El echizo de tus ojos

Cap. Dieciocho- El portal del tiempo.

El bosque no respiraba,
pero algo latía.
Evamora lo sintió antes de verlo. Un pulso ajeno al silencio. Un tirón suave, insistente, como cuando el mar llama a quien necesita cerrarse al dolor de la vida.
Siguió esa sensación con pasos lentos. Cada movimiento suyo parecía una blasfemia en un mundo detenido.
Y entonces lo vio.
Entre dos robles petrificados, el aire estaba… roto.
No era una grieta.
Era una curvatura.
La realidad se plegaba sobre sí misma, como una tela mal cosida. Dentro de ese pliegue, la luz no entraba ni salía: giraba. Espirales de plata, sombras que no obedecían a ninguna forma conocida.
El tiempo, desnudo.
Evamora cayó de rodillas.
—No… —susurró—. Esto no debería estar aquí.
Lo sabía.
El sacrificio de Aldric había desgarrado algo más que el bosque. Había abierto un camino prohibido: un retroceso.
El portal del reflujo.
Su madre le había hablado de él una sola vez, cuando aún era niña.
Hay portales que no conducen a otros lugares, sino a otros errores, había dicho.
Y toda bruja que los cruza pierde algo que jamás vuelve.
Evamora se acercó.
El aire vibró al reconocerla.
Dentro del portal vio fragmentos:
el claro iluminado antes del eclipse,
Aldric girándose al oír su voz,
y allí estaba esa mirada de incertidumbre que le decía que él tampoco comprendía del todo lo que estaba sucediendo.
El pasado no estaba quieto.
La esperaba.
—Si entro… —murmuró—, puedo evitarlo.
El simple pensamiento le arrancó el aliento.
Podía gritar su nombre antes.
Podía no desmayarse en el salón.
Podía no llegar tarde.
Podía salvarlo.
Una voz surgió detrás de ella.
—Y condenarlo de otra forma.
Evamora no se giró. Sabía quién era.
—No soy una sombra —continuó la voz—. Soy la consecuencia.
La Guardiana del Umbral emergió lentamente del aire inmóvil. Ya no tenía forma de niña. Era alta, pálida, imposible de mirar durante demasiado tiempo.
—El bosque está detenido porque el tiempo sangra —dijo—. Ese portal es una herida abierta. Si cruzas… el mundo no sobrevivirá intacto.
Evamora apretó los puños.
—¿Y qué hay de mí? —preguntó—. ¿Quién sobrevive intacto después de perder al hombre que detuvo el tiempo por mí?
La Guardiana sonrió.
No con burla.
Con cansancio.
—Nadie.
Evamora se puso de pie. Su figura brillaba suavemente, una luz nueva, más profunda. Ya no era solo heredera. Ya no era solo princesa.
—Él me eligió —dijo—. Sin saber que yo también habría elegido morir por él.
El portal reaccionó. Las espirales se aceleraron.
Dentro, Aldric apareció con claridad. Vivo. Entero.
Pero había algo en su mirada.
El peso de haber elegido.
El dolor de haber dejado algo inconcluso.
—Te amo —susurró Evamora, con la voz quebrada—. Y eso me convierte en peligro.
—Si cruzas —advirtió la Guardiana—, retrocederás el tiempo… pero perderás tu lugar en él. No serás reina. No serás hija. No serás recuerdo.
—¿Y él vivirá?
Silencio.
La Guardiana bajó la mirada.
—Sí. Pero su sacrificio me pertenece.
Evamora dio un paso hacia el portal.
El bosque crujió.
Las estatuas vibraron apenas.
Las brujas petrificadas parecieron inclinarse.
—Entonces escuchame bien —dijo Evamora—. No vine a gobernar un mundo congelado. Vine a amar en uno imperfecto.
Una lágrima cayó… y esta vez no se volvió cristal.
El portal rugió.
La Guardiana extendió una mano.
—Si lo haces —dijo—, jamás volverás a este instante. Jamás sabrás si él habría elegido quedarse.
Evamora cerró los ojos.
Vio el sufrimiento de Aldric.
El dolor.
Él había elegido salvarla aun sabiendo que no volvería a este mundo.
El sacrificio había sido también una forma de purgar años de odio, de venganza, de culpas heredadas. Él lo sabía. Y ella también.
—Lo sé —susurró—. Y aun así…
Dio un paso más.
El tiempo gritó.
Y justo antes de cruzar el umbral, una voz —real, viva— atravesó el aire inmóvil como una daga:
—Evamora. No.
Ella se detuvo.
El portal tembló.
Porque esa voz…
no venía del pasado.




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