El echizo de tus ojos

Cap. Nueve- Advertencia.

Aldric golpeó la puerta.
Del otro lado lo esperaba el rey Atronos.
—Pasa —dijo este, abriendo apenas y dejando espacio para que el brujo entrara.
La estancia era una vasta biblioteca donde descansaban los libros más antiguos del reino, volúmenes que habían sobrevivido a guerras, traiciones y pactos rotos. El aire olía a pergamino viejo y poder dormido.
Junto a una mesa, un anciano de cabello blanquecino escribía sobre un libro amarillento.
El Gran Sabio del reino.
—Muchacho… hace demasiado tiempo que no te veía —saludó con voz cansada, pero firme.
Aldric se inclinó en una reverencia sincera. Lo admiraba. Aquel hombre era el ser más poderoso de todos los reinos, oscuros y blancos. Ninguna criatura había salido con vida tras enfrentarlo.
—La última vez que nos vimos fue cuando mi esposa, Circe, murió —respondió Aldric con serenidad forzada.
—Sí —asintió el sabio—. Y desde entonces vives para vengarte. Tu magia se está oscureciendo, Aldric. Si no sueltas el odio, te consumirá.
—No —replicó él, con el fuego en la voz—. Es mi odio el que me hace despertar cada día.
No permitiría que nadie —ni siquiera el Gran Sabio— se entrometiera en sus decisiones.
—Hijo —continuó el anciano—, nada bueno nace de un rencor tan profundo. Quizá no lo sepas, pero tu aura grita peligro. Perderás a alguien que amas si sigues este camino.
—Ya perdí lo que más amaba —contestó Aldric, con soberbia amarga—. No me queda nada.
El sabio levantó la mirada por primera vez.
—Tienes un hijo. Y pronto habrá alguien más que se volverá importante para ti… y correrá peligro por la oscuridad que llevas dentro.
No dijo nada más. Se desvaneció tras un pasadizo oculto en la pared, como si nunca hubiera estado allí.
El rey Atronos regresó justo cuando Aldric se disponía a marcharse.
—¿Dónde está mi hija? —preguntó con desprecio—. Sé que la tienes tú.
—En este momento no te conviene tenerme de enemigo, gran rey de la nada —se burló Aldric.
—No me provoques —gruñó Atronos—. Si le haces daño a mi niña, quien pagará será tu hijo. En unas semanas será la boda de Coria con mi sobrino, y la quiero aquí. Si no… conocerás hasta dónde llega mi poder.
Los ojos de Aldric se volvieron hielo.
—Tú no harás nada —dijo con calma peligrosa—. O tu hija no sabrá nunca quién eres. Tengo el poder de borrar su memoria y convertirla en mi marioneta.
El rey dio un paso atrás, sorprendido.
—Una vez te advertí que pagarías —continuó Aldric—. Mi esposa murió por tu ambición. Ha llegado el momento de que todos los culpables paguen su castigo. Y tu hija será la primera.
El rey levantó la mano, y en la pared apareció una imagen: un niño pequeño siendo escoltado por guardias reales hacia algún lugar de Elorian.
—Toca a mi hija —amenazó— y no tendrás hijo en la próxima luna.
Y lo dejó solo.
Aldric se quedó mirando la imagen grabada en la piedra. El dolor le atravesó el pecho. Hacía dos años que no veía a su hijo. Lo había dejado al cuidado de las Madres Brujas, guardianas de los niños huérfanos del reino.
Una lágrima rodó por su mejilla.
—Nunca tocarás a mi hijo… malnacido —se juró en voz baja.
Salió de allí con la rabia y el odio desbordándolo por completo.
El rey jamás tocaría el último fragmento que Circe había dejado en el mundo.
Su hijo.
Lo defendería con su vida si era necesario.
Pero antes… ajustaría cuentas con la princesa.




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