Las cartas estaban echadas.
No había marcha atrás.
Los testigos de la apuesta eran demasiados, y el Barón Garlend no podía escapar a la palabra que había empeñado.
El caballero misterioso se puso de pie con una calma inquietante y clavó su mirada en el Barón, que aún parecía abrumado por la derrota.
-Lord Garlend, creo que es momento de pagar -dijo con voz firme.
-Lo sé… pero necesito algo de tiempo -murmuró el Barón, casi sin aliento- Debo hablar con mi familia… en especial con mi hija.
El hombre asintió con una cortesía que resultaba casi perturbadora.
-Por supuesto. Para que vea que soy un caballero, le daré ese tiempo -respondió, comenzando a retirarse.
Pero se detuvo de repente y giró sobre sus talones, como si recordara un detalle menor… aunque no lo era.
-Me olvidaba de algo importante -dijo con una media sonrisa que no alcanzaba a suavizar la dureza de su mirada- Mi condición.
El Barón tragó saliva.
-En este instante, usted y su familia se retirarán de la velada.-dijo con firmeza.
Y para asegurarme de que todo transcurra sin inconvenientes, mi hombre de confianza, Dan, los acompañará. Solo por seguridad -añadió, frotándose el mentón con satisfacción.
No era seguridad, era control.
Era asegurarse de que la dama de blanco no escapara… ni fuera alcanzada por su enamorado.
El Barón asintió, resignado, derrotado.
-Ah, y una última cosa -agregó el caballero, como quien menciona un detalle trivial- Mañana los esperaré en Blackmont. Dan los guiará.
El nombre cayó como un trueno en el salón.
Los ojos del Barón se abrieron de par en par.
Su mandíbula tembló, pero no pudo pronunciar palabra.
Los murmullos se propagaron como un incendio entre los invitados.
Algunos se llevaron la mano al pecho.
Otros miraron al Barón con una mezcla de pena y horror.
Porque ahora lo sabían.
Todos lo sabían.
El misterioso hombre de la máscara de dragón…era el Duque de Blackmont.
El Duque Oscuro.
El hombre más temido. El hombre marcado por el fuego.
El hombre cuya sola presencia hacía callar un salón entero.
El Duque dio unas breves instrucciones a Dan y luego se retiró, dejando tras de sí un silencio espeso, cargado de incredulidad.
Pero nadie estaba más conmocionado que el Barón Garlend.
Su hija…su hija mayor…se había convertido en el premio de una apuesta.
En el botín de una noche que jamás debió jugar.
En el premio más deseado.
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Editado: 18.04.2026