrutando de la sensación, sintiendo cómo hasta mi mente se libera poco a poco. Pasado el tiempo, cierro la llave y me seco el cuerpo con calma, como si cada movimiento me ayudara a regresar a mí misma.

Me cubro con una bata y salgo del cuarto de baño para dirigirme a mi habitación. Entro, cierro la puerta y me acerco al mueble donde guardo toda mi ropa. Saco un conjunto sencillo, pero cuidadosamente confeccionado: una camisa de manga larga, un vestido de tirantes gruesos de tono azul profundo. La falda tiene varias capas suaves que permiten movimiento, pensadas tanto para la vida cotidiana como para la práctica, acompañada de un cinturón de cuero oscuro con pequeños compartimentos útiles. También unos pantalones ajustados, de un tono oscuro que contrasta con el vestido. Junto a él, tomo unas botas altas, resistentes, de cuero negro, ligeramente desgastadas por el uso, pero bien cuidadas. La tela es resistente, pensada para durar, con detalles simples pero elegantes que encajan con la vida en Orvethia: funcional, pero con un toque de delicadeza.

Coloco todo sobre la cama y, con un suspiro apenas perceptible, me libero de la bata para empezar a vestirme.

Primero tomo la camisa de manga larga, de una tela ligera que se ajusta suavemente a mis brazos y descansa a la altura de los hombros, dejando el cuello despejado. Sobre ella, deslizo el vestido ajustándose con precisión a mi figura sin llegar a incomodar. Luego los pantalones, la tela es resistente pero flexible, adaptándose a cada movimiento sin limitarme, pensados más para la acción que para la apariencia, aunque logran ambas cosas sin esfuerzo. Se ajustan desde la cintura hasta los tobillos, permitiéndome moverme con libertad, correr si es necesario… o pelear. Le sigue la falda del vestido cae sobre ellos, corta en la parte delantera para no estorbar, pero alargándose en la parte trasera en una caída más elegante que roza por debajo de las rodillas. Las capas se superponen con suavidad, moviéndose con cada paso, creando ese equilibrio extraño entre lo práctico y lo delicado. Ajusto el cinturón de cuero oscuro sobre la cintura, asegurando los pequeños compartimentos ocultos en su diseño, y finalmente tomo las botas altas de cuero negro, y es ahí donde guardo mi daga. La hermosa daga es alargada y estilizada, de hoja recta con doble filo que se estrecha gradualmente hasta terminar en una punta aguda y definida. El acero, brillante y pulido, posee un acabado liso que refleja la luz. En la parte superior de la hoja aparecen grabados ornamentales que descienden desde la base: líneas curvas entrelazadas, figuras simétricas y delicados patrones florales tallados con gran detalle.

La guarda es pequeña y elegante, de forma recta, con extremos redondeados que sobresalen ligeramente a ambos lados. El mango, cilíndrico y apenas ancho, es de color negro liso, contrastando con las piezas metálicas plateadas que lo enmarcan arriba y abajo. Estas presentan relieves decorativos de filigranas, pequeñas flores y motivos curvos. En la parte superior del pomo sobresale un remate corto y redondeado.



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En el texto hay: aventura, slowburn, romantasy

Editado: 23.04.2026

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