El Don de una Voz Prohibida

Capitulo Seis

Capitulo Seis

Rakvyn

Me desperté con la certeza de que debía marcharme.

No era una sensación nueva. De hecho, era la más natural de todas. Permanecer demasiado tiempo en un lugar siempre acababa mal: la gente empezaba a mirar de más, a preguntar de más, a recordar tu rostro cuando no debía hacerlo. Yo había sobrevivido precisamente por no echar raíces en ninguna parte.

Orvethia debía haber sido una parada breve. Entrar, observar, encontrar a la muchacha del mechón blanco, cumplir el encargo y desaparecer antes de que alguien sospechara siquiera que estuve aquí.

Ese era el plan.

Sin embargo, llevaba más tiempo del necesario durmiendo en la misma posada, desayunando el mismo pan mediocre y conociendo de memoria el sonido de las campanas del mercado cada mañana.

Me irritaba reconocer la razón.

Naksu.

No porque me hubiese atrapado con encantos absurdos ni por ninguna necedad sentimental propia de bardos borrachos. Me interesaba porque seguía sin encajar. Porque cuanto más la observaba, menos lógica encontraba en ella.

Una sanadora querida por todos, capaz de reunir a cinco problemáticos bajo un mismo techo y convertirlos en trabajadores útiles en menos de una semana. Una mujer que parecía demasiado suave para este mundo y, aun así, nadie lograba arrastrarla. Una muchacha sin rastro visible de poder… a la que todos orbitaban sin darse cuenta.

Eso no era normal.

Y yo no ignoraba lo anormal.

Bajé a la planta baja de la posada todavía pensando en marcharme. Pedí café. Lo bebí de pie. Miré por la ventana la calle que despertaba y me dije, con absoluta seriedad, que hoy sería el último día.

Después caminé directo al mercado.

La honestidad con uno mismo también puede ser cruel.

El puesto ya estaba lleno de movimiento cuando llegué. Anik atendía a una anciana con una paciencia enternecedora mientras envolvía galletas en papel encerado; Blair, con harina en la mejilla y expresión ofendida, luchaba contra una masa rebelde que claramente iba ganando; Alvar se inclinaba sobre el horno revisando bandejas con sorprendente cuidado, y Hanta regresaba cargando un saco de fruta fresca al hombro como si no pasara nada.

Y Naksu estaba en medio de todos.

No mandaba a gritos. No imponía por miedo. Apenas bastaban una mirada, una palabra, una mano señalando algo. Todos reaccionaban a ella como si fuera el centro natural del lugar. Cuando Blair estaba a punto de lanzar la masa contra alguien, Naksu chasqueó la lengua y la otra obedeció entre risas. Cuando Anik dudó con un precio, ella se acercó, corrigió con suavidad y volvió a desaparecer hacia otra tarea sin romper el ritmo de nada.

Eso me fascinaba más de lo que pensaba admitir.

Me quedé observando un instante desde la distancia. Nadie parecía notarlo, salvo Blair, que me descubrió primero y sonrió con esa expresión de mujer que disfruta el caos ajeno.

Peligrosa.

Thorik no estaba allí, pero tampoco hacía falta verlo para recordarlo. La tarde anterior me desvié hacia la zona donde vivían Naksu y su familia, con la excusa de conocer mejor los alrededores y las rutas menos transitadas del pueblo. Fue entonces cuando vi la herrería detrás de la vivienda: sólida, práctica, sin adornos inútiles. Escuché el golpe limpio del metal, observé herramientas cuidadas, fuego bien contenido y piezas colocadas con un orden casi obsesivo. Desde una distancia prudente también alcancé a verlo trabajar unos minutos. Buen pulso, disciplina y orgullo silencioso en cada movimiento. Hombres así rara vez son necios sin remedio.

Eso los vuelve útiles.

Si quería permanecer cerca de ella sin convertir cada encuentro en una discusión absurda, necesitaba que Thorik dejara de verme como amenaza inmediata. No amigo; eso sería excesivo. Pero sí alguien tolerable.

Los hombres como él respetan tres cosas: capacidad, constancia y lealtad visible.

Podía ofrecer al menos dos sin mentir demasiado.

Me acerqué al puesto cuando Naksu me vio. Fingió molestia antes incluso de que hablara. Me gustó más de lo debido.

—Has vuelto —dijo.

—Lamento decepcionarte.

—No me decepcionas. Solo encareces el inventario.

Blair soltó una carcajada desde donde amasaba.

—Ya casi parecen casados.

Naksu la amenazó con una cuchara, y Blair respondió con una reverencia insolente.

Compré dos pastelillos que no necesitaba y me quedé el tiempo suficiente para observar pequeñas cosas: cómo Naksu apartaba el cabello detrás de la oreja cuando pensaba, cómo corregía a Anik con paciencia distinta a la que usaba con Blair, cómo pedía a Hanta revisar la fruta y cómo Alvar, pese a su evidente vanidad, obedecía cada indicación sin protestar.

También noté otra cosa.

No había rastro de poder.

Ni en sus manos, ni en su voz, ni en sus pasos. Nada. Ningún destello. Ninguna vibración que yo reconociera. Solo una mujer trabajando, sonriendo y manteniendo unido un pequeño desastre ambulante.



#1575 en Fantasía
#305 en Magia

En el texto hay: aventura, slowburn, romantasy

Editado: 29.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.