El echizo de tus ojos

Cap. Seis- Guardianes de la luz.

La oscuridad del bosque aquella mañana parecía más densa que nunca, como si los árboles respiraran con cuidado, conteniendo algo que no debía escapar.
Aldric había partido antes del alba, guiado por un instinto que zumbaba en su mente como un eco de advertencia. Pero Evamora, exhausta y con el corazón latiéndole a golpes, avanzaba por el sendero que se abría ante ella. Iba descalza, con los dedos entumecidos por el frío. Cada hoja que crujía bajo sus pies parecía gritar su presencia al mundo.
Dos guardianes la acompañaban. Eran centinelas al mando de Aldric, el gran brujo.
Llegaron a un cañón profundo, una grieta en la tierra que se extendía como una herida abierta. Allí, las criaturas permanecieron en silencio, erguidas y vigilantes. Dos figuras altas y esbeltas, de facciones angulosas y ojos que brillaban como espejos de plata, se movían con la precisión de depredadores antiguos. Su sola presencia le provocó un escalofrío, como si el bosque mismo se inclinara ante ellas.
Evamora respiró hondo, intentando calmar el miedo que la envolvía. Pero cada sombra, cada susurro del viento, le recordaba la amenaza que la seguía. Su instinto la empujaba hacia adelante, hacia el único refugio que conocía: el hechicero Aldric.
La noche anterior, su memoria le devolvía la imagen de un hombre de mirada intensa. Un salvador cuya fuerza la había hecho temblar de admiración… y de desconcierto.
Finalmente, incapaz de soportar más el silencio, alzó la mirada hacia los guardianes.
—¿Quiénes sois? —preguntó, intentando imponer firmeza sobre el temblor de su voz.
Las criaturas intercambiaron palabras en un idioma que sonaba como un canto antiguo, melodioso y pesado al mismo tiempo. La más alta, de cabello plateado cayendo sobre sus hombros como un río de luz lunar, dio un paso adelante.
—No preguntes lo que no debes saber, humana —dijo. Su voz era suave, pero cargada de autoridad, capaz de hacer que incluso el bosque contuviera el aliento.
Evamora frunció el ceño, desafiando la advertencia.
—¿Humana? ¿No sabéis quién soy? —se irguió sobre una roca, intentando que su postura transmitiera seguridad, aunque su corazón se agitaba.
El segundo guardián, de ojos apenas más oscuros y facciones menos rígidas, habló con un tono más templado.
—Sabemos quién eres, princesa. Por eso estamos aquí. Para asegurarnos de que no pongas un pie donde no debes. Somos guardianes de la Luz. Nuestro deber es resguardar el legado de la tierra de Elorian. Servimos bajo el mando del gran brujo Aldric… tu guardián.
El aire se volvió más denso. La revelación la golpeó como un relámpago. Sabían quién era. Sabían más de lo que decían. Cada fibra de su ser se tensó.
—¿Dónde estoy? —insistió, obligándose a dominar el pánico que amenazaba con paralizarla.
—En tierras que no te corresponden —respondió la más alta, con un frío que calaba hasta los huesos.
Evamora no cedió. Sus puños se cerraron con fuerza. Había huido de la muerte antes; no se permitiría intimidarse ahora.
—Quiero saber dónde estoy y quién es el hombre que me trajo aquí.
El segundo guardián suspiró, como si la insistencia de la joven fuera una carga inevitable.
—Estás en la frontera de los bosques de Elorian. Aldric te trajo para protegerte de las brujas oscuras que te acechaban. Pero tu destino no es vivir como una paria. Eres hija de un rey y deberías estar con él. Fuera de tu reino corres peligro… y lo traes contigo hasta aquí —sentenció la guardiana.
El nombre resonó en su mente como promesa y amenaza.
Aldric.
La memoria de cómo la había levantado entre sus brazos, la intensidad de su mirada, la hizo estremecerse. Pero una duda más amarga se abrió paso.
—¿Por qué me está ayudando? —murmuró—. Si me desprecia tanto…
La respuesta fue inmediata y cruelmente clara.
—No lo hace por ti, princesa —dijo la primera—. Cumple con su deber.
—¿Su deber? —repitió Evamora, incrédula.
—Protegemos lo que nos corresponde —añadió el segundo, con un matiz de advertencia—. Eres valiosa… pero también peligrosa.
Un frío desconocido le recorrió la columna.
—No soy un peligro para nadie. Solo quiero salvar mi vida —replicó, con la voz quebrada entre rabia y desesperación.
El guardián la observó con una intensidad inquietante, como si viera más allá de la carne y la sangre.
—Aún no comprendes la magnitud de lo que eres, ni el poder que reside dentro de ti. Por eso estamos aquí. Si caes en las manos equivocadas, no solo tú perecerás… todo a tu alrededor sucumbirá.
Evamora abrió la boca, pero las palabras no llegaron. Su mirada se perdió en la profundidad del cañón.
Ella no poseía magia alguna.
Lo sabía desde siempre.
Era un espécimen raro.
Había preguntado durante la Ceremonia de la Luna por la ausencia de su don. No obtuvo respuesta.
Pero desde hacía unos días, una voz la visitaba en sueños.
Una promesa susurrada entre sombras.
Pronto tendrás tu respuesta.
El primer guardián inclinó ligeramente la cabeza; sus ojos plateados fulguraron con intensidad.
—Será mejor que regreses a la cueva. Estos bosques no son seguros… ni siquiera para ti.
Evamora asintió despacio. No obtendría más allí. Tendría que confrontar a Aldric. Mirarlo a los ojos. Exigir la verdad.
Mientras se alejaba, los bosques de Elorian parecieron susurrarle alrededor.
No como advertencia.
Como un anuncio.




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