Daniel no pudo dormir en toda la noche.
El viejo reloj de bolsillo permanecía sobre su escritorio.
Lo conocía perfectamente.
Había pertenecido a su abuelo y, años atrás, Don Ernesto se lo había quedado como un tesoro familiar.
Entonces, ¿qué hacía en el viejo molino?
A la mañana siguiente, Daniel enfrentó a su padre.
—¿Perdiste algo recientemente?
Don Ernesto levantó la vista de unos documentos.
—¿A qué te refieres?
Daniel colocó el reloj sobre la mesa.
El rostro de su padre cambió por un instante.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
—¿Dónde encontraste eso?
—En el molino.
Un silencio incómodo llenó la habitación.
—¿Qué hacías allí?
—Buscando respuestas.
Don Ernesto suspiró.
—Hay cosas del pasado que es mejor dejar enterradas.
—No para mí.
Daniel tomó el reloj y salió de la oficina.
Cada vez estaba más convencido de que su padre ocultaba algo importante.
Mientras tanto, Ángela seguía tratando de procesar todo lo ocurrido.
Las cartas habían cambiado por completo la historia que creyó durante años.
Cuando caminaba por los establos, encontró una fotografía vieja.
En ella aparecían su padre, Don Ernesto y otro hombre desconocido.
Los tres sonreían frente a un enorme terreno.
En la parte trasera había una fecha.
Veintidós años atrás.
—¿Quién eres? —susurró observando al desconocido.
Sin saberlo, sostenía una pista clave.
Victoria comenzaba a perder la calma.
—No podemos permitir que sigan investigando.
—Ya te lo dije, mantén la calma —respondió una voz por teléfono.
—¡Todo está saliendo mal!
—Si entras en pánico, nos descubrirán.
La llamada terminó.
Victoria lanzó el teléfono sobre la cama.
Por primera vez, sentía que el control se le escapaba de las manos.
Esa tarde, Ángela y Daniel coincidieron en el pueblo.
La tensión seguía presente, pero era diferente.
Ya no estaba llena de odio.
Ahora estaba llena de preguntas.
—Encontré una fotografía extraña.
Daniel observó la imagen.
—¿Quién es ese hombre?
—No lo sé.
Daniel volteó la foto.
Su expresión cambió de inmediato.
—Es imposible...
—¿Qué ocurre?
—Conozco ese nombre.
Ángela sintió un escalofrío.
—¿Quién es?
Daniel levantó la vista lentamente.
—Tomás Villaseñor.
—Nunca había escuchado ese nombre.
—Porque desapareció hace veinte años.
Esa misma noche, alguien entró en secreto a la casa de Ángela.
La figura vestía completamente de negro.
Revisó cajones, armarios y cajas.
Buscaba algo específico.
Finalmente encontró la fotografía.
—Aquí está.
Cuando estaba a punto de escapar, escuchó un ruido detrás.
—¿Quién anda ahí?
Era Ángela.
La figura corrió hacia la ventana.
Ángela logró sujetar parte de su chaqueta.
Pero el intruso consiguió escapar.
Sin embargo, algo quedó atrapado en la mano de Ángela.
Un elegante broche dorado.
Ella lo observó sorprendida.
Reconoció aquel accesorio de inmediato.
Lo había visto muchas veces antes.
Pertenecía a...
Victoria Salazar.
Y por primera vez, Ángela tuvo una prueba de que Victoria estaba escondiendo algo muy importante.
Editado: 02.07.2026