El carruaje se detiene y espero, con ansiedad, a que abran la puerta.
El príncipe Remigio y yo no hemos vuelto a tener una conversación, y por más que quiera saber cuál será mi castigo por haberlo dejado el día de nuestro compromiso, no me atrevo a preguntarle.
No quiero mostrar ninguna señal de debilidad.
La puerta se abre y el príncipe baja primero. Toma mi mano cuando me la ofrece para ayudarme a descender.
La entrada del palacio es hermosa. La diferencia entre este palacio y el castillo de Bellatore es absoluta: el castillo es de piedra, con grandes torres imponentes; sin embargo, aquí todo es… luminoso. Como si fueran cortinas suspendidas en el aire, cuelgan largas lámparas que le dan un toque mágico al lugar.
—Ponte esto —me dice, entregándome una máscara que cubre solo la mitad de mi rostro.
Lo miro, confundida.
—En este reino, la familia real no debe mostrar su rostro —explica.
—Cuando nos conocimos por primera vez no llevabas máscara.
Él sonríe levemente.
—Fue porque tu familia iba a ser mi familia. Por eso hice esa excepción.
Sin decir nada más, me coloco la máscara. Está hecha a mi medida y tiene forma de mariposa. Es blanca, con detalles dorados casi del mismo color que mis ojos. En las esquinas, unos lazos gruesos permiten ajustarla con firmeza.
—Ya está —digo.
Remigio toma mi mano y subimos las escaleras hasta la gran puerta. A cada lado hay un guardia. Al cruzar el umbral, justo en el centro del salón principal, hay una mujer con el cabello recogido y adornado con flores y joyas. A diferencia de mí, solo su boca está cubierta por una tela verde casi transparente.
Sus ojos se fijan primero en mí y luego en el príncipe.
Entonces noto algo que antes se me había escapado: alrededor hay muchas personas, exactamente mujeres, con la misma vestimenta, aunque diferente a la de la mujer del centro. Ellas llevan trajes que dejan el vientre al descubierto.
La mujer hace una señal con la mano y las demás comienzan a tocar instrumentos. La melodía es lenta y sensual. Ella empieza a mover las manos con una delicadeza hipnótica, toma una tela fina y larga que colgaba de sus hombros, gira, avanza, luego se sienta. Señala al príncipe, da un último giro y termina con una mano tocando el suelo y la otra cerca del rostro; su dedo índice, apoyado en la frente, vuelve el gesto aún más delicado.
—¿Quién es ella? —pregunto en voz baja.
—Mi hermana —responde él.
Se escuchan aplausos. El príncipe y yo no aplaudimos; nuestras manos siguen entrelazadas. Su hermana camina hacia nosotros y logro ver el gesto amargo en su mirada al notar nuestras manos unidas. Intento soltarlas discretamente, pero él no me lo permite.
Aunque su boca está cubierta por la tela, puedo ver en sus ojos que sonríe.
—Remigio, me alegra que hayas vuelto. Por eso preparé este baile.
El príncipe asiente y luego me mira.
—Liuvel —dice—, te presento a mi futura esposa. La futura reina de Lirio Azul.
La mascara me inspire en La mariposa apolo.
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Editado: 21.01.2026