El echizo de tus ojos

Cap. Siete - Hechizo Lunar.

Cuando Evamora regresó a la cueva, vio cómo todas las criaturas que allí habitaban se ayudaban unas a otras para resguardar el lugar. No había caos, sino una extraña armonía: manos distintas, voluntades opuestas, unidas por la necesidad de sobrevivir.
Caminó hasta la que había sido su celda de descanso y se sentó sobre el duro camastro. Alzó la vista y, a través del orificio en la roca, se encontró con un cielo límpido, ajeno a todo.
La nostalgia la golpeó sin aviso.
Quería regresar a su hogar.
Pero antes de morir, su madre le había arrancado una promesa: buscaría al hechicero Aldric para liberar el conjuro que pesaba sobre ella. No había alternativa. Ni entonces. Ni ahora.
Evamora conocía la historia completa de su verdugo.
Aldric había perdido a su esposa al entregar su magia para salvar a su pequeño hermano al nacer. Ironías crueles del destino: el niño creció sin poder alguno… y ella se convirtió en el recipiente del odio del brujo.
Suspiró.
Debía hacer algo para obligarlo a ayudarla. Recordando aquella mirada fría, comprendió que Aldric estaba dispuesto a llevar a cabo el Ritual de la Luna para sellar su poder para siempre. Para dejarla vacía.
Se puso de pie, decidida.
Era hija del rey más poderoso de todas las tierras mágicas y nadie —ni siquiera el brujo más temido— podía arrebatarle su dignidad.
Salió de la celda en busca de ese hombre que la perturbaba, que la hacía sentir que no era solo una princesa… sino una mujer. Y eso la aterraba más que cualquier conjuro.
¿Era deseo?
¿O un hechizo de la luna lanzado en el instante en que sus miradas se cruzaron?
No lo sabía. Pero necesitaba respuestas. Y saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar Aldric.
Entró en una sala donde dos guardias custodiaban una gran puerta cubierta de palabras que no comprendía.
—¿Qué buscas? —preguntó uno de ellos.
—¿Dónde puedo encontrar al gran brujo? —respondió en un susurro, imitando la solemnidad con la que todos hablaban allí.
—Está dentro. Espera a que te anuncie.
El guardia desapareció tras el portal. Instantes después, la puerta se abrió… y Aldric apareció.
Tenía el gesto adusto. El ceño cargado de sombras.
Su seriedad la intimidó. Siempre está enojado, pensó.
—No te quiero cerca, por eso mi enojo —respondió Aldric.
Evamora se tensó. Se dio cuenta de que había hablado en voz alta.
—Perdón, pero tú me trajiste aquí. No vine por voluntad propia —se defendió.
—Lo sé —respondió él—. Pero si no lo hubiera hecho, las brujas oscuras te habrían matado. Aquí estás a salvo. Ahora calla y ven conmigo.
Ella frunció el ceño, molesta, pero lo siguió.
Llegaron a una gran habitación dominada por un ventanal inmenso que inundaba el lugar de luz.
—¿Qué es este sitio? —preguntó, asombrada.
—La Sala de la Luz. Aquí se realizan los rituales de la luna.
El peso de esas palabras la estremeció.
—¿Y por qué me traes aquí?
Aldric respondió sin mirarla.
—Porque estás a punto de descubrir que posees un poder oculto. Uno más grande que el que tuvo Circe, mi esposa.
Evamora contuvo el aliento.
—Ven —ordenó.
Tomó su mano y la condujo hasta un círculo blanco en el centro de la sala, que ella no había notado hasta ese momento.
—Arrodíllate. Y quítate las cintas del cabello.
Obedeció.
Su cabello, color del fuego, se tornó blanco como una mañana nevada.
—¿Qué… qué me está pasando? —susurró al sentir una corriente recorrerla por completo.
—Silencio —ordenó Aldric con voz de mando.
Alzó el bastón y tocó el círculo. Una esfera de fuego recorrió su contorno.
—¡No! —gritó Evamora—. ¡Me quema!
Aldric comenzó a caminar alrededor de ella, recitando en el idioma ancestral de la magia.
—Fuego con fuego.
Magia con magia.
Lágrimas y dolor.
Luz y oscuridad.
Santuario del amor.
Sella la magia que su corazón guarda.
Desata el hechizo que mi bastón ata.
El aire se condensó.
Un frío mortal se instaló en la sala. La luz se apagó… y fue de noche.
La luna plateada inundó el lugar con su resplandor sagrado.
Un halo blanco, celestial, descendió y tocó el corazón de Evamora.
Ella se sacudió violentamente y cayó inconsciente al suelo.
Un instante después, todo volvió a la normalidad.
Aldric se acercó con cautela. La observó. Era hermosa. Sus ojos cerrados, su respiración acompasada.
Sabía que dormiría varias lunas antes de despertar del sueño lunar.
Sonrió, satisfecho.
Solo quedaba un último ritual.
Entonces, ella sería su marioneta.
Y eso —estaba seguro— nadie podría cambiarlo.




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