El Don de una Voz Prohibida

Capitulo Cinco

Capitulo Cinco

Rakvyn

Había llegado en barco desde el este al caer la mañana, cuando el sol ya se alzaba lo bastante alto para dorar las aguas sin llegar todavía a volverlas insoportables. Descendí por la pasarela con la capucha puesta y una mano descansando cerca del cinturón, más por costumbre que por necesidad. La madera crujía bajo el peso de marineros, mercaderes y viajeros impacientes por tocar tierra firme. El puerto entero respiraba movimiento.

Hombres curtidos por la sal arrastraban redes repletas de pescado plateado que aún se agitaba débilmente. Mujeres de brazos fuertes gritaban precios desde puestos improvisados cubiertos con lonas desteñidas. Niños corrían entre barriles de especias, cestas de fruta y cajas de mercancía extranjera con la habilidad natural de quien ha nacido esquivando botas ajenas. Las velas de los grandes barcos se mecían como alas inmensas, y las cuerdas tensas cantaban con el viento.

Había conocido puertos mejores. Más ricos, más grandes, más peligrosos.

Y, aun así, aquel tenía algo distinto.

No olía solo a comercio.

Olía a vida.

Tomé aire despacio mientras avanzaba entre el gentío. El viaje desde el sur había sido largo, tedioso y lleno de hombres que roncaban como animales moribundos. Nunca me gustó el mar. Tiene la desagradable costumbre de recordarle a uno lo pequeño que es. Además, balancearse durante días dentro de una caja flotante rodeado de incompetentes no figura entre mis placeres favoritos.

Pero era la ruta más rápida.

Y la misión no admitía demoras.

Había sido preparado durante años para encargos importantes. Desde niño me enseñaron a leer mapas antes que cuentos, a distinguir venenos antes que vinos, a detectar mentiras antes que emociones sinceras. Aprendí idiomas, combate, historia, táctica, etiqueta y todas las artes útiles para moverse entre nobles, asesinos o fanáticos sin morir en el intento. Mientras otros muchachos aprendían a reír, a mí me enseñaron a observar.

Serví en tareas menores primero. Mensajes delicados. Recuperación de objetos. Eliminación de problemas discretos. Pruebas, todas ellas.

Siempre pruebas.

Hasta ahora.

Esta vez me habían considerado digno de algo mayor.

No pregunté demasiado. Los hombres inteligentes saben cuándo conviene recibir información… y cuándo conviene fingir que no desean más.

Seguí caminando por las calles de Orvethia, dejando atrás el muelle. El pueblo se extendía entre caminos de tierra firme, casas de madera robusta y piedra clara, techos inclinados cubiertos con tejas envejecidas y balcones pequeños cargados de plantas que caían en cascada verde. Todo parecía construido para durar, no para impresionar. Una rareza en el continente.

En otras ciudades la riqueza se exhibe. Aquí se utiliza.

Las calles estaban limpias. Las puertas abiertas. La gente se saludaba por nombre. Vi ancianos sentados a la sombra reparando herramientas, muchachas transportando canastos sin bajar la cabeza ante nadie y hombres trabajando con esa tranquilidad propia de quienes aún creen que el mundo puede ser sencillo.

Qué costumbre tan peligrosa.

Me interné más hasta llegar al mercado principal.

Allí el pueblo parecía latir con más fuerza.

Filas de puestos cubiertos con telas coloridas se abrían a ambos lados del camino. Un carnicero de barba espesa despedazaba una pieza entera con precisión admirable mientras discutía precios sin dejar de sonreír. Una mujer vendía quesos envueltos en hojas aromáticas y regañaba a cualquiera que intentara tocarlos sin comprar. Un anciano ofrecía cuchillos de cocina que probablemente habían servido antes para otras tareas menos legales. Más allá, cestas rebosantes de frutos rojos, naranjas doradas y raíces extrañas perfumaban el aire.

Y entonces lo sentí.

Azúcar tostada. Mantequilla caliente. Canela.

Un aroma más eficaz que cualquier invitación.

Giré la cabeza hacia el origen.

Había un puesto amplio y ordenado donde trabajaban tres hombres y una mujer esbelta. Movían bandejas, atendían clientes, acomodaban cajas y envolvían paquetes con sorprendente eficiencia. Uno de ellos, de rasgos suaves y expresión amable, organizaba los dulces con una dedicación casi delicada, sonriendo cada vez que algún niño se acercaba demasiado a mirar. Otro, de porte más elegante, acomodaba mercancía con manos demasiado finas para un simple vendedor. El tercero vigilaba alrededor mientras trabajaba, atento como cazador. La mujer, de actitud áspera y ojos afilados, discutía con una anciana sin perder la sonrisa.

Curioso grupo.

Entonces la cortina trasera del puesto se apartó.

Y salió ella.

Me detuve sin proponérmelo.

No era pequeña ni delicada en el sentido inútil de la palabra. Poseía una figura generosa y armónica, de caderas amplias, cintura cerrada y muslos fuertes que daban a cada paso una seguridad silenciosa. Había suavidad en sus curvas y fuerza en la manera de sostenerse. El tipo de mujer que parecía capaz de alimentar un hogar… o incendiarlo si la provocaban.



#1575 en Fantasía
#305 en Magia

En el texto hay: aventura, slowburn, romantasy

Editado: 29.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.