El dueño de mis heridas

Capítulo 8: El Hombre que Nunca Desapareció

El silencio dentro de la vieja construcción era pesado.

La fotografía seguía colgada en la pared, como si estuviera esperando ser descubierta.

Tomás Villaseñor sonreía con calma… como si el tiempo no le hubiera hecho daño.

—Esto no tiene sentido —susurró Ángela.

Daniel se acercó lentamente a la imagen.

—Todos los registros dicen que desapareció hace veinte años.

—Pero está aquí… reciente.

La pieza imposible

Daniel tomó la foto y la examinó.

Había una marca en la esquina inferior: un símbolo grabado en tinta negra.

—Esto no es una foto antigua reutilizada —dijo él—. Es reciente.

Ángela sintió un escalofrío.

—Entonces… ¿está vivo?

Daniel no respondió de inmediato.

Porque esa respuesta abría un problema aún más grande.

La verdad enterrada

Mientras tanto, en la ciudad, Don Ernesto caminaba por su oficina sin descanso.

Victoria lo esperaba con los brazos cruzados.

—Lo han visto.

—Lo sé.

—Si Tomás aparece, todo se derrumba.

Don Ernesto apretó los puños.

—No debió salir de donde estaba.

Victoria lo miró con tensión.

—¿Dónde está?

El hombre tardó en responder.

—Escondido… como siempre.

El regreso del pasado

En la cabaña, Daniel revisó el diario nuevamente.

En una página escondida encontró una nota escrita con letra diferente a la de Tomás.

“Si alguien encuentra esto, no confíes en nadie de los Montenegro.”

Ángela sintió que el aire le faltaba.

—Esto… es una advertencia.

Daniel cerró el cuaderno.

—Y significa que mi familia está mucho más involucrada de lo que pensé.

El ruido afuera

Un crujido.

Luego otro.

Pasos alrededor de la cabaña.

Ángela se levantó de inmediato.

—Volvieron…

Daniel apagó la luz.

—No respiren fuerte.

Sombras rodearon las ventanas.

Una linterna pasó por el cristal.

Luego otra.

—No está aquí —dijo una voz masculina.

—Busquen por el bosque.

Los pasos comenzaron a alejarse.

La decisión

Cuando el silencio regresó, Ángela exhaló.

—No podemos seguir huyendo.

Daniel la miró.

Había algo diferente en su expresión.

Más firme.

Más decidido.

—Entonces dejaremos de huir.

Sacó su teléfono.

—Y vamos a llamar a Tomás Villaseñor.

Ángela abrió los ojos.

—¿Cómo?

Daniel levantó la fotografía.

—Si está vivo… entonces también está observándonos.

Y como si hubiera escuchado esas palabras…

El teléfono de Daniel vibró.

Un número desconocido.

Solo un mensaje:

“Ya era hora de que me buscaran.”

Ángela sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Daniel apretó la pantalla.

—Nos está esperando.

La historia acababa de cambiar de nivel…




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