Ángela recorría los sembradíos a caballo mientras observaba a los trabajadores comenzar la jornada.
Habían pasado cinco años desde que Daniel desapareció de su vida.
Cinco años desde aquella noche en que prometió regresar.
Y nunca volvió.
—Señorita Ángela —dijo uno de los trabajadores—. Parece que llegaron inversionistas al pueblo.
—Eso no nos afecta —respondió ella.
Pero estaba equivocada.
Horas después, una larga caravana de camionetas negras avanzó por la carretera principal.
Todo el pueblo observó con curiosidad.
Del vehículo principal descendió un hombre alto, elegante y seguro de sí mismo.
Ángela quedó paralizada.
Era Daniel.
El mismo hombre que había amado.
El mismo hombre que le rompió el corazón.
Daniel levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron después de cinco largos años.
El tiempo pareció detenerse.
Ángela sintió una mezcla de rabia, tristeza y emoción.
Daniel dio un paso hacia ella.
—Hola, Ángela.
Ella apretó los puños.
—No te atrevas a decir mi nombre.
El silencio se hizo pesado.
—Necesito hablar contigo.
—Llegas cinco años tarde.
Daniel bajó la mirada.
Por primera vez, el multimillonario que todos admiraban parecía vulnerable.
—Si hubiera podido volver antes, lo habría hecho.
—Mentira.
Ángela se dio la vuelta y montó su caballo.
—Para mí, Daniel Montenegro murió hace cinco años.
Y se alejó dejando a Daniel inmóvil en medio del camino.
Sin embargo, desde una ventana cercana, Victoria Salazar observaba la escena con una sonrisa.
—Perfecto —susurró—. Que siga odiándolo. Así será mucho más fácil destruirlos a los dos.
La guerra apenas comenzaba.
Editado: 15.06.2026