Luna estaba deshecha.
La noche se le había ido en lágrimas silenciosas, mirando el techo de su habitación mientras el peso de su destino caía sobre ella como una sombra interminable.
Su vida había cambiado de la noche a la mañana.
Su última esperanza era John Monroe.
Él había prometido hablar con su padre, pedir su mano, ofrecerle una salida… una oportunidad de huir de un futuro oscuro.
Las horas pasaron con una lentitud cruel.
John llegó a media mañana. Pidió hablar con el Barón y ambos se encerraron en el despacho.
La conversación duró mucho menos de lo esperado.Demasiado corta para ser una buena señal.
Cuando salieron, Luna estaba al pie de la escalera, esperando que su destino cambiara, conteniendo la respiración.
John la miró… pero por la expresión en su rostro, algo no andaba nada bien.
Sus ojos, antes cálidos, ahora estaban llenos de enojo y decepción.
Sin decir una palabra, se dio la vuelta y se marchó con pasos firmes.
Luna sintió que el corazón se le rompía en el pecho.
El Barón se acercó a ella con el rostro afligido.
-El joven pretendía proponerse… -dijo con voz apagada- pero tuve que decirle que ya estás prometida.
Luna abrió los ojos, incrédula.
-¡Padre, era la oportunidad de cancelar el trato con el Duque! -su voz temblaba entre desesperación y rabia.
El Barón bajó la mirada.
-Si cancelo el trato perderemos nuestros bienes, nuestra reputación… tu hermana no tendrá un buen matrimonio y yo perderé mi posición en la sociedad. -dijo el Barón.
-¿Y qué hay de mi oportunidad de tener un buen matrimonio? -preguntó Luna, con lágrimas resbalando por sus mejillas.
Una voz fría la interrumpió desde atrás.
-Por favor, Luna. No seas desconsiderada. No insistas. Te convertirás en Duquesa y todavía te quejas -dijo Rina, regañándola con dureza.
Luna se giró, horrorizada.
-Pero ni siquiera lo conozco. Lo único que sé de ese hombre es lo que cuentan todos… que su rostro está desfigurado, que es un monstruo.
Liara soltó una risita burlona.
-Bueno, querida, tal vez debas obligarlo a usar una máscara si eso te molesta.-se burló.
Luna sintió que algo dentro de ella se quebraba, por el comentario malicioso.
-¡Entonces cásate tú con él! -gritó, sollozando.
-¡Basta! -gritó el Barón golpeando su bastón en el suelo, mirando a las tres mujeres que seguían discutiendo.
El silencio cayó como un golpe.
-La decisión está tomada -dijo Lord Garlend, con una firmeza que no admitía réplica.-Ya di mi palabra y no hay vuelta atrás, no estoy dispuesto a contradecir a ese hombre tan temible.
Luna sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
-Ve a preparar tus cosas. -añadió el Barón, sin mirarla a los ojos. -Luego del mediodía partimos a Blackmont.
Y así, entre el abandono de quien amaba y el olvido de quienes debían protegerla, Luna comprendió que su destino ya no le pertenecía.
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Editado: 18.04.2026