El aire se desgarró cuando Aldric atravesó el umbral.
El bosque de la magia lo recibió como siempre: antiguo, vivo, consciente. Los árboles se alzaban como columnas de un templo primigenio; sus raíces retorcidas emergían del suelo como venas abiertas. La luna, enorme y enferma, comenzaba a oscurecerse lentamente, devorada por la sombra del eclipse.
Aldric apareció en el claro central con Evamora entre sus brazos.
Ella no reaccionaba.
Su piel ardía. No era fiebre: era magia desbordándose, buscando salida, reclamando su ciclo.
—No ahora… —murmuró él, apoyándola con cuidado sobre la piedra ritual—. No te atrevas a morir ahora.
El bastón golpeó el suelo tres veces.
La tierra respondió con un temblor leve, como un animal despertando.
Aldric cerró los ojos. Respiró.
El bosque escuchaba.
—He vuelto —dijo con voz firme—. Y no vengo a pedir permiso.
Las ramas crujieron. El viento giró en espiral. Las antiguas runas talladas en la piedra comenzaron a brillar con un fulgor azulado.
El eclipse avanzaba.
Evamora gimió. Su espalda se arqueó, sus dedos se aferraron a la piedra.
—Aldric… —susurró, apenas consciente.
Él se acercó de inmediato.
—Estoy acá —respondió, y su voz se quebró sin pedirle autorización—. No te vayas. No todavía.
Los ojos verdes se abrieron, desorientados.
—Tenías razón… —dijo ella, con esfuerzo—. Tengo miedo.
Aldric apoyó la frente contra la de ella.
—Yo también.
El bosque guardó silencio. Un silencio expectante.
Como si supiera que algo irreversible estaba por suceder.
Entonces, la tierra se abrió.
Cinco figuras emergieron del círculo de piedras. Vestían túnicas blancas que parecían tejidas con niebla. Sus cabellos largos, del mismo color que la luna antes de oscurecer, flotaban sin viento.
Las Brujas Blancas.
—La heredera ha cruzado el umbral —dijo una—. El eclipse reclama lo que le pertenece.
—No —gruñó Aldric, poniéndose de pie—. Ella no es un sacrificio.
—Toda magia sagrada exige un precio —respondió otra—. Y tú lo sabes, hechicero.
Evamora intentó incorporarse.
—Si mi vida es el precio… —empezó.
—No —la interrumpió Aldric con dureza—. No volverás a ofrecerte como si no valieras nada.
Ella lo miró, sorprendida.
—Pero tú… me odiaste.
Aldric rió. Una risa rota.
—Eso fue lo que intenté durante años.
El eclipse avanzó otro tramo. La luz lunar se volvió rojiza.
La guardiana del umbral apareció entre las sombras: la niña de ojos antiguos, sonrisa cruel.
—Qué escena tan conmovedora —se burló—. Amor, culpa, sacrificio… delicioso.
El poder de la princesa me pertenece. Y cuando ella caiga, tú caerás con ella, Aldric.
Evamora gritó de dolor.
La magia salió de su cuerpo en oleadas visibles, como filamentos de luz verde y plata.
Aldric sintió cómo el lazo se tensaba. Lo estaba arrastrando con ella.
Y entonces entendió.
No era una maldición.
Era un vínculo.
—Padre… —susurró, sin saber si lo escucharía—. Tenías razón.
Se giró hacia las brujas.
—¿Qué exige el conjuro completo?
Las brujas intercambiaron miradas.
—Vida por vida —respondieron—. Pero no la de ella.
—La tuya —dijo la guardiana, sonriente—. Tu magia. Tu linaje. Tu recuerdo.
Evamora negó con desesperación.
—¡No! —gritó—. ¡No te atrevas!
Aldric tomó su rostro entre las manos.
—Escuchame —dijo, con una calma que no sentía—. No te voy a dejar morir. Nunca fue una opción.
—Te amo —sollozó ella—. No me hagas vivir con esto.
Él apoyó un beso en su frente. Su voz fue apenas un susurro:
—Entonces viví. Viví por los dos.
Se alejó. Alzó el bastón. Clavó la punta en la tierra.
—Yo, Aldric del linaje antiguo —declaró—, entrego mi poder sellado, mi venganza y mi derecho al odio. Que el eclipse me tome a mí y deje a la heredera libre.
El bosque rugió.
La magia explotó.
El cielo sangró.
Evamora gritó su nombre mientras una barrera de luz la separaba de él.
—¡Aldric!
Él la miró por última vez, sonriendo… en paz.
—Encuentrame —dijo— Al final del eclipse.
La luz lo envolvió.
Y el eclipse, finalmente, comenzó a retirarse.
El silencio se adueñó del bosque.
El eclipse se cobro su cuota.
Y el bosque detuvo el tiempo.
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Editado: 06.01.2026