Capitulo Ocho
Había pasado una semana desde la partida de Thorik de Orvethia, y aunque en apariencia el pueblo seguía respirando con la misma calma de siempre —los hornos encendidos antes del alba, los carros crujiendo sobre la piedra, las vecinas intercambiando chismes como si fueran moneda— algo más fino e invisible se había instalado entre sus calles. Una tensión sin nombre. Una sensación de espera. Como si la tierra misma supiera que ciertas cosas, una vez despiertas, jamás vuelven a dormirse del todo.
Naksu lo sentía cada mañana al abrir los ojos.
Lo sentía en el instante previo a levantarse, cuando el cuarto aún conservaba el frío de la noche y por un segundo podía fingir que nada había cambiado. Lo sentía al cruzar la casa y notar el silencio de la herrería detrás del patio, demasiado quieta sin la voz áspera de Thorik maldiciendo herramientas, carbón o destinos mal diseñados. Solo el golpeteo constante de las herramientas de Bjorn. Lo sentía al llegar al mercado y sonreír a la gente correcta con las palabras correctas mientras bajo las costillas le pesaba una inquietud que ya no podía llamar imaginación.
Ordenaba bandejas de pan dulce y acomodaba frutas con manos expertas, fingiendo una normalidad que solo engañaba a quienes no la conocían de verdad. Blair la observaba a veces con ojos demasiado agudos. Hanta guardaba silencios más largos. Anik hacía bromas con el entusiasmo desesperado de quien intenta espantar sombras. Incluso Alvar, tan enamorado de sí mismo como para no notar el fin del mundo si no despeinaba su cabello, empezaba a mirarla con preocupación mal disimulada.
Y Rakvyn.
Rakvyn observaba desde la sombra de un toldo cercano con esa quietud peligrosa que parecía no pertenecer a ningún hombre común.
No siempre se acercaba. A veces ayudaba cargando cajas, otras veces desaparecía durante horas y regresaba con la ropa cubierta del polvo de caminos que nadie lo había visto tomar. Pero siempre estaba cerca. Como un animal antiguo que hubiera elegido un territorio sin anunciarlo.
Aquella mañana no hablaba. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro inclinado apenas lo suficiente para que la luz no alcanzara del todo sus ojos. Desde lejos parecía relajado. De cerca, cualquiera con instinto habría notado lo contrario.
También él sentía que algo se movía.
Y muy lejos de allí, después de cruzar las aguas violentas del Golfo Sol Roto, viajar por el seco desierto del Kex y los caminos del norte donde los bosques cerrados devoraban la luz entre troncos inmensos, Thorik apretaba las riendas entre guantes endurecidos por trabajo y cicatrices viejas. Cabalgaba sin descanso razonable, cambiando monturas cuando podía y durmiendo menos de lo necesario, convencido de que cada día invertido lejos de casa valdría la pena si regresaba y encontraba a todos a salvo.
No sabía que con cada milla que lo alejaba de los suyos, otra cosa se acercaba a ellos.
Ni que el mundo entero, mientras él viajaba comenzaba a inclinarse hacia un punto que llevaba años esperando.
*****
En el centro del continente, donde la niebla parecía nacer del suelo y los árboles crecían tan juntos que sus copas ocultaban el cielo, se extendía el Bosque Susurrante.
No había mapa honesto capaz de fijar del todo sus senderos. Los caminos cambiaban. Las raíces se alzaban donde antes no estaban. Los viajeros juraban escuchar voces entre las hojas: nombres olvidados, advertencias, ruegos o promesas según la culpa que cargaran al entrar. Algunos salían viejos. Otros no salían.
En el corazón de aquella espesura se erguía el Château de las Brujas.
No era una construcción amable. Sus torres negras parecían brotar de la piedra viva como dedos huesudos, y los vitrales altos reflejaban una luz imposible incluso en días nublados. Hiedras plateadas trepaban por los muros como serpientes lentas. Cientos de ventanas observaban el bosque con la paciencia de algo que nunca duerme.
Aquella mañana, todas las chimeneas humeaban.
Mujeres envueltas en terciopelos oscuros, sedas antiguas o sencillas capas de viaje atravesaban los salones de mármol gris llevando libros, jaulas pequeñas, cofres cerrados con runas o simplemente secretos en la espalda recta. Algunas parecían jóvenes hasta que sus ojos las traicionaban. Otras llevaban el peso de las décadas sin esconderlo.
Las voces crecían por corredores y galerías como un enjambre elegante.
—El tiempo ha llegado.
—Ya es hora.
—Hemos esperado demasiado por esto.
—¿Vendrán todos?
—No si son sabios.
—Entonces vendrán.
En la sala alta, donde una mesa de madera blanca ocupaba casi toda la estancia, la Bruja Mayor permanecía de pie frente a una ventana abierta. Su cabello, largo y completamente purpura, flotaba sin viento alguno. Nadie recordaba haberla visto sonreír de verdad, y aun así había quienes la amaban con fervor.
—Preparad las cámaras del este —ordenó sin alzar la voz.
Todas callaron.
—Reforzad los sellos inferiores. Quiero los espejos cubiertos y las puertas de obsidiana cerradas hasta mi señal. Nuestros invitados no cruzarán medio continente para encontrar desorden.
Editado: 29.04.2026