El Duque Oscuro

CAPITULO 5 – UN FUTURO OSCURO.

La familia llegó a la casa de la calle 9 sin comprender por qué habían sido retirados con tanta prisa de una velada que prometía ser inolvidable.

Dan permaneció afuera, junto al cochero y los dos guardias que lo acompañaban, vigilando la entrada como una sombra silenciosa.

Al entrar en la sala principal, el Barón se dejó caer en el sillón junto a la chimenea, derrotado.

Rina lo siguió entre quejas, acompañada por las dos jóvenes, ambas visiblemente molestas por haber abandonado la fiesta tan temprano.

-¿Cómo se te ocurre interrumpir la hermosa noche de nuestra hija? -reclamó Rina, dejando su antifaz sobre la mesa con un golpe seco.

-¡Padre! -protestó Liara, cruzándose de brazos.- Estaba disfrutando del baile y de una conversación encantadora. Es injusto que regresáramos tan pronto.

-Lo siento, hija… pero es necesario que hablemos. -respondió el Barón, con la voz cargada de angustia.

Luna se acercó al grupo. Al ver la expresión afligida de su padre, sintió un nudo en el estómago.

-Padre… ¿qué sucede? Lo veo preocupado.

El Barón guardó silencio unos segundos.

Suspiró profundamente, como si el aire le pesara.

-El problema es que… como siempre, los caballeros nos reunimos a jugar y beber. Pero esta noche… me excedí un poco. -dijo con la voz entrecortada por los nervos.

-¿Cuánto apostaste esta vez? -preguntó Rina, con un tono que mezclaba enojo y resignación.

-Puede que haya comprometido parte de nuestro patrimonio… pero eso no es todo. -admitió el Barón.

Rina estalló.

-¡Dime que esto no compromete el futuro de Liara! -exclamó, llevándose una mano al pecho.

El Barón bajó la mirada.

-El caballero con el que jugué me hizo una propuesta irresistible… y la acepté. Como no tenía nada más para apostar, le di mi palabra de que, si ganaba, arreglaría el compromiso con mi hija.

Rina se desplomó en el sillón de enfrente, horrorizada.

-¿Qué hiciste? -susurró, temiendo la respuesta.

El Barón tragó saliva.

-Le prometí la mano de mi hija mayor… -levantó la vista hacia Luna, con los ojos llenos de culpa- Le prometí que te entregaría a ti.-dijo señalando a su hija que lo observaba atónita.

Rina soltó un suspiro de alivio.

Liara estalló en risas burlonas.

Y Luna… quedó inmóvil, como si el mundo se hubiera detenido a su alrededor.

Su futuro acababa de oscurecerse.

Luna sintió que el aire se volvía espeso, imposible de respirar.

Por un instante, creyó que no había escuchado bien.

Su padre… ¿la había señalado a ella?

-¿Yo…? -susurró, apenas audible.

El Barón no pudo sostenerle la mirada.

Eso fue lo que más la hirió.

-Padre… -dio un paso hacia él, con la voz quebrándose.- Dime que no es cierto. Dime que no me has entregado como si fuera… una moneda más en tu juego.

Rina chasqueó la lengua, molesta por el dramatismo.

Liara seguía riendo, disfrutando del espectáculo.

Pero Luna solo veía a su padre.

El hombre que la había alzado cuando era niña.

El que le había prometido que siempre la protegería.

-Luna… hija… yo… -balbuceó el Barón, hundiéndose en su vergüenza.

Ella negó con la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas ardían en sus ojos.

-No puedes hacerme esto. No puedes entregarme a un desconocido. No puedes decidir mi vida por mí. -Su voz temblaba, pero había una fuerza nueva en ella. - Padre, por favor… rompe ese acuerdo. Habla con ese hombre. Pídele otra cosa. Cualquier cosa.

El Barón se llevó las manos al rostro, derrotado.

-No puedo, Luna. Las deudas de juego… son de honor. Si rompo mi palabra, perderé todo. La casa, el título, la seguridad de tu hermana…

-¿Y mi seguridad? -interrumpió Luna, con un dolor que cortaba el aire- ¿Mi vida no vale nada?

El silencio fue brutal.

Rina desvió la mirada.

Liara dejó de reír.

Incluso el fuego de la chimenea pareció apagarse un poco.

Luna se arrodilló frente a su padre, tomándole las manos con desesperación.

-Padre, te lo ruego. No me entregues a un hombre que no conozco. No me obligues a dejar mi hogar. No me arranques de mi vida. Yo… -su voz se quebró- Yo amo a alguien más.

El Barón cerró los ojos, como si esas palabras fueran un golpe.

-Luna… ya no hay vuelta atrás. -susurró, con lágrimas contenidas-. Él… él es el Duque de Blackmont.

Luna sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.

El nombre cayó sobre ella como una sombra inmensa, helada.




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