Cuenta la leyenda que, en lo alto de las montañas del norte, se erguía el imponente castillo de Blackmont. Sus torres de obsidiana se alzaban hacia el cielo como lanzas negras, capturando la luz de la luna llena y devolviéndola en destellos plateados que parecían fragmentos de estrellas atrapados en la piedra.
En las noches despejadas, el castillo brillaba como si el firmamento entero se hubiera posado sobre sus muros.
Allí vivía el Duque Fadin junto a su amada esposa, Alina. Ambos aguardaban con ilusión el nacimiento de su primer hijo, que llegaría al final del invierno, cuando la primavera rompiera el hielo que cubría la tierra y los primeros brotes anunciaran el renacer del mundo.
Blackmont, rodeado por un bosque de pinos tan antiguos como el tiempo mismo, era el legado más preciado que el Duque soñaba dejarle a su descendencia.
La primera luna llena de primavera trajo consigo algo más que el aroma de la tierra húmeda.
Los gritos de Alina atravesaron los pasillos del castillo, desgarrando la calma de la noche.
En la habitación principal, iluminada por velas temblorosas, el Duque sostenía la mano de su esposa con desesperación, mientras la partera y el médico intercambiaban miradas inquietas.
El doctor se acercó con el rostro pálido.
—Excelencia… la criatura no está en la posición correcta. —Su voz temblaba—. Debo advertirle que quizá tengamos que elegir entre ambos. Necesito saber qué debo hacer.
El Duque no dudó.
—La prioridad es la Duquesa. Ella, siempre ella. No lo olvide.
El médico asintió, aunque el miedo le nublaba los ojos.
En la cama, Alina apenas podía mantener los párpados abiertos. Una doncella le secaba el sudor de la frente, mientras la Duquesa, con la poca fuerza que le quedaba, suplicaba a la partera que la ayudara a traer a su hijo al mundo.
No iba a rendirse. No mientras su bebé luchara por llegar a este mundo.
La batalla fue larga.
Dolorosa.
Cruel.
Pero a medianoche, cuando la luna estaba en lo más alto, un llanto atravesó el castillo como un lamento antiguo, profundo, casi profético.
El heredero de Blackmont había llegado.
Alina extendió los brazos, temblorosos, para sostener a su hijo. Lo acercó a su pecho, lo besó en la frente… y entonces su cuerpo se desplomó como una flor que pierde su último pétalo.
—¡Alina! —El grito del Duque quebró la noche.
La sostuvo entre sus brazos, negándose a aceptar lo que veía.
El doctor intentó detener la hemorragia, pero solo pudo bajar la mirada.
—Lo siento, Excelencia… la Señora ha perdido demasiada sangre.- la resignación mezclada con tristeza apagaba su voz.
El mundo del Duque se derrumbó en un instante. Solo había lugar para el dolor en su corazón.
La luna, testigo silenciosa, iluminó la noche más oscura de su vida.
En Blackmont, el luto duró días.
Los sirvientes lloraban a la Duquesa, pero su mayor preocupación era el Duque, que se encerró en la habitación donde la había sostenido por última vez.
El pequeño heredero lloraba sin consuelo, reclamando unos brazos que nunca lo cobijarian.
Con el paso de los años, el niño —Darien— creció bajo el cuidado amoroso de la señora Miller, las doncellas y las institutrices.
Pero el vacío de su padre era una herida abierta.
El Duque Fadin, incapaz de enfrentar el recuerdo de Alina, se hundió en un abismo de licor y sombras.
Cada botella era un intento fallido de silenciar el dolor.
Cada noche se acercaba un paso más hacia la locura.
Y entonces lllegó, aquella que cambiaría el destino de Blackmont para siempre.
Una tormenta rugía afuera, mientras el castillo dormía bajo el manto de la lluvia.
En la torre principal, el Duque, enceguecido por la soledad y la tristeza que lo habían consumido durante más de una década, perdió el último hilo que de cordura que lo mantenía en esta tierra.
Estrelló contra el suelo cada botella que encontraba, dejando que el alcohol empapara las lustrosas maderas de los pisos, salpicando las piedras.
Luego, con un gesto desesperado, tomó leños encendidos de la chimenea y los arrojó al suelo.
El fuego se extendió con una rapidez voraz.
Los sirvientes despertaron sobresaltados por los gritos del Duque, que había decidido hundirse en su propio infierno.
Intentaron apagar las llamas, pero el incendio ya devoraba la torre, avanzando hacia la habitación de Darien.
El joven, en un intento desesperado por salvar a la única persona con la que compartía sangre, corrió hacia la torre.
Pero las llamas lo atraparon, envolviéndolo en un abrazo ardiente.
Cuando todo parecía perdido, unos brazos fuertes lo arrancaron de allí, llevándolo a través del humo y del fuego que amenazaba con devorarlo.
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Editado: 27.03.2026