El dragón guardian de la isla y eclipses

Capítulo 0

Narrador Omnisciente

Horas antes de la fiesta de té…

—¿Por qué debo ir yo? —protestó la princesa con el ceño pronunciado entre sus cejas; luego de ser despertada por su nana momentos antes, tenía el cabello abultado y apuntando a todos lados, saliva seca en una de sus mejillas y sus ojos tenían molestas legañas alrededor. Dio un manotazo a sus sábanas antes de apartarlas. Se suponía que ese sería su día libre de obligaciones como parte de la realeza; se suponía que era el único día en el que podía ir a Sidus Sacrarium como una Muklérlig común y no como un miembro de realeza solar. Además, hasta donde sabía, todavía no podía pertenecer al exclusivo club de «princesas esclavizadas por su título nobiliario», aquellas que no gozan de un solo día libre porque la “verdadera” realeza no descansa; su pueblo y súbditos siempre necesitaban de su guía—. La invitación va dirigida a su alteza, el príncipe Akriseth; además, Shawn es más amigo suyo que mío.
—Pero fue usted quien arregló el compromiso del joven Hearts con la señorita Phantomhive, ¿o ya se le olvidó? —Le recordó su nana dándole un golpecito en la frente con el dedo medio; por su parte, la segunda hija del rey y la reina del sol emitió un bufido lleno de molestia. Su nana le ofreció la mano para ayudarla a salir de la cama, gesto que fue rechazado casi de inmediato. La joven Kragsondelli salió de la cama estirándose con pereza por su propio esfuerzo—. Si no asiste, la verán como una cobarde que no merece portar el apellido que tiene ni lucir el título que le pertenece por derecho de nacimiento.
—En lo que a mí respecta, pueden pensar lo que mejor les convenga —sentenció con seriedad; tomó una toalla de seda antes de despojarse de su vestido de muselina blanca y envolverse en la seda, caminó a grandes zancadas al cuarto de baño—. ¿Qué hay de mi madre? —cuestionó en un último y vano intento de poder evadir tener que presentarse a esa celebración; no, no era por miedo. Más bien era porque se sentía demasiado injusto; ¡Era el único día de la semana en el que no tenía audiencia con el Concejo Real ni tampoco con la Corte imperial, no había reuniones urgentes para discutir nuevos tratados y, sobre todo, no tenía lecciones protocolarias! —A ella le fascinan los eventos sociales…
—Ella, el príncipe y el rey han ido a la inauguración del nuevo Acuádromo; aprovecharán para ver las carreras del día —informó la mujer acercándose al tocador; tomó un cepillo y todo lo necesario para domar la maraña de cabello que poseía la chica bajo su cuidado—. Dejaron dicho que no regresarían hasta tarde...
La princesa se llevó el dedo pulgar y el índice a las aletas de su nariz; masajeó la zona de lado a lado, intentando contener el impulso de poner los ojos en blanco. Estaba por decir algo cuando el sonido de la puerta abriéndose la hizo guardar silencio casi de forma inmediata.
Era Akoitzen quién se había aparecido en el umbral; una integrante leal del séquito de subordinadas de la princesa. Su mirada recorrió la habitación, deteniéndose en las dos personas que se encontraban ahí, a juzgar por la expresión en el rostro de la veterana; sabía que había llegado en medio de una guerra qué estaría perdida desde antes de comenzar.
—¡Oh, Zen! Gracias a los dioses que estás aquí. —La nana fue la primera en hablar; acto seguido, señaló la puerta del cuarto de baño que permanecía cerrada.— ¿Podrías ayudarme a buscar un lindo vestido para esa chica refunfuñona?
—Enseguida, Missereta...
Hizo una reverencia bajando la cabeza y manteniendo sus manos sobre sus delgados muslos. Durante unos segundos, nada ocurrió, pero después… Algo en el aire pareció cambiar; el cielo, habitualmente azul, se ensombreció, llenando el espacio de nubes grises. El suelo vibró con violencia; una corriente helada atravesó la habitación. Las cortinas se elevaron y los papeles del escritorio salieron despedidos. Las puertas interiores comenzaron a abrirse y cerrarse con brusquedad. Era el procedimiento de invocación para una Veust Unteri Mittam en específico, la de Akoitzen.
Pronto, una masa oscura y densa comenzó a concentrarse frente a la joven; lo primero que se formó fueron sus extremidades, seguido del torso y, tras lo que pareció una eternidad, la criatura terminó de materializarse. Tenía las palmas apoyadas en el suelo y la cabeza inclinada hacia abajo, a la altura de los dedos de los pies de Akoitzen, su portadora.
—Soulet… —articula el pequeño espíritu con la característica voz gutural de todos los Veus Unteri Mittam, pero hay una particularidad que destaca cuando uno de ellos se dirige a su portador, el tono melifluo que usan y la manera en la que se refieren hacia sí mismos.— ¿Qué puede hacer Isae por usted?
—Ayúdame a encontrar un lindo vestido para su alteza ¿si?
Isa inclinó la cabeza; su cuerpo comenzó a deshacerse en pequeñas partículas oscuras. Al instante siguiente, aquella masa de partículas estaba frente al armario de puertas dobles sacando prenda tras prenda, buscando algo apropiado para el evento
{✿✿✿}
La sensación estremecedora del agua fría sobre su cuerpo nunca se había sentido tan gratificante como en ese momento; era la única ocasión en su día en la que no tenía a su séquito controlando cada minuto de su día y vigilando cada uno de sus movimientos. Al terminar de asearse, cerró la llave de la ducha y se envolvió en su bata de seda. Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando, al abrir la puerta del cuarto de baño, unos brazos tiraron de los suyos, sacándola de ahí.
La hicieron sentarse frente al inmenso tocador; ella apenas tuvo tiempo para protestar antes de que Isae hiciera desaparecer su bata de seda. La nana Elle se encargó de hidratarle la piel y humectarle los labios, mientras Akoitzen y su Veus Unteri Mittam se ocupaban de vestirla. Las telas iban y venían, cubriendo su anatomía del frío de la mañana. Comenzaron por las prendas interiores: una camisilla de muselina, el corpezuelo y una faldilla que era lo suficientemente larga para no exhibir sus piernas, el gonete que llegaba un poco por debajo de la cintura, la vasquiña y sobre ésta iba una enagua que aportaba mayor volumen al vestido que lo cubriría una falda de tono camel hecha de tela jacquard e hilos de oro. Finalizaron el conjunto con un corsé de mangas abullonadas de la base del hombro hasta el antebrazo.
—¡E-está bastante a-apretado! —jadeó ella aferrándose a una de las columnas de su cama; a sus espaldas estaba Isae jalando las tiras del corsé para hacerlo un poco más entallado—. ¿¡Me quieren dejar sin órganos o algo así!?
—¿Quiere que lo afloje? —Isae detuvo sus manos justo antes de hacer el nudo final.
—Eh... No lo se Isae —la princesa fingió pensar, le costaba retener el aire en los pulmones, cerró los ojos sintiendo los latidos de su corazón en sus oídos y sentía su pecho cada vez más apretado— ¡Quiero poder respirar bien, mujer!
—Eso se puede solucionar, solo déjame... Uhm...
Metió un dedo entre las ordenadas cintas y las abrió, separando unas de otras para hacer el espacio suficiente; volvió a reorganizar el patrón de las cintas, siendo cuidadosa de no ajustarlas más de lo necesario. La princesa soltó un suspiro de genuino alivio.
—Eso estuvo mucho mejor, gracias, Isae.
La criatura hizo una leve reverencia antes de volver a los pies de su portadora. Akoitzen se acerca unos cuantos pasos para apreciar la selección de vestimenta de su Veus Unteri Mittam para la princesa.
—Perfecto —elogió causando una sonrisa orgullosa en el espíritu— Ahora…
Le colocó la falda de corte recto de la misma tonalidad qué cubrió por completo la enagua que se encontraba debajo.
—Es nuestro turno —habló Elle.
Se posicionó frente a la hija menor de los reyes; extendió sus manos, separando las palmas a un grado de ciento ochenta la una de la otra. Cerró los ojos y respiró.
Una vez…
Dos veces…
Y tres veces…
Reunió energía y el ritual de invocación volvió a empezar. Esta vez, la figura de una mujer de avanzada edad se manifestó; era del mismo tamaño de Isae, tenía los mismos ojos grandes y rosados.
—Dowka… —Saludó Elle con cariño.
—Soulet, ordene y Dowka lo realizará por usted. —Tenía las manos apoyadas en el suelo y la cabeza sobre este.
—Te ocuparás del cabello de su alteza —indicó la mujer señalando a la chica sentada en el banquillo frente al tocador.
Dos segundos más tarde, Dowka ya se había desplazado para quedar cara a cara con su alteza.
—¡Dow! —exclamó la chica al verla; su expresión enfurruñada de antes se evaporó cuando vio al espíritu transformándose en una mirada suave—. Me alegro de verte, ¿me ayudarías a acomodar esta maraña que tengo por cabello?
—Con gusto y complacencia, Missereta.
Elle le entregó el material que iba a necesitar para lograr esa tarea: Dowka se puso manos a la obra, empezó por humedecer un poco más las hebras capilares, luego, cepillo con mimo las puntas subiendo por la parte media. Aplicó un poco de crema para definir y separó el cabello por secciones para armar una trenza; abrió un poco los mechones con los dedos para darle una apariencia más voluminosa y repitió el procedimiento dos veces más hasta obtener tres trenzas del mismo tamaño.
Una vez hechas, las entrelazó en la nuca de la joven princesa y dejó el resto del cabello suelto donde puso más esfuerzo para la definición; mechón por mechón hasta que quedaran de la forma que ella quería. Sujetó todo con una pequeña banda elástica y pequeños broches.
—Hemos terminado —anunció Dowka, pasándose el dorso de la mano por la frente para quitar las gotas de sudor y dejando los materiales en el tocador—. Creo que queda perfecto con el vestido.
La menor de los Kragsondelli se acercó al espejo para observar su reflejo y, por una vez, no halló nada que reprochar.
—Gracias por toda la ayuda de hoy —agradeció la poseedora de ojos dorados. Abrió uno de los cajones del tocador, sacando unas pequeñas tijeras de jardinería; se levantó y se dirigió a su ventanal para cortar dos pétalos de una peculiar flor con forma semejante a la de un ave. —Hicieron un magnífico trabajo.
Volvió a guardar las tijeras y se acercó a las Veuses, extendiéndoles los pétalos a cada una.
—Su recompensa.
—A su servicio, alteza, por complacencia y honor, le servimos —recitaron las criaturas bajando la cabeza, reverenciándola.
Isae fue la primera en convertirse en una nube de partículas oscuras a la que el viento hizo desaparecer, regresándola al lugar de reposo. Dowka se le unió poco después.
Después de eso, el ambiente se sumió en un silencio sepulcral; fue entonces que las consecuencias por la invocación comenzaron a llegar; Akoitzen perdió la fuerza en las piernas, su cuerpo comenzó a temblar y tuvo que sostenerse de la pared para no caer de cara contra el suelo. Elle sufrió el mismo destino; la joya del Sol solo pudo percatarse de cómo ambas se deslizaban lento por la pared hasta terminar con la espalda apoyada contra la pared y las piernas estiradas.
—¿Se encuentran bien? —su entrecejo se arrugó.
—S-Sí —respondió Elle: se llevó una mano al pecho y trató de inhalar aire; un minuto más tarde, comenzó a toser de manera violenta, jadeó—. Solo necesitamos descansar un poco…
La chica revisó el reloj colgado en la pared e inclinó la cabeza hacia el lado izquierdo, despacio.
—Solo tenemos cinco minutos…
Ambas féminas se miraron con los ojos ojiplaticos y exhalando por la boca.
—¿Cinco?
La muchacha no pareció arrepentida.
—Cinco.




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