El misterioso caballero de negro avanzó por el salón con un porte majestuoso que hizo girar más de una cabeza.
Las damas solteras lo siguieron con la mirada, fascinadas por su presencia imponente y por la máscara de dragón que ocultaba su rostro.
Pero él solo tenía un objetivo.
Atravesó la pista de baile hasta detenerse frente a la joven de blanco.
Luna.
Ella levantó la vista, confundida, cuando él le extendió la mano.
Aceptó sin comprender por qué su corazón comenzaba a latir con tanta fuerza.
En el instante en que sus ojos grises se encontraron con la mirada ambarina del caballero, algo indescriptible se apoderó de ella.
Un calor suave recorrió su cuerpo, como si una corriente invisible los uniera.
Sus manos se entrelazaron y, por un momento, el mundo desapareció.
Danzaron sin apartar la mirada, perdidos el uno en el otro, como si la música los envolviera en un hechizo silencioso.
Cuando la melodía llegó a su fin, Luna retrocedió con un sobresalto y se perdió entre la multitud, como escapando de esas nuevas sensaciones, intentando recuperar el aliento.
El caballero del dragón observó el lugar donde ella había desaparecido.
Luego se volvió hacia el joven que lo acompañaba.
-Dan, creo que el Barón me debe una última partida -dijo, palmeándole la espalda antes de dirigirse al salón de juegos.
En otro sector del salón, una conversación llamó su atención.
-John, si sales de aquí con ella a solas, te obligarán a casarte -murmuró un muchacho.
John Monroe sonrió con suficiencia.
-Ese es el punto. A pesar de todo lo que perdió el Barón, su hija tiene una dote importante que heredó de su madre -dijo, frotándose las manos como si ya contara las monedas- En menos de un mes sería el esposo de Luna… y el dueño de esa fortuna.
Sus palabras, cargadas de ambición, fueron la motivación final para que el caballero del dragón regresara al salón de juego.
Entró con paso firme y dejó caer una bolsa llena de monedas de oro frente al Barón Garlend.
-Lord Garlend -dijo con una sonrisa apenas visible bajo la máscara- he cambiado de opinión. Acepto su apuesta… con una condición.
Los caballeros que rodeaban al Barón intentaron disuadirlo, pero la oferta era demasiado tentadora para un hombre que ya había perdido casi todo lo que poseía.
-¿Cuál es su condición? -preguntó el Barón, con ansiedad evidente.
El misterioso jugador tomó asiento con calma y comenzó a barajar los naipes.
-Prefiero esperar a que terminemos -respondió, invitándolo a sentarse frente a él.
La partida se extendió tanto como él quiso.
Cada movimiento era calculado, cada pausa, intencional.
Hasta que finalmente reveló una mano imposible de superar.
El Barón se tomó la cabeza entre las manos, con desesperación.
Había perdido otra vez.
Y esta vez, el precio era demasiado alto.
Porque, como todo caballero sabía,
las deudas de juego eran deudas de honor.
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Editado: 18.04.2026