La oscuridad del bosque se sentía más densa que nunca, como si las sombras mismas contuvieran la respiración, esperando un descuido.
Aldric despertó antes del alba, impulsado por un presentimiento que vibraba en su mente como un eco insistente. Ajustó la capa sobre los hombros, tomó el bastón —no un arma, sino un voto antiguo— ese que le habia legado su abuelo, uno de los grandes brujos del reino de Elorian.
En ese baston se guardaba la magia mas antigua y el debia usarla con sabiduria.
Avanzó hacia el norte, donde las trampas mágicas protegían la frontera del reino, más allá del Sendero de la Luz.
Debía proteger a la mujer que dormía en la cueva. Sabía que, si las sombras la capturaban, la convertirían en un arma mortal contra su propio reino.
Y él era el único capaz de impedirlo.
No podía darse el lujo de fallar. Era su deber… y también su condena.
Pensó en su hijo. Pequeño, ajeno aún al peso del mundo, a salvo con su abuela en las afueras del bosque del norte. Por él seguiría luchando. Por él, erradicaría el mal de aquel páramo aunque le costara la vida.
Un sonido extraño lo arrancó de sus pensamientos.
Luego, una risa conocida.
El aire se volvió más frío, cargado de una energía ajena, corrupta. Cada paso crujía sobre las hojas secas y un ruido lejano agudizó sus sentidos.
No estaba solo.
De las sombras emergieron dos figuras.
Elfos oscuros.
No se había equivocado. Esperaban a la princesa. Planeaban capturarla.
Lo que no sabían era que esa noche él sería el cazador.
El primero era alto y delgado, de piel pálida que parecía absorber la escasa luz del bosque. Sus ojos eran pozos vacíos, su sonrisa una herida torcida.
El segundo, más bajo y robusto, sostenía una vara negra que emanaba un aura de amenaza pura.
Hablaron en un idioma ancestral, áspero, tejido con odio. Aldric comprendió de inmediato: no habría negociación.
Alzó el bastón e invoco la luz.
La luz respondió.
Un escudo resplandeciente brotó frente a él, chisporroteando al contacto con la magia oscura. La ofensiva fue inmediata: el elfo más bajo lanzó un rayo negro que se enroscó como una serpiente viva. Aldric giró apenas a tiempo; la sombra impactó contra un árbol, reduciéndolo a cenizas.
—No daré un paso atrás —rugió.
Trazó un círculo en el aire. De su bastón surgió un haz de luz que se hundió en la tierra. Raíces luminosas emergieron, envolviendo al enemigo con fuerza implacable.
El elfo alto rió, un sonido seco y burlón.
—Tu luz no es rival para nosotros.
Alzó las manos. El cielo se oscureció y espinas negras cayeron como una lluvia mortal. Aldric levantó el escudo, pero el impacto lo obligó a retroceder. El poder que enfrentaba superaba todo lo que había conocido.
Y la magia le cobró su precio: un dolor sordo le atravesó el pecho, robándole el aliento.
El segundo elfo apareció a su lado, veloz como un susurro de muerte, y lo golpeó con una ráfaga de sombras. Aldric salió despedido contra un árbol. El aire abandonó sus pulmones. Aun así, se obligó a incorporarse, aferrándose al bastón como quien se aferra a su fe.
—¿Eso es todo lo que tienes, hechicero? —se burló el elfo, avanzando.
—Todavía no he empezado —respondió Aldric, con voz baja… pero firme.
Clavó el bastón en el suelo y murmuró un hechizo antiguo. El bosque escuchó.
"Luz que guía, fuerza que arde,
sombras caen, el destino guarde.
Por mi sangre, por mi dolor,
que nada toque lo que juro proteger."
Las raíces surgieron con violencia, luminosas, sagradas. El elfo gritó cuando la luz quemó su piel oscura.
El otro arremetió envuelto en sombras. Aldric alzó el bastón una vez más y la pared de luz chocó contra la oscuridad, haciendo temblar el bosque entero. Hojas y polvo se alzaron en un torbellino salvaje.
En el clímax de la batalla, Aldric elevó el bastón hacia el cielo y llamó a la luna. La luz plateada descendió como un juicio antiguo. Los elfos gritaron, cubriéndose los ojos, hasta que sus cuerpos se disolvieron en cenizas.
El silencio volvió. Pesado. Absoluto.
Aldric respiraba con dificultad, apoyado en el bastón. Había ganado… pero el vacío que sentía en el pecho le recordó el precio. Siempre lo había.
Giró y regresó a la cueva. Su mente volvió a ella: la mujer que había salvado la noche anterior. Algo en su presencia lo inquietaba y lo atraía por igual. Una chispa peligrosa. Inevitable.
Quizás, pensó, no era solo alguien a quien proteger.
Quizás era la llave de todo lo que estaba por venir.
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Editado: 06.01.2026