Dos lunas después, Aldric avanzaba hacia el castillo. Cada paso era firme sobre el empedrado, aunque el corazón le latía cargado de tensión. No aprobaba la boda de su hermana Coria con el sobrino del rey y, aun así, debía obedecer la voluntad de su padre: asegurarse de que ella no tomara decisiones imprudentes.
Al llegar, fue recibido por la habitual frialdad del rey Atronos.
—¿Qué vienes a hacer aquí, Aldric? —dijo con voz cortante—. Después de lo ocurrido, no pensé que volverías a pisar este lugar.
—No lo hago por gusto —respondió él, sin bajar la mirada—. He sido enviado por nuestro padre. Vengo a ver a mi hermana, Coria.
El rey esbozó una sonrisa ensayada, pero sus ojos permanecieron calculadores. Sabía que Aldric era peligroso, más aún desde el día en que su esposa murió y su magia cambió para siempre. Sabía que aquel conjuro había alterado algo irreversible… y que la magia de su hija jamás volvió a ser la misma.
—Hace años éramos aliados —dijo el rey, con un dejo de nostalgia—. Te preparabas para ser mi hechicero. Siempre creí que terminaríamos trabajando juntos.
Aldric lo miró fijamente, desentrañando el miedo oculto bajo la soberbia. Sonrió con frialdad, como un cazador que detecta la grieta en su presa.
—Los dos sabemos que eso es mentira —replicó—. Tu único interés es asegurarte de que no interfiera en tus asuntos.
El rey desvió la mirada cuando unos pasos resonaron en el corredor. Aldric giró y vio a su hermana acercarse. Coria irradiaba vida y confianza, ajena a la tensión que se espesaba en el aire.
—¡Aldric! Has venido —exclamó con alegría genuina.
—Sí —dijo él, besándole la frente—. Necesitamos hablar.
Coria lo abrazó y, por un instante, Aldric sintió alivio en medio de la tormenta que lo habitaba. El rey, percibiendo la intimidad del momento, se retiró, dejando una advertencia flotando en el aire:
—Cuando termines, ven a verme. Tenemos asuntos pendientes.
Las palabras pesaron como un presagio.
—Hermano, ¿qué sucede? —preguntó Coria, notando su tensión.
—Padre quiere que aceptes casarte con el sobrino del rey —dijo con voz grave—. No puedo permitirlo.
—¿Por qué? —preguntó ella, intrigada—. Es un buen partido. Traería beneficios al reino.
—Porque no es tu destino ni tu voluntad —respondió Aldric con firmeza—. No debes vivir por conveniencia ni deber. Está en juego tu magia, tu libertad… tu esencia.
Coria lo miró sorprendida, pero sin miedo. En sus ojos brilló una chispa desafiante.
—Mi deber y mi corazón no se excluyen, Aldric. Si decido casarme, será porque yo lo elijo.
—No puedes —replicó él, con un rugido contenido—. Jamás permitiré que te encadenen ni te pongan en peligro.
El silencio cayó pesado entre ambos. Aldric cerró los puños, atrapado entre el amor fraternal y la impotencia. Sabía que la protegería, incluso si eso significaba desafiar a su propio padre.
Coria avanzó un paso y tomó sus manos.
—Confío en que harás lo correcto por mí —dijo con dulzura—, pero también debes respetar mis decisiones. Deja el odio atrás, Aldric. No trae nada bueno. Circe no lo habría querido. Sé feliz con tu hijo, con el pequeño Rinarc. Cuídalo. Deja que el destino se encargue de los culpables.
Los ojos de Aldric se oscurecieron.
—No —sentenció con la voz rota—. El rey, en su sed de poder, mató lo más preciado que tenía. Y debe pagar.
—¿Y harás pagar a una inocente? —preguntó Coria con calma—. Tú no eres así. Te has cubierto de odio y desamor. Me aterra que pierdas mucho más en tu camino de venganza.
La princesa no debe pagar los pecados de los padres.
—Una vida por otra —respondió él con dureza.
Coria quedó helada.
—Ve —susurró al final, besándole la mejilla—. Haz lo que creas necesario. Pero recuerda: mi corazón me pertenece.
Aldric respiró hondo y se alejó. Amaba a su hermana con una ferocidad silenciosa. Y mientras su deber lo reclamara, estaba dispuesto a enfrentarlo todo.
Cada paso hacia la sala del rey resonó con la certeza de que Atronos tramaba algo. Un brillo azul recorrió el suelo del castillo, como si la magia misma presintiera que aquel encuentro no sería ordinario.
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Editado: 06.01.2026