El echizo de tus ojos

Cap. Trece- El poder del eclipse

Caía la noche cuando llegaron a la gran ciudad de Elorian. Las torres se alzaban como colmillos contra el cielo violeta, y las antorchas comenzaban a encenderse una a una, anunciando la hora de los secretos.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Evamora, inquieta.
—Devolverte donde perteneces —respondió Aldric, sin mirarla siquiera.
—No —replicó ella, deteniéndose—. Tú no has terminado tu trabajo. Mi vida depende de ello.
Solo faltan tres días para mi cumpleaños… y es tu deber hacer el conjuro lunar.
Aldric apretó la mandíbula.
—La primera parte ya está hecha. Mi madre despertó tu magia. Ahora es solo cuestión de tiempo.
—¡No! —su voz tembló—. Si mi magia se revela en luna llena, moriré.
Y si eso ocurre… será por tu culpa.
Él se giró lentamente, mirándola por primera vez de frente.
—Yo sellé tu magia para protegerte. Para que tu padre no pudiera usarla como arma.
Nadie sabe que tu poder es sagrado. Nadie puede tocarte, princesa.
—Ni siquiera yo.
—¿Por qué? —susurró Evamora, con lágrimas ardiendo en los ojos—.
¿Por qué no puedes hacer el último conjuro lunar?
Lo tomó del brazo con desesperación.
—¡Dímelo, Aldric!
Él la observó con una mezcla de dolor y alarma. La luz que emanaba de ella era más intensa, más viva… peligrosa.
—Ha comenzado —dijo, grave—. Estás en la ciudad de tu padre. Ve con él.
Yo ya no tengo nada más que hacer aquí.
—No… —su voz se quebró—. Aldric, espera. Llévame contigo.
Pero él ya se alejaba, perdiéndose entre los callejones oscuros.
—¡Te amo! —gritó ella, a la nada—. No me dejes aquí… tengo miedo.
Las palabras se clavaron en Aldric como un hechizo prohibido.
Te amo.
Hacía demasiado tiempo que nadie se atrevía a decirle eso.
Cruzó el umbral y el mundo cambió.
El bosque lo recibió con un silencio antinatural. No había viento. No había insectos. Nada respiraba.
Avanzó con cautela hasta que un crujido lo detuvo.
Una figura pequeña emergió de entre las sombras.
Era una niña.
—¿Eres Aldric, el hechicero? —preguntó con una voz que no pertenecía a una niña.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque soy el espíritu del eclipse —sonrió—.
Y sabes que se acerca el momento en que tomaré la magia que guarda la princesa Evamora.
—¡Jamás la tocarás! —rugió Aldric.
Su voz sacudió el bosque. Las criaturas nocturnas huyeron.
—No comprendes —dijo la niña, ladeando la cabeza—.
Ella está destinada a ser ofrecida el tercer día del eclipse.
Un día después de su cumpleaños.
El eclipse comenzó ayer… y solo es visible en el Reino del Oeste.
—No harás nada —sentenció Aldric, alzando su bastón—.
O juro por lo más sagrado que tengo que haré sangrar el eclipse hasta hacerlo desaparecer.
La niña rió. Una risa cruel, hueca.
—¿Crees que tienes ese poder?
Eres un iluso. No entiendes que tu destino y el de ella están atados.
Si ella muere… tú mueres con ella.
Aldric atacó.
Un fuego cegador envolvió a la niña, pero su risa infernal se expandió por todo el bosque. Criaturas de sombra surgieron de la tierra y se lanzaron contra él.
Golpe tras golpe, Aldric caía… y se levantaba.
La lucha duró minutos que parecieron eternos. Cuando el amanecer comenzó a teñir el cielo, su magia se debilitó. Sus piernas fallaron.
—Ríndete —ordenó la niña.
—Jamás… —susurró él, cayendo de rodillas—.
Jamás poseerás la magia de la princesa.
—¿Por qué la defiendes? —insistió ella—.
Sabes que es una herramienta. Tú deseas venganza… y yo puedo dártela.
Aldric cerró los ojos.
Y la vio.
La sonrisa de Evamora.
Frágil. Limpia. Dulce.
Sus ojos verdes arrancándole pedazos de odio cada vez que lo miraban.
Entregarla sería traicionarse a sí mismo.
—No —dijo apenas—. No puedo.
La criatura golpeó el suelo. Una fuerza brutal lo alzó y lo estrelló contra la tierra. Todo se volvió negro.
Antes de perder el sentido, una voz lo atravesó.
—Aldric… aquí estoy.
Y esa voz no pertenecía al eclipse.




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