El echizo de tus ojos

Cap. Once- El poder de la magia

Evamora avanzaba por el claro con el corazón golpeándole las costillas, como si quisiera escapar antes que ella. El bosque la observaba en silencio, atento, antiguo.
Los guardianes, obedeciendo a Maelira, la seguían de cerca… aunque casi no existían para los ojos. Sombras entre sombras.
La soledad la envolvía, densa.
Pero no había vuelta atrás.
Debía encontrar su fuerza vital.
La luz que la sostendría cuando todo fallara.
Maelira se lo había explicado con una seriedad que aún le pesaba en el pecho.
"En cuanto despiertes, saldrás. El bosque te llamará.
En su centro hay una gran piedra blanca. Allí duerme la fuerza de cada bruja.
Y tú, mi niña, deberás encontrar la tuya.
No temas.
Dentro de ti vive la bruja que espera ser liberada."
Así debía ser.
Aunque el miedo ahora la poseía por completo.
Miró al cielo buscando orientación. La luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles, dibujando formas móviles sobre el suelo… hasta que algo cambió.
Las sombras comenzaron a alargarse.
A crecer desde la tierra misma.
El aire se volvió espeso, helado, como si el bosque exhalara un aliento enfermo. Un murmullo surgió primero tímido, luego insistente, hasta transformarse en un cántico profundo que hacía vibrar la tierra bajo sus pies.
Evamora se giró, confundida.
Y entonces tropezó.
La piedra.
Blanca. Antigua. Silenciosa.
No estaba sola.
Criaturas grotescas emergieron del bosque y, en un parpadeo, un círculo de piedras grabadas se cerró a su alrededor.
El miedo la petrificó.
Del círculo surgieron las brujas oscuras. Sus capas ondulaban como fuego negro, y la noche parecía obedecerlas.
La líder, de cabello rojo encendido, avanzó un paso. Sus ojos ardían con un brillo antinatural.
—Has llegado justo a tiempo —dijo— para ofrecernos tu esencia, niña de luz.
El frío la atravesó como una hoja. Evamora intentó moverse… no pudo.
Las brujas comenzaron a girar a su alrededor, entonando un hechizo antiguo que arrancaba la energía de la tierra y la concentraba en el círculo.
Las piedras brillaron.
Oscuras. Hambrientas.
Sintió su fuerza ser arrancada, drenada, ofrecida a la Gran Madre Oscura que invocaban.
—¡No! —gritó—. ¡No permitiré que me tomen!
El estruendo partió el aire.
El bosque rugió.
Aldric emergió entre las sombras como una sentencia inevitable. Su presencia era pura, avasallante. La magia lo rodeaba como una marea viva.
—¡Aléjense de ella! —rugió.
El bastón en su mano estalló en luz blanca. No una luz suave, sino un torrente furioso que atravesó el círculo y obligó a las brujas a retroceder.
La líder respondió.
Sombras en espiral chocaron contra la luz.
El impacto sacudió la tierra. Hojas, polvo y pétalos giraron en el aire como si el mundo se quebrara.
Evamora sintió calor.
Vida.
La cercanía de Aldric despertó algo en ella. Sus piernas temblaban, pero su espíritu abrió los ojos. Recordó las palabras, los gestos, los antiguos saberes heredados.
Confía.
La voz de Maelira cruzó su miedo.
Algo respondió dentro de ella.
Un halo luminoso rodeó su cuerpo. Inestable, poderoso, indómito. La magia que aún no sabía manejar… pero que la reclamaba.
—Aldric… —susurró.
Sus miradas se encontraron.
El miedo se transformó en decisión.
Aldric extendió la mano. La luz de su bastón se entrelazó con la de Evamora, formando un escudo radiante que comenzó a devorar la oscuridad.
Las brujas gritaron.
—¡No pueden ganar! —tronó Aldric—. ¡Ella no será su sacrificio!
La líder alzó el cuchillo ceremonial…
Pero fue tarde.
De los ojos de Evamora brotó un rayo plateado que atravesó la noche y la lanzó contra las piedras del círculo. Un relámpago descendió del cielo, cegador, absoluto.
El círculo se rompió.
Las sombras se deshicieron en humo negro que el viento dispersó sin piedad.
El silencio regresó.
Aldric bajó lentamente su bastón. Evamora lo miró. Por un instante, el mundo se sostuvo en ese espacio mínimo entre ambos. Sin palabras. Sin promesas.
—Siempre apareces en el momento justo —susurró ella.
—Y aun así —respondió él—, debes aprender a confiar en tu propia fuerza.
Evamora respiró hondo. La adrenalina se disipó. El bosque volvió a respirar. Las flores recuperaron su color, los árboles su quietud.
Sus dedos se rozaron.
Nada más.
Suficiente.
—Vamos —dijo Aldric, con suavidad firme—. Aún queda camino. Y nadie volverá a tocarte.

-¿Cómo es que tengo este poder, si antes no lo había sentido dentro de mí?- pregunto ella decidida a qué Aldric le explicará todo.

Pero de él solo recibió silencio y seriedad, aunque en su mirada había algo que ella todavía no comprendía del todo.
Caminaron hacia la ciudad.
El bosque pareció inclinarse ante ellos.
La historia recién comenzaba.
Y la magia… también




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