Golden Valley era una ciudad que parecía pintada por manos habilidosas.
Se extendía a lo largo de un valle escalonado, donde las laderas se teñían de tonos dorados y rojizos durante la mayor parte del año, como si el otoño se negara a marcharse.
Las calles empedradas serpenteaban entre casas coloridas, descendiendo como ríos de piedra hasta desembocar en el gran parque central. Allí, tres fuentes de agua danzaban al ritmo del viento, rodeadas de arbustos perfectamente recortados y flores vibrantes que perfumaban el aire.
Esculturas de mármol blanco se alzaban entre los senderos, observando en silencio a los habitantes que disfrutaban del sol y de la vida tranquila del valle.
En la calle 9, una de las más elegantes de la ciudad, se alineaban casas con fachadas ornamentadas y jardines cuidados con esmero.
Entre ellas se encontraba la residencia del Barón Garlend, uno de los hombres más influyentes de Golden Valley.
El Barón era un hombre regordete, de cabellos y barba canos, siempre prolijamente recortados. Caminaba apoyado en un bastón negro que usaba más por orgullo que por necesidad.
Tras enviudar cuando su hija era pequeña, se había casado con Rina, una mujer rubia y delgada, de modales refinados y ambiciones muy grandes.
Rina adoraba a su propia hija con devoción desbordante… pero hacia la otra que no era suya solo mostraba indiferencia y un desprecio silencioso que nunca necesitó palabras.
Esa era Luna.
Su madre la había llamado así porque nació bajo la luna llena del invierno, cuando la nieve brillaba como plata sobre los tejados.
Luna se convirtió en una mujer con una belleza serena: piel clara y luminosa, cabello ondulado y negro como la noche, ojos que parecían guardar secretos que ni ella misma conocía.
Era una presencia suave en una casa que no siempre la trataba con suavidad.
Mientras su hermanastra recibía vestidos nuevos, joyas y atenciones constantes, Luna aprendía a moverse en silencio, a no molestar, a encontrar refugio en los rincones del jardín o entre los libros que la señora Simons -la institutriz- le prestaba a escondidas.
Aun así, su espíritu no se había quebrado.
Había una luz en ella, una calidez que ni la indiferencia, ni el desprecio habían logrado apagar.
Y en esa ciudad llena de colores, Luna había encontrado algo que jamás imaginó:
amor.
Un amor joven, puro, nacido entre risas tímidas y paseos por el parque central.
Un amor que le hacía olvidar, por momentos, que su vida no le pertenecía del todo.
Pero la ambición tiene un modo cruel de irrumpir en los lugares donde florece la inocencia.
La primavera desplegaba su esplendor en cada rincón, y la alta sociedad de Golden Valley se preparaba para el gran baile que le daría la bienvenida al verano, un baile que ofrecería Lady Trown.
El evento prometía superar al del año anterior, donde los invitados habían asistido con máscaras y trajes ostentosos.
Esa noche, Luna le había pedido a John Monroe que vistiera de negro para poder encontrarlo entre la multitud y bailar con él sin la oposición de su familia.
Pero el joven tenía otros planes: prefería codearse con los caballeros del salón de juegos.
Ganarles dinero a los Lores le resultaba más atractivo que dar vueltas en la pista con una joven inexperta.
En una mesa redonda de roble lustroso, el Barón Garlend depositaba en el centro su última bolsa de monedas de oro, su reloj de bolsillo y el anillo de su difunta esposa: una joya con una piedra imponente.
Frente a él, un caballero vestido de negro dobló la apuesta.
Era un hombre silencioso, pero apostaba con una seguridad inquietante.
Su máscara, semejante al rostro de un dragón negro, le cubría el rostro, aunque dejaba ver que era joven.
Los demás jugadores ya se habían retirado, pero el Barón continuaba apostando, poniendo en riesgo su patrimonio ante un desconocido.
Cuando no tuvo nada más que ofrecer, el hombre se levantó para retirarse con su botín.
El Barón lo detuvo con desesperación.
-No tiene nada de valor que me interese -respondió el misterioso hombre.
-Se equivoca -insistió el Barón- Recuperaré todo lo que perdí. De lo contrario… mi hija mayor es lo más valioso que tengo. Y si usted está de acuerdo ella se convertirá en su esposa.
El silencio cayó como un golpe sobre el salón.
Nadie se atrevió a intervenir.
El hombre de la máscara de dragón salió del salón sin responder.
Pero al dirigirse a la salida, una joven con un sencillo vestido blanco llamó su atención.
Con su antifaz adornado con plumas blancas, parecía un ángel danzando en la pista junto a un caballero vestido de marrón y máscara roja.
-¿Quién es ese ángel? -preguntó el hombre en voz baja.
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Editado: 27.03.2026