El dragón defectuoso

45

Meredith apoyó la cabeza sobre su pecho. Él escuchaba el latido desbocado de su corazón y su respiración agitada. Por un instante se permitió soñar con algo más. En la oscuridad percibía a la joven a nivel instintivo. La puerta crujió y se oyeron pasos pesados. Alguien había entrado en la sala del sanador. Bastaría un solo movimiento en falso para que los descubrieran. Meredith tembló al oír la voz severa del desconocido.

—Dicen que estáis tratando a un enfermo.
—Ayudo a todos los que acuden a mí.
—¿Dónde está vuestro enfermo? La cama aún está caliente. Evidentemente ha estado aquí hace nada.

Kairan sintió cómo la joven se tensaba. Ella le apretó el hombro con más fuerza y levantó la cabeza. Su respiración le cosquillaba el rostro. Él sabía que solo unos milímetros separaban sus labios. Bastaba inclinarse un poco para rozar aquella boca con la que tanto había soñado. Se insultó mentalmente. ¿En qué estaba pensando? Estaban a un paso de ser descubiertos, y aun así lo único en lo que podía pensar era en besarla. Afinó el oído para escuchar la voz de Bill.

—Sí, lo revisé y se marchó.
—Describidme su aspecto —ordenó el buscador con un tono tan severo que Meredith tembló aún más. A diferencia de ella, el sanador parecía tranquilo.
—Bajito, cabello castaño claro, ojos marrones, un pequeño bigote sobre el labio. Un muchacho cualquiera.
—¿Un dragón?
—No, no percibí ni una pizca de magia. Un hombre sin poderes mágicos.

Kairan no supo en qué momento empezó a acariciar la espalda de la joven. Le pasaba la mano con calma, bajando y subiendo despacio hacia los hombros. Ella se acurrucaba contra él, volviéndolo loco. El hombre buscó sus labios en la oscuridad y los selló con un beso. Firme, ardiente, lo bastante profundo para impedirle emitir cualquier sonido. Meredith no se resistió, pero tampoco respondió. Quedó inmóvil, como si escuchara sus propias sensaciones. Incapaz de soportar la presión de su beso, terminó cediendo, y este se volvió más franco.

La joven respondía con torpeza, tímida, insegura, pero para Kairan aquel beso era el mejor del mundo. Exploraba cada milímetro, estudiando su boca con ansia. Y aun cuando los pasos ajenos desaparecieron tras la puerta y las voces se apagaron, él siguió besándola. No podía saciarse de la joven, tan ligera como una brisa fresca en pleno día caluroso. No quería pensar que Meredith lo besaba por lástima. ¿Qué interés podría tener en un dragón herido, esclavizado, incompleto? No quería pensar en las consecuencias; solo disfrutaba del beso.

Kairan perdió la noción del tiempo. Se desconectó del mundo y volvió en sí solo cuando escuchó unos pasos pesados aproximándose. La luz intensa lo cegó y él entrecerró los ojos. Meredith se apartó de inmediato, retirando sus labios y bajando la mirada con timidez, aunque aún sostenía su hombro. Bill, como si no hubiese visto nada, le tendió la mano a Kairan.

—Podéis salir, Alteza. Los buscadores se han ido —el sanador ayudó al príncipe a llegar hasta la cama—. Estaban buscándoos a vosotros dos. Querían saber si había visto a una joven y a un dragón. Por supuesto les dije que no, que solo tenía delante a un hombre mayorcito y a un mozo al que recién le han empezado a crecer los bigotes.

Bill soltó una carcajada por sus propias palabras. Kairan se recostó sin apartar la mirada de la joven. Ella se colocó junto a la ventana, y parecía no saber dónde ponerse. Pasaron unos días y el príncipe empezó a sentirse mejor. Meredith lo cuidaba todo el tiempo. Aunque el dolor aún lo atormentaba, ya podía caminar. No mencionó aquel beso, y en parte agradecía que ella también guardara silencio. Ninguno de los dos sacaba el tema. El príncipe entendía que no podía ofrecerle nada. ¿Qué era él? ¿Un fugitivo? ¿Un criminal? ¿Un dragón incompleto? Le habían arrebatado todo. Ni siquiera tenía un hogar propio.

Bill lo sacó de sus sombríos pensamientos. El hombre entró en la sala con una sonrisa astuta.

—Tengo algo para ti. Espero que te ayude. Muéstrame la espalda.
—¿Para qué? —preguntó Kairan, y en su voz se notaba la inquietud.
—Voy a tratar tus cicatrices.

El hombre se sentó y se giró, mostrando su espalda desgarrada. Bill alzó un frasquito y una gota de líquido verde cayó sobre la piel. Meredith, acercándose, siguió con interés el recorrido de la gota resbalando hacia abajo. De pronto, el rastro húmedo comenzó a llenarse de un brillo plateado y resplandeció. Minúsculos destellos danzaban sobre la piel, fascinantes. Meredith dejó escapar un suspiro sorprendido.

—¿Qué es eso?
—No quería darte falsas esperanzas hasta estar seguro, pero creo que podré restaurar las alas de Su Majestad.

Al oír esto, Kairan se estremeció. ¿Acaso aquel sueño que llevaba años acariciando podría hacerse realidad? Volver a sentir la ligereza del vuelo, la ingravidez, la libertad… Se giró y frunció el ceño con incredulidad.

—¿Eso es posible?
—Esta infusión contiene un componente de lagarto. Ellos pueden regenerar la cola si la pierden. Un poco de magia, algunas hierbas curativas… y surgió esta mezcla. Claro, no será un milagro inmediato, las alas no crecerán de un día para otro, pero existe la posibilidad de que algún día se restauren por completo. Solo hay que tener paciencia y aplicar unas gotas directamente sobre la cicatriz. Es mejor no tocar el líquido; no sabemos qué efectos podría tener. También hay que aplicar en la otra cicatriz, o te crecerá solo un ala.

Kairan volvió a girarse dándole la espalda al sanador. No creía que pudiera volar de nuevo. Al final, no tenía nada que perder; si la infusión no funcionaba, esperaba al menos que no lo dañara. Se rascó la nuca.

—¿Por qué no había oído hablar de esta infusión antes?
—Porque no existía. Llevo varios días experimentando y este frasco resultó ser el más eficaz.
—¿Entonces estáis probando conmigo? —una gota fría tocó su espalda y él se estremeció.
—No, hice las pruebas con ratas. Con esta infusión empezaron a regenerar las patas. Todavía no por completo, pero es un comienzo.



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En el texto hay: dragon, aventura, amor

Editado: 07.01.2026

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