El Duque Oscuro

CAPITULO 8 – UN FUTURO INCIERTO.

El Castillo de Blackmont vibraba con una energía inusual.

Los pasillos de piedra, siempre silenciosos, resonaban ahora con pasos apresurados, telas que se arrastraban, voces contenidas.

El aire olía a cera derretida, a flores frescas recién traídas del invernadero, a madera pulida.

Una celebración se acercaba, esperada por largo tiempo.

Su Lord, por fin se casaría.

La noticia había corrido como un susurro veloz por cada rincón del castillo.

Para los habitantes más antiguos, que aún recordaban a la madre de Darien caminando por esos mismos pasillos, la idea de una nueva Duquesa era una chispa de esperanza en medio de tantos años de sombras.

Para los más jóvenes, en cambio, era casi un misterio indescifrable:

¿quién aceptaría casarse con el Duque Oscuro?

Los preparativos para la boda, apresurados pero meticulosos, estaban en manos de la Señora Miller.

Ella supervisaba cada detalle con una precisión casi perfecta.

Sabía demasiado, quizás era la persona que más conocía al Duque y su origen.

Sabía que la unión no nacía del amor, sino de un trato.

Sabía que la joven que llegaría pronto no venía por voluntad propia.

Y eso le oprimía el pecho.

Mientras los sirvientes colgaban cortinas nuevas y encendían las velas dispuestas en los enormes candelabros con innumerbles gotas de cristal, Nana caminaba entre ellos con el ceño fruncido, dando órdenes con voz firme, señalando los lugares donde debían ubicarse los floreros colmados de flores blancas.

Era impensado para ella estar disponiendo todo para celebrar la boda de su Excelencia, era algo que en su interior la movilizaba.

El tiempo avanzaba muy a prisa.

Las habitaciones para la familia Garlend ya estaban listas: sábanas limpias, jarras de agua fresca, flores en los jarrones, perfumando el ambiente,

La boda se celebraría en la mañana del día siguiente.

Solo faltaban los últimos detalles.

En su despacho, Darien trabajaba bajo la luz cálida de un candelabro.

El fuego de la chimenea crepitaba suavemente, proyectando sombras danzantes sobre las paredes.

Sobre el escritorio de roble se apilaban papeles, libros y cartas. El olor a tinta fresca impregnaba la habitación.

Dan estaba a su lado, revisando cuentas y documentos con la paciencia de quien conoce a su amigo desde hace años.

Entre los papeles, Darien encontró los documentos que detallaban las propiedades del Barón Garlend. Los tomó entre sus manos.

El papel estaba arrugado, manchado por el uso, como si cargara el peso de la culpa del Barón. Darien los observó y revisó con cuidado riguroso.

-Quiero que le regreses estos documentos cuando termine la ceremonia -dijo finalmente, entregándoselos a Dan.

Dan lo miró sorprendido.

-Pero… los ganaste en buena ley. -dijo tratando de hacerlo entrar en razón.

Darien se levantó y caminó hacia la ventana. El cielo estaba gris, cargado de nubes. El viento golpeaba los cristales con un murmullo inquietante.

-Tengo lo que quiero. -dijo, cruzando las manos detrás de la espalda -Y vale más que todas esas propiedades.

Dan frunció el ceño.

-¿Estás seguro de que estás haciendo lo correcto? -insistió.

Darien se giró lentamente.

Sus ojos ambarinos brillaban con una mezcla de irritación y cansancio.

-¿Tú también vas a cuestionarme? -dijo sin apartar la vista del horizonte.

Dan se dejó caer en el sillón frente al escritorio, cruzándose de brazos.

-Me imagino que la Señora Miller ya te dio un buen sermón -dijo con una sonrisa amarga. - Pero… ¿vas a obligar a esa jovencita a casarse contigo? ¿A cumplir como esposa sin haberse visto nunca?

-Tú no eres así, Darien. -agregó.

El Duque no respondió. Volvió a sentarse, pero su postura ya no era la misma.

La sombra en su mirada se hizo más profunda, como si las palabras de su amigo hubieran abierto una grieta que él intentaba ignorar.

El silencio se instaló entre ambos.

Darien sabía la verdad.

Sabía que, si fuera un hombre como los demás, quizá la joven no lo rechazaría.

Pero con su apariencia… con sus marcas… con la profecía que lo perseguía desde niño…

Una joven como ella se resistiría. Le temería, lo evitaría.

En la sociedad, un matrimonio debía ser consumado para tener validez.

Ese era su mayor obstáculo. Y su mayor temor.

El fuego crepitó con fuerza, como si respondiera a sus pensamientos.

Afuera, el viento aulló entre las torres del castillo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.