Evamora lloraba a los pies del camastro del hechicero.
Había llegado justo a tiempo.
Un latido más tarde y aquellas criaturas lo habrían matado.
Aldric yacía inconsciente, cubierto de magulladuras, la respiración irregular, el rostro pálido. Así, desarmado por el sueño forzado, parecía casi humano. Vulnerable. Lejos del brujo temible que todos temían.
Pero Evamora sabía la verdad:
incluso amándolo, incluso llorando por él, seguía siendo peligroso estar a su lado.
Acarició con cuidado su mano, temiendo despertarlo, temiendo también que no despertara jamás.
Cerró los ojos…
y la memoria la arrastró de regreso al castillo.
—Hija, el hechicero tiene una tarea que cumplir —le había dicho su padre, caminando de un lado a otro del salón—. Debe protegerte, sí. Pero su odio hacia nosotros es más grande que su lealtad al reino.
—Él no es solo odio —respondió ella, firme, aunque la voz le tembló—.
—Intentará drenar tu magia el día de tu cumpleaños —continuó el rey, sin mirarla—. Y la usará para destruirme.
Evamora dio un paso al frente.
—Entonces se la daré —dijo—. Si con eso consigo paz entre ustedes… lo haré.
El rey se giró bruscamente.
—¡No! Antes que nada eres mi hija. Y después de eso, la heredera del reino. Eres la única que puede salvar a nuestro pueblo si mi hermano nos ataca.
Evamora bajó la mirada.
Había algo más. Algo que no se atrevía a decir.
El rey lo vio en su rostro: el rubor, el brillo en los ojos, esa forma de pronunciar el nombre del hechicero sin pronunciarlo.
—Dime que no te has enamorado de él —pidió, casi suplicante.
Ella levantó la vista.
—Sí… lo amo, papá —confesó—. Y no me hará daño. Me ha protegido. Siempre.
El silencio cayó como una lápida.
—Eres ingenua —respondió el rey con dureza—. Él necesita tu magia para vengarse de mí.
—No —negó ella—. Él me cuidó. Me defendió. Y si me lo pide… le daré mi poder.
Se alejó antes de que su padre pudiera detenerla.
El frío la atravesó en el pasillo del ala este.
Un frío que no venía del invierno…
venía del presentimiento.
La imagen de Aldric moribundo cruzó su mente como un relámpago.
—No… —susurró, cerrando los ojos.
Y cuando los abrió, estaba allí.
De rodillas en el bosque lunar.
Frente a su cuerpo ensangrentado.
—Aldric… aquí estoy —dijo, con la voz quebrada.
Alzó las manos al cielo y rezó, sin saber de dónde nacían las palabras.
—Señora de lo alto… señora de la tierra…
Dame la fuerza de tu luz para curar el alma de mi amado.
Permíteme salvarlo.
Déjalo vivir. Déjalo amar.
El aire tembló.
Cinco figuras surgieron entre la neblina: brujas vestidas de blanco absoluto, incluso sus cabellos largos como hilos de luna.
—Te hemos escuchado, princesa —dijo una de ellas—. Y hemos venido.
Evamora inclinó la cabeza, llorando.
—Gracias…
—Pero hay una condición —advirtió otra voz.
Evamora no dudó.
—Lo que sea.
—No hables tan rápido, niña de luz —respondió la tercera—. No sabes qué se te pedirá.
—No importa —dijo Evamora, con una calma que la sorprendió—. Lo haré.
Las brujas intercambiaron miradas.
—Cuando el conjuro termine y el eclipse se cierre…
—comenzó la primera—
—te unirás a nosotras —continuó la segunda—.
—Dejarás el mundo físico —terminó la tercera— y serás nuestra guía espiritual.
Evamora miró a Aldric.
Su verdugo.
Su enemigo.
Su amor.
—Lo haré —repitió, sin una sola lágrima más.
Las brujas extendieron las manos.
—Repite.
Evamora cerró los ojos y recitó:
—Poder de la tierra.
Dolor del espíritu.
Poder de lo alto.
Dolor de lo físico.
Dale la vida…
y permite que cumpla su ciclo.
La magia estalló como un suspiro antiguo.
El cuerpo de Aldric se elevó lentamente, envuelto en luz blanca, mientras el bosque guardaba silencio reverencial.
Evamora no se movió.
Porque sabía que acababa de salvar una vida…
al precio de la suya.
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Editado: 06.01.2026