El echizo de tus ojos

Cap. Diecisiete- Ciclo roto.

Nada se movía.
Evamora dio un paso… y luego otro. El sonido de sus botas contra el suelo fue el único gesto de vida en un lugar que ya no la recordaba.
El bosque estaba intacto.
Demasiado.
Las hojas habían quedado suspendidas en mitad de su caída, como si el otoño hubiese sido interrumpido a mitad de una frase. Un ave, congelada en pleno vuelo, parecía tallada en obsidiana. El agua del arroyo no corría: se alzaba en ondas inmóviles, cristalizadas, atrapadas en un instante que no avanzaba ni retrocedía.
Evamora alzó una mano.
El resplandor suave de su magia iluminó el claro, pero no provocó reacción alguna.
Ni respuesta.
Ni eco.
—Esto… no es natural —susurró.
Y lo supo sin que nadie se lo explicara.
El bosque no dormía.
El bosque había sido detenido.
Avanzó con cautela, como quien camina entre los restos de un sueño roto. Cada árbol era una estatua viva: la corteza agrietada, las ramas extendidas en un gesto inacabado. El musgo había quedado suspendido a medio crecimiento, como si la vida hubiese olvidado continuar.
Entonces las vio.
Las Brujas Blancas.
Seguían allí, alrededor del círculo ritual. De pie. Inmutables. Sus túnicas ya no ondeaban; parecían talladas en mármol lunar. Sus cabellos, antes vivos, habían perdido todo movimiento.
Estatuas.
Vivientes… pero ausentes.
Evamora se acercó a una de ellas. Sus ojos seguían abiertos, fijos en un punto inexistente.
—¿Qué hicieron…? —preguntó, aunque no esperaba respuesta.
La respuesta vino desde dentro.
Un dolor sordo le atravesó el pecho, como si el bosque entero respirara a través de su corazón.
El sacrificio.
Aldric no solo había entregado su magia.
Había ofrecido el equilibrio.
El conjuro había salvado su vida, sí.
Pero había quebrado el ciclo.
La muerte sin tránsito.
La vida sin avance.
El bosque había aceptado el precio…
y lo había pagado con tiempo.
Evamora cayó de rodillas.
—No era así… —murmuró—. No debía ser así.
Recordó su mirada dura, esa que rara vez se volvía tierna.
La guerra constante en sus ojos cuando la observaba, y cómo eso, de algún modo, la enardecía.
La forma en que el mundo pareció detenerse cuando él la sostuvo.
Literalmente.
La magia en sus venas reaccionó. Ardió, no con violencia, sino con una urgencia antigua. Como si ahora, sin él, todo la mirara a ella.
—¿Yo…? —susurró—. ¿Ahora soy yo?
El tiempo había llegado.
Su magia había sido sellada a la de Aldric. Y ahora sentía que le debía la vida… y mucho más que eso.
¿Por qué?
¿Por qué lo había hecho?
La pregunta cayó al vacío.
El silencio pesó como una sentencia. No halló respuesta.
Evamora se puso de pie con esfuerzo. Las lágrimas que caían de sus ojos no llegaban a tocar el suelo: se transformaban en pequeñas gemas transparentes, sumándose a la quietud general.
—Te prometí vivir —dijo al aire—. No te prometí obedecer.
Caminó hasta el centro del claro. Donde antes había estado Aldric. Donde aún se sentía el hueco.
Apoyó la mano sobre la piedra ritual.
Por primera vez, la piedra vibró.
Un latido mínimo.
Imperfecto.
—Si rompiste el ciclo por mí… —continuó, con la voz quebrada pero firme—, entonces viviré para repararlo. Aunque me lleve toda la vida. Aunque tenga que descender al fin del tiempo para encontrarte.
El bosque no despertó.
Pero algo cedió.
Una hoja cayó al suelo.
Solo una.
Evamora la observó como si fuera un milagro.
No sonrió.
Aún no.
Pero supo, con una certeza que dolía, que el mundo había cambiado porque ella había sobrevivido… y que ahora le tocaba cargar con las consecuencias del amor de un hechicero que había detenido el tiempo por ella.
El bosque seguía inmóvil.
Pero Evamora ya no.
Ella encontraría la forma de traer nuevamente al hechicero a su mundo.
Al lugar donde pertenecía.




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