El Don de una Voz Prohibida

Capitulo Siete

Capitulo Siete

Thorik

El metal nunca miente.

Se dobla si aplicas la fuerza correcta. Se parte si lo exiges de más. Guarda marcas de cada golpe y responde exactamente a la mano que lo trabaja. Por eso siempre he preferido el hierro a la gente. Las personas esconden demasiado; el acero, jamás.

Apoyé la pieza al rojo vivo sobre el yunque y descargué el martillo con precisión medida. El sonido llenó la herrería como una campana privada, limpia y familiar. Chispa, golpe, respiración. Otra vez. Otra más.

Cuando era niño, ese ruido me salvó.

No nací aquí. Nací en otro lugar más allá de Orvethia y en el cual ya casi no recuerdo. Llegué a esta casa con ocho años, flaco, rabioso y con más hambre que modales. La madre de Naksu me abrió la puerta como si yo hubiese sido esperado. No preguntó demasiado. No pidió nada a cambio. Me dio sopa caliente, una cama pequeña y una mirada firme que dejaba claro que, si pensaba robarle, tendría que hacerlo después de lavar los platos.

Naksu tenía seis años y me observó durante una hora entera escondida tras una silla.

Luego apareció frente a mí, me puso un pedazo de pan en la mano y dijo:

—Si vas a vivir aquí, no seas aburrido.

Desde entonces no he logrado que lo sea.

Crecimos juntos. Peleamos como bestias, nos defendimos como familia y aprendimos a compartir lo poco que había sin contarlo demasiado. Yo me hice grande en la fragua. Ella se hizo luz en cada rincón donde entraba. Nos convertimos en familia. Cuando empezó a mostrar su don, entendí algo antes que muchos adultos: el mundo ama los milagros mientras le sirven, y los teme en cuanto no los comprende.

Por eso la vigilo.

Por eso gruño.

Por eso desconfío de cualquiera que la mire demasiado tiempo.

No porque crea que sea débil. Naksu podría sobrevivir hasta al fin del mundo por pura terquedad. Pero la bondad atrae cosas peores que la maldad. Atrae hambre. Codicia. Gente que quiere poseer lo que no merece.

Y ahora estaba Rakvyn.

Le di la vuelta a la hoja de metal y volví a golpear.

El verlo me recordaba a Aksel. Un semidiós elegante, curioso, demasiado cómodo haciendo preguntas. Pero era una tormenta de verano: mucho ruido, poca permanencia. Duró tres días y siguió su camino como hacen los hombres que viven de admirarse en reflejos ajenos.

Rakvyn no era eso.

Rakvyn entraba en un lugar y el aire parecía darse cuenta.

No desprendía arrogancia vacía ni esa amenaza juvenil de quienes necesitan demostrar algo. Lo suyo era peor. Más silencioso. Más viejo. Como si hubiese visto demasiadas cosas y hubiera aprendido a no parpadear ante ninguna. Había peligro en él, sí, pero no el peligro torpe de una pelea de taberna. Era el tipo de peligro que espera sentado y aun así gana.

Algo antiguo.

Algo que me erizaba la nuca sin explicarme por qué.

Golpeé con más fuerza de la necesaria.

—Ese hierro no te hizo nada —dijo una voz detrás de mí.

Bjorn entró agachando la cabeza para no dar con el marco. Traía un saco de carbón al hombro como si pesara lo mismo que una manta. Lo dejó en su sitio y se limpió las manos en los pantalones.

—Llegas tarde.

—Llegué con una bolsa de carbón enorme. Compensa bastante.

Resoplé una risa breve.

Ese muchacho tenía menos delicadeza que una carreta cuesta abajo, pero trabajaba bien y preguntaba poco. Dos virtudes escasas.

Se acercó a revisar unas piezas terminadas mientras yo retomaba el martillo.

—Anoche casi saltas la mesa para arrancarle la cara al forastero —comentó.

—Lo pensé.

—Se notaba.

—¿Y tú qué piensas?

Bjorn encogió un hombro.

—Pienso que mira mucho a Naksu.

—Correcto.

—Pienso que ella lo mira de vuelta.

Fallé un golpe por media pulgada.

Bjorn sonrió como bestia satisfecha.

—También pienso que si la haces enojar por eso, ella te partirá una silla en la espalda antes que él.

—Sigue hablando y probaré si tu cabeza sirve de yunque.

Rió con ganas y tomó unas tenazas para empezar a mover material.

El trabajo siguió entre chispas y calor. Bjorn aprendía rápido: fuerza tenía de sobra, pero estaba empezando a entender que no todo se resuelve empujando. Buena señal. Mientras acomodábamos pedidos —bisagras nuevas para una granja, herraduras, dos cuchillos de cocina y una reja encargada por la panadera vieja de la esquina— seguí pensando en la noche anterior.

Rakvyn riéndose con ellos como si llevara meses sentado a nuestra mesa.

Rakvyn observando todo sin parecer hacerlo.



#1575 en Fantasía
#305 en Magia

En el texto hay: aventura, slowburn, romantasy

Editado: 29.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.