El echizo de tus ojos

Cap. Doce- Atracción latente.

—¿Dónde ibas, princesa? —interrogó Aldric, con el ceño endurecido y la voz cargada de mal humor.
—¿Siempre eres así de insufrible o solo en mi presencia? —replicó ella, sin responder a la pregunta.
Aldric se detuvo en seco.
Se giró.
Error.
Craso error.
La atracción se instaló entre ambos como un animal salvaje que despierta sin permiso. El aire pareció espesarse. Se miraron durante largos segundos, inmóviles, respirando el mismo silencio.
Ella era diminuta frente a él. Frágil en apariencia.
Y, sin embargo, cuando estaba a su lado, Evamora se sentía inexplicablemente poderosa. Como si algo dentro de ella se alineara. Como si su magia se reconociera en la de él.
Aldric lo sintió también.
Esos ojos verdes, mansos solo en la superficie, eran un manantial antiguo. Profundo. Lo llamaban como un canto milenario que prometía ruina y redención al mismo tiempo.
Un calor conocido le recorrió el cuerpo.
Demasiado conocido.
—No… —pensó.
Esa mujer lo desarmaba. Y eso no podía ser.
Ella era un arma. Un deber. Una condena.
Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, Evamora encontró en su mirada una dureza brutal, un muro levantado a la fuerza donde segundos antes había fuego.
Aldric maldijo por lo bajo.
—Maldita bruja —escupió—. Aleja tus ojos de mí o juro que te los arrancaré.
Se dio la vuelta y siguió caminando, fingiendo no oírla.
—Aldric… espérame.
No se detuvo.
Caminaron hasta unas ruinas antiguas, a kilómetros del castillo. Las piedras hablaban de guerras viejas y promesas rotas.
—No debiste desobedecer a mi madre —dijo él sin mirarla—. Ella me contó que te escapaste. No sé qué haces deambulando sola por estos lugares, pero es peligroso.
Se inclinó apenas hacia ella.
—Descansa.
Y se alejó, necesitaba distancia. Aire. Control.
Fue a buscar las hierbas necesarias para el conjuro lunar.
Cuarenta minutos después regresó.
Evamora no estaba.
Solo el rastro de sus pisadas marcadas en la tierra.
—Maldita bruja… —gruñó.
Siguió el rastro y la encontró a unos metros del camino, sentada sobre una piedra. Tenía el pie ensangrentado.
Aldric se arrodilló frente a ella sin pedir permiso.
—Mujer —murmuró entre dientes—. ¿No puedes quedarte quieta por una vez? No eres una niña para ser tan desobediente.
Buscó hojas de izalu, la planta milenaria capaz de curar a los seres mágicos, y comenzó a limpiar la herida con manos firmes… demasiado firmes para alguien que decía odiarla.
Evamora lo miró.
Y sonrió.
No una sonrisa provocadora.
Una sincera. Agradecida. Tierna por ese gesto humano en él.
Aldric levantó la vista.
Y quedó atrapado.
Aquella mezcla de inocencia y sensualidad era un veneno lento. Dulce. Letal. Lo desarmaba sin tocarlo.
—Por todas las santas brujas de Elorian… —gruñó— no me mires así.
Le cubrió los ojos con las manos, brusco.
Ella tomó esas manos entre las suyas.
—Estás sufriendo por mi culpa —susurró—. Lo siento.
Esas palabras sencillas lo atravesaron como una flecha.
-No puedo evitar mirarte. Mí corazón galopa libre cada vez que lo hago.

-¡Calla!- grupo Aldric.
Cuando se dio cuenta, sus rostros estaban peligrosamente cerca. A un suspiro. A un latido.
Ninguno supo quién se inclinó primero.
El beso ocurrió.
Primero torpe.
Luego inevitable.
Después posesivo.
Un beso que no pedía permiso, que reclamaba, que devoraba.
Ella es un arma. No el amor.
La frase retumbó en su mente como un látigo.
Aldric se separó de golpe, como si el contacto lo hubiera quemado.
—Haz lo que diga de ahora en más —ordeno como un perro rabioso—. Y no te acerques a mí.
Evamora sintió cómo algo se rompía.
No lo cambiaría.
No por ella.
Sus ilusiones se perdieron en el bosque del olvido.
Comprendió entonces que se estaba enamorando de un hombre tan complejo como cruel. Y que su corazón comenzaba a pertenecerle a su enemigo… y a su verdugo.
Una lágrima rodó por su mejilla. Al tocar el suelo, se volvió cristal, helada por el frío de su propio corazón.
—No te preocupes, Aldric —susurró—. De ahora en más… solo obedeceré.
Lo siguió.
Donde él la llevara.
Con el pecho apretado.
Con el alma herida.
Y con un amor naciendo justo donde no debía.




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