La princesa Luviel no oculta en absoluto su asombro al escuchar lo que dijo su hermano. También puedo notar la forma despectiva en la que me observa.
¿Será por la ropa que llevo puesta? Me miro y no veo nada malo: solo uso un vestido negro porque no llama mucho la atención. ¿O sí?
—¿Qué?… Quiero decir… ¡qué sorpresa!
Sus ojos verde claro, similares a la mirada de un gato, me provocan un leve escalofrío. Es como un gato negro; lo digo por el color oscuro de su cabello.
Se acerca demasiado a mí y, al estar tan cerca, me doy cuenta de que somos casi de la misma estatura.
¿Por qué se aproxima tanto? ¿Acaso intenta intimidarme? Nadie lo ha logrado antes, y ella no será la primera.
—¿Tu futura esposa acaso no sabe presentarse, hermano?
Cierro los ojos. Tiene razón. ¿En qué momento perdí mis modales?
—Saludos, princesa Luviel. Mi nombre es Flora.
Puedo sentir la mirada de Remigio sobre mí. Por supuesto, él no sabe que abandoné el nombre de Daelyn hace bastante tiempo.
—Tenemos muchas cosas de qué hablar… Flora.
—Príncipe, ¿podría ser mañana? Hoy me siento muy agotada.
—Por supuesto. Mañana te asignaré una sirvienta. Mientras tanto, Luviel, llévala a la habitación de invitados.
La princesa mira a su hermano con indignación.
—¿Yo? ¿Y qué pasará con la fiesta que hice para ti? Ni siquiera dijiste qué te pareció mi baile.
Él la observa con evidente cansancio.
—Estuvo… interesante —mira a su alrededor—. ¿Dónde están mis padres?
—Están en el jardín, creando una cuna de flores para el regalo de la reina Crystal, quien acaba de anunciar su embarazo.
La noticia me toma por sorpresa. Quiero reír, pero al mismo tiempo llorar. Ella logró formar su familia, cumplió el mayor deseo que yo siempre quise para mí. ¿Por qué la vida es tan injusta conmigo? ¿Por qué?
Instintivamente llevo una mano a mi vientre. No sé por qué lo hago.
—Si desea tener hijos, entonces debemos apresurar nuestro matrimonio.
—No he aceptado.
—Al final lo harás.
Remigio anuncia en voz alta el fin de la fiesta de bienvenida. Las damas se retiran con sus instrumentos y, sin darme tiempo a reaccionar, toma mi mano y comienza a llevarme a un lugar que desconozco. Quiero resistirme, pero no tengo fuerzas. Miro hacia atrás, buscando ayuda en su hermana, pero ella solo me observa con los ojos llenos de ira.
—¿A dónde me llevas? —pregunto.
—A tu habitación. Hoy me encargaré de ti y te ayudaré a bañarte.
Está a punto de subir las grandes escaleras cuando se detiene. Siento cómo su mano afloja la presión sobre la mía, como si hubiese decidido que ya no quiere seguir llevándome así.
Sin previo aviso, me carga en brazos.
El mundo se inclina y el aire abandona mis pulmones por un segundo. No protesto, pero si le doy una mala mirada. Su cuerpo es firme, estable, como si sostenerme no le costara esfuerzo alguno. Hay algo en su presencia que no sé como describir pero podría ser como la de un león que no necesita rugir para que todos se aparten.
Las escaleras estan elevando y se ven muy majestuosas, anchas. A los costados, esculturas de leones alados custodian cada tramo, el interior del palacio especialmente las paredes estan pintados de tonalidades rojas: columnas de madera oscura talladas con soles y garras,techos altos sostenidos por vigas de madera oscura, grabadas con símbolos del sol y el amanecer. y grandes puertas deslizables de paneles traslúcidos pintados con escenas del alba.
Todo parece observarnos.
Atravesamos un pasillo largo hasta que él desliza una de las puertas con suavidad. La habitación es amplia, silenciosa. El suelo está cubierto por alfombras, seguramente suaves bajo los pies, y una cama amplia ocupaba el centro de la habitación rodeada de cortinas ligeras que caen como velos.
Me deposita sobre la cama con cuidado.
Demasiado cuidado.
Se queda frente a mí. Sus manos dudan apenas antes de acercarse a mi vestido.
—¿Qué cree que esta haciendo?
Sé defenderme. Sé cómo atacar, cómo derribar a un hombre incluso más fuerte que yo. Mis músculos recuerdan técnicas, movimientos precisos, finales rápidos a pesar de haber dejado de entrenar.
Pero no me muevo.
No quiero herir al príncipe. Si lo hago, definitivamente me ejecutarán sin juicio. Y, más allá de eso, necesito que esté de mi lado y porque tambien de alguna manera me siento cansada.
Así que dejo que haga lo que yo no me atrevo.
Me ayuda ponerme de pie y la tela negra cae lentamente, prenda por prenda. El aire frío roza mi piel desnuda y bajo la mirada, incapaz de sostener la suya. La vergüenza me quema el rostro; es la primera vez que un hombre me ve así.
Cuando termina, se aparta.
Se dirige a preparar el baño. Escucho el sonido del agua llenando seguramente la bañera. El vapor comienza a elevarse; agua tibia, es justo lo que necesito.
Regresa y vuelve a cargarme.
Esta vez cierro los ojos.
No quiero ver. No quiero sentir el peso de su mirada. Siento que mi pecho se oprime, pero me obligo a respirar con calma. Me introduce en la bañera con extrema delicadeza. El agua envuelve mi cuerpo, ocultándome.
Sus manos solo me tocan cuando recoge agua para verterla sobre mi cabello. Me ayuda a lavarlo con movimientos lentos y respetuosos. No recorre mi piel. No toma nada que no le pertenezca.
Aún.
Cuando termina, se aparta.
—Llamaré a una sirvienta —dice en voz baja—. Ella se encargará del resto.
Escucho cómo la puerta deslizante se cierra tras él.
El silencio vuelve a caer sobre la habitación.
Mis ojos arden. Tengo ganas de llorar, de dejar que todo salga de una vez. Pero no lo hago. Aprieto los labios, contengo el temblor de mis manos.
La sirviente llega y se encarga de mi cuerpo.
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Editado: 29.01.2026