El hechicero abrió los ojos poco a poco.
El cuerpo le pesaba como si hubiera sido arrojado desde una montaña. Cada hueso ardía.
Respiró hondo, o lo intentó, y un gemido involuntario escapó de sus labios.
Buscó alrededor, desorientado. La habitación le resultaba familiar: las paredes de piedra clara, los tapices antiguos, el aroma a hierbas y cera.
Intentó incorporarse.
El dolor fue inmediato, brutal.
—No intentes levantarte —dijo una voz suave a su izquierda.
Aldric giró apenas la cabeza. Evamora estaba allí.
Y algo dentro de él, algo que llevaba años sellado con odio y culpa, cedió.
Maldición.
No debía sentir nada.
Nada.
Solo desprecio. Solo rencor.
Pero esos ojos verdes, casi translúcidos, lo desarmaban sin pedir permiso.
—¿Cómo… cómo llegué aquí? —preguntó con la voz grave, raspada, como si le hubiera pasado fuego por la garganta.
—Estamos en el palacio de mi padre —respondió ella.
Aldric dejó escapar una risa amarga que se convirtió en queja.
—Me duele cada hueso como si hubiera librado una maldita guerra… y la hubiera perdido.
Evamora bajó la mirada.
—¿Cómo me encontraste? —preguntó él, entornando los ojos.
—¿Cómo sabes que fui yo? —susurró ella, avergonzada.
—Porque te vi —dijo sin rodeos—. Te vi antes de perder el sentido.
Ella lo miró en silencio. Había pasado horas pensando que moriría. Horas mirándolo sangrar. Horas odiándose por necesitarlo.
Titubeó. Luego, con cuidado, tomó su mano entre las suyas y besó sus nudillos.
El contacto fue como un rayo.
Aldric retiró la mano de inmediato, endureciendo el gesto.
—No lo vuelvas a hacer.
La orden cayó como un golpe.
Evamora retrocedió, herida.
La puerta se abrió antes de que pudiera decir nada más.
—Has despertado —anunció Elgor,si padre avanzando—. Nos diste un buen susto. ¿Qué ocurrió?
—Me encontré con la guardiana del umbral del eclipse —respondió Aldric, seco—. Luchamos. Pero las criaturas nocturnas eran demasiadas. No pude hacer más.
Si padre lo observó con asombro contenido.
—Princesa —dijo entonces—, ¿podrías dejarnos a solas?
Evamora dudó.
—Estaré en la sala blanca —informó al fin, y salió.
Cuando quedaron solos, el padre de Aldric habló en voz baja:
—Te vi luchar. Y te vi dudar. Te rendiste a Evamora… y por eso perdiste. Ella te vuelve débil.
—Calla —gruñó Aldric—. No sabes lo que dices.
—Sí lo sé —replicó el hombre—. Están entrelazados. Cuando lo aceptes, podrán trabajar la magia juntos. Ella posee un poder único. Y tú eres el único capaz de contenerlo.
—Nada me une a ella —escupió Aldric—. Solo una mujer tuvo ese poder sobre mí. Y fue Circe. Mi esposa.
—Ella está muerta —respondió su padre con crudeza—. Y la princesa es más poderosa de lo que jamás fue Circe. Tienes la oportunidad de cambiar tu destino.
No dijo más. Lo dejó solo con sus demonios.
Horas después, Aldric se incorporó con dificultad. Se vistió. Tomó su bastón.
Caminó por los pasillos del palacio hasta la sala real.
—Pasa —dijo el rey—. Te estaba esperando.
Atronos no rodeó el tema.
—Faltan horas. ¿Qué harás? ¿Permitirás que mi hija sea sacrificada por tu venganza… o la salvarás?
Aldric tensó la mandíbula.
—Te daría mi reino —continuó el rey—. Te la daría como esposa. Haría lo que fuera.
Aldric estalló.
—¿Estás loco? ¡No quiero una esposa! Te odio, Atronos. Me quitaste lo más preciado. Dejaste a mi hijo sin madre. Convertiste mi vida en un desierto.
El rey gritó, desesperado:
—¡Pídeme lo que quieras!
—Lo único que quiero —sentenció Aldric— tú no puedes dármelo.
Porque quería a Circe.
Y a su hijo.
Y ese mundo ya no existía.
La puerta se abrió de golpe.
—Padre… Aldric… —empezó Evamora.
No terminó.
Su voz se apagó. Su cuerpo cayó como fulminado.
Su cabello rojo se volvió pálido. Un mechón blanco apareció entre los rizos.
—¡¿Qué le sucede a mi hija?! —rugió el rey, arrodillándose junto a ella.
Aldric alzó la vista hacia el ventanal.
El cielo se oscurecía.
—Ya comenzó el eclipse —dijo, con un hilo de voz.
Se inclinó, tomó a Evamora en brazos.
—Debo llevarla al bosque de la magia.
Y desapareció en el aire.
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Editado: 06.01.2026