Unos días después.
Para llegar hasta Aray tuve que vender algunas de mis cosas más valiosas y alquilar una habitacion en una posada bajo otro nombre. Solo estaré un día aquí.
Me hubiera gustado volver a la casa donde crecí de niña, pero cuando me convertí en princesa decidí usarla como orfanato para aquellos niños que se quedaron sin padres ni hogar cuando esa enfermedad se apoderó de todo Aray.
Apenas llegué al cementerio, fui directo a buscar la supuesta tumba de mis padres. Digo supuesta porque en realidad quemaron sus cuerpos y sus cenizas se las llevó el aire. Nunca supe dónde quedó el cuerpo de Einar, pero quiero hacerle una tumba simbólica.
Cuando aún era princesa, hacer una tumba simbólica no me costó nada: tenía la autorización de los reyes. Pero ahora la situación es distinta. Ya no soy princesa, y la reina es Crystal. No sabía si sería posible hacer la tumba de mi amigo.
Quizás suene exagerado o dramático, pero es lo que siento que debo hacer.
Al llegar a la entrada, me detengo al ver por la ventana a un hombre que supongo es el encargado. Abro la puerta de su oficina y dejo sobre su mesa una bolsa llena de monedas de oro. El hombre me mira confundido.
—¿Eres el encargado, verdad?
—¿No te enseñaron primero a saludar?
—¿Eres o no lo eres?
El hombre, al ver que no pensaba contestar de otra forma, respondió:
—Así es.
—Quiero un lugar para una tumba sin cuerpo. Con ese dinero es suficiente, ¿verdad? —dije mientras dejaba la bolsa sobre la mesa.
El encargado frunció el ceño.
—Niña, ¿estás bien? No puedes entrar así a mi oficina y dejar dinero sobre la mesa. Ese no es el proceso.
Le entregué otra bolsa.
—Con esto debe ser más que suficiente. Y también quiero una lápida. Supongo que aquí mismo las hacen, ¿no?
Se quedó mirando el dinero por un largo momento antes de tomarlo.
—Más que suficiente. La lápida no estará lista hoy, sino en unos días.
Asentí, satisfecha… al igual que él.
—Quiero que en la lápida pongan el nombre Einar. Solo ese nombre. Vendré en siete días y lo quiero terminado. Es tiempo suficiente.
Dicho esto, me retiré de la oficina.
Decidí que no era momento de ir a mi verdadero destino y caminé hasta donde sabía que estaban juntas ambas tumbas. Sus nombres seguían ahí: Grefiel y Dirami.
Hice una reverencia frente a ellas. A pesar de saber que no llevo su sangre, siempre serán mis padres, mis padres de sangre, hasta el día de mi muerte. Ese secreto lo llevaré conmigo hasta el final.
Cerré los ojos y apoyé mis manos sobre la tierra donde se encontraban sus tumbas simbólicas. Me concentré en liberar mi energía con la intención de hacer crecer césped y flores, pero recordé que no podía hacerlo. Sentía mi don debilitado.
Era injusto que me ocurriera justo ahora.
—Padres, prometo que la próxima vez vendré con flores —susurré con tristeza.
Ya era momento de irme.
Llegué a la habitación del hospedaje solo para recoger mi equipaje, mi espada y la daga que me regaló Crystal, escondida bajo el pantalón que cubría mis piernas.
Tomé otro camino para ir al reino de mi ex prometido.
No sabía cómo llegar y ya no me quedaba mucho dinero. Como si la suerte estuviera de mi lado, aparecieron varios caballeros cabalgando por el camino. Me quedé de pie esperando a que pasaran, pero al final un carruaje se detuvo frente a mí.
Me asusté.
La puerta del carruaje se abrió y de él descendió el príncipe Remigio. Por instinto bajé la mirada, pero comprendí de inmediato que esconderme no serviría de nada. Además, no era mi intención hacerlo.
Remigio caminó hacia mí con paso seguro y levanté la vista.
—No importa cuánto huyas —dijo con orgullo—. Al final, nuestros caminos siempre se encontrarán. Eso es lo que dice la profecía.
Parecía orgulloso de sus palabras. Yo no tenía idea de qué estaba hablando.
“Sabía que eras tú”, esas palabras suyas vinieron a mi mente. Las había dicho cuando quise cancelar el compromiso.
—¿Eso es lo que dice esa profecía? —pregunté—. ¿Que debo volver contigo?
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Ven conmigo y sabrás más.
Extendió su mano y la acepté sin pensarlo.
Al entrar al carruaje, lo miré fijamente a los ojos.
—¿Cómo me encontraste?
—Porque no te estaba buscando —respondió con calma—. Te estaba esperando.
El carruaje se puso en marcha. Luego agregó, con la voz cargada de ira:
—Aún no me olvido de que me abandonaste el día de nuestro compromiso. Mereces un castigo severo.
Pude decirle que no lo abandoné, que fui secuestrada. Pero la verdad era otra: ya había decidido dejarlo antes del compromiso. Por eso guardé silencio. Pensé en pedir perdón, pero no encontré motivo para hacerlo. Y si pudiera volver al pasado… tomaría la misma decisión.
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Editado: 21.01.2026