Draken, el imponente vicepresidente de la Toman, estaba de pie en el centro del círculo, con los brazos cruzados y una mirada que prometía violencia a quien se atreviera a acercarse demasiado. A su lado, ocultándose apenas tras su sombra, estaba Sofía.
Sofía acababa de regresar de Italia. Sus padres la habían enviado de vuelta sin previo aviso y, para sorpresa de todos, nadie la estaba esperando en el aeropuerto. Había llegado a la reunión por puro instinto, buscando a la única persona en la que podía confiar: Ken.La belleza de Sofía era, en palabras de Mitsuya, «casi una falta de respeto». Tenía una elegancia natural, ese toque europeo sofisticado mezclado con los rasgos fuertes que compartía con su hermano. En cuanto apareció en el santuario, el ruido de las motocicletas cesó y el murmullo de los miembros de la Toman se extinguió.
—¿Quién demonios es ella? —susurró Hakkai, con los ojos como platos.
—Es... es la hermana de Draken —respondió Pah-chin, rascándose la cabeza, incapaz de apartar la vista.
Draken, notando cómo todos los ojos de los pandilleros (y especialmente los de cierto rubio bajito) se posaban sobre ella, gruñó con fuerza.
—¡Dejen de mirar! —bramó Draken, dando un paso adelante y tapando a Sofía con su enorme cuerpo—. Si alguno se atreve a decir una palabra fuera de lugar, los mato a todos.Manjirō Sano, quien hasta hace un segundo estaba distraído con un dorayaki, se detuvo en seco. Sus ojos oscuros, generalmente vacíos o juguetones, se fijaron en Sofía con una intensidad que nunca antes se le había visto. Se bajó de su posición, caminando lentamente hacia ellos.
—¿Ken-chin? —dijo Mikey con esa voz calmada que solía preceder a una tormenta—. No me dijiste que tu hermana era tan... interesante.
Sofía, tímidamente, se asomó por detrás del hombro de Draken. Sus ojos se encontraron con los de Mikey y una sonrisa tenue apareció en su rostro. A pesar de los celos posesivos de su hermano, a Sofía siempre le había fascinado el aura de líder de Manjirō.
—Hola, Mikey —saludó ella con suavidad.
Draken se tensó como un resorte. Conocía perfectamente esa mirada en Mikey.
—Ni lo intentes, Mikey —advirtió Draken, su voz bajando un tono, el tono de advertencia que solo usaba cuando algo era realmente importante para él—. Es mi hermana pequeña. Es la única familia que tengo y no voy a permitir que la metas en tus juegos de pandillas ni que intentes conquistarla.
—Solo la estoy saludando, Ken-chin —dijo Mikey, inclinando la cabeza con una sonrisa traviesa que no llegaba a sus ojos—. Pero vaya, Italia le sentó muy bien Lo que nadie esperaba, ni siquiera los miembros más antiguos de la Toman, fue ver al gigante Draken volverse un hermano tierno. El mismo Draken que infundía miedo en todo Shibuya, se agachó ligeramente para hablarle al oído a Sofía, preguntándole si tenía frío o si necesitaba sentarse.
Ella le tomó la mano, apretándola con cariño. Para Sofía, Ken no era el "Dragón" temido; era su protector, el único que no la abandonó cuando sus padres decidieron que ella era un estorbo en Italia.
Al ver ese gesto, incluso Pah-chin y Peh-yan bajaron la cabeza, sintiendo una extraña punzada de respeto. La frialdad de Draken se derrumbaba por completo ante ella. Sofía no solo era hermosa; era el único ancla de humanidad que mantenía al corazón de Draken latiendo con suavidad.
—Está bien, Ken —dijo Sofía, riendo un poco al ver cómo él fulminaba con la mirada a Baji, quien se acercaba con curiosidad—. No dejaré que nadie me moleste.
Mikey soltó una carcajada y se dio la vuelta, aunque no pudo evitar lanzar una última mirada sobre su hombro hacia la joven. La Toman acababa de ganar un nuevo miembro, uno que, sin disparar un solo golpe, acababa de poner a toda la pandilla —y a su capitán— completamente patas arriba.