El echizo de tus ojos

Cap. Diez- Obediencia y deber.

Elgor miraba por la ventana del gran salón, pero lo que sus ojos atravesaban no era el jardín ni los árboles mecidos por el viento, sino la espera: esa tensión áspera que solo conoce un padre cuando su hijo siempre ha sido impredecible.
La tarde avanzaba y la luz se desangraba sobre los muros antiguos del castillo, proyectando sombras alargadas que parecían moverse con voluntad propia.
¿Por qué Aldric aún no llegaba?
¿Acaso se negaría?
No. Imposible.
Aunque su hijo fuera un hombre de carácter indomable, siempre había cumplido su palabra… hasta ahora.
Recordó la conversación de semanas atrás, aquella que había marcado un quiebre.
—Me mandaste llamar, padre —dijo Aldric al entrar, con pasos firmes que resonaron como un presagio en la sala.
—Sí —respondió Elgor, sin rodeos—. Necesitamos hablar de algo importante.
—Tú dirás —la voz de Aldric fue seca, afilada, como si cada sílaba escondiera un filo.
—Ha llegado tu momento —continuó Elgor, esbozando una leve sonrisa donde se mezclaban autoridad y afecto—. El instante en que tu deber se enfrentará a tu voluntad.
Aldric cerró los ojos por un segundo. Inspiró hondo, intentando contener la tormenta que bullía en su interior.
—No. No lo haré —dijo al fin, con una firmeza que no dejaba lugar a negociación.
—Aún no te he dicho lo que debes hacer —replicó Elgor, con la paciencia de quien ha esperado toda una vida.
—Lo sé —gruñó Aldric—. Sé que me pedirás proteger a la hija del rey. A la princesa Evamora.
—Así es —confirmó Elgor—. Y sabes que no puedes negarte. Nuestro reino, nuestras vidas, dependen de ello.
—No olvides —añadió con voz más grave— que el rey tomó a tu hermana Coria bajo su tutela para unirla en matrimonio con su sobrino, Riza.
Los puños de Aldric se cerraron con violencia. La ira y la frustración le ardieron en el pecho como un hechizo antiguo despertando. No quería someterse. No quería cargar con un deber que sentía impuesto, ajeno, cruel.
—Sé lo que hiciste —dijo Elgor, midiendo cada palabra—. Sé que hace años sellaste la magia de Evamora.
—Pero la venganza no puede seguir guiándote —continuó—. Tu deber es mayor que tu rencor. Para eso has nacido, Aldric: para proteger aquello que otros desean destruir.
Aldric no respondió. Permaneció inmóvil, mientras las palabras se le clavaban en el espíritu. El recuerdo de aquel conjuro, de la niña que ya no era niña, lo acechaba como una sombra persistente. Y aun así… debía obedecer pero dudaba que eso fuera posible, porque el había hecho un juramento y no faltaría a el ni siquiera por la vida de la princesa.
El silencio cayó pesado entre ambos.
Elgor suspiró y, dejándolo atrás, se dirigió al salón donde tendría lugar la fiesta de su hija.
Por primera vez en mucho tiempo, una chispa de paz se encendió en su pecho. Coria le había confesado que estaba enamorada de Riza.
Una sonrisa tenue, casi frágil, cruzó su rostro mientras avanzaba por los pasillos iluminados por los candelabros.
La felicidad de su hija, su inocencia intacta, le regalaban un instante de esperanza… incluso cuando la sombra del destino ya comenzaba a cerrarse sobre todos




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