El echizo de tus ojos

Cap. Diecinueve- Llanto de amor

—Evamora. No.
La voz no vino del pasado.
Vino del amor que sabe perder.
Evamora se giró con un sobresalto que le desgarró el pecho. El portal rugía a su espalda, impaciente, hambriento, y aun así… fue esa voz la que detuvo al mundo un segundo más.
Maelira estaba allí.
No caminó.
No atravesó el bosque.
Simplemente existió en el espacio detenido, como si el tiempo —al reconocerla— hubiese inclinado la cabeza.
Tenía el rostro surcado por lágrimas que no se cristalizaban. Lágrimas reales. Antiguas. De esas que nacen cuando una madre comprende que la magia no puede con todo.
—No cruces —dijo de nuevo, con la voz rota—. Si lo haces… lo borrarás.
Evamora negó lentamente, temblando.
—No. Lo salvo. Lo salvo de vivir desterrado de su mundo.
Maelira avanzó un paso. La tierra crujió bajo sus pies.
—No —repitió, y esta vez fue un lamento—. Lo trasladas.
Hizo una pausa. Respiró hondo.
—Y a cambio… dejarás un hueco en el tiempo. Un vacío que se tragará cada momento verdadero que vivió aquí. No lo hagas. Te lo suplico.
Evamora sintió que algo se quebraba dentro.
—Eso no tiene sentido…
—Lo tiene —respondió Maelira—. El tiempo no se corrige. Se compensa.
Su voz tembló.
—Si vuelves atrás, vivirás otra historia. Un reflejo. Una copia.
Pero este Aldric —el que eligió morir para que el mundo siguiera— quedará sin testigos.
El portal mostró imágenes nuevas.
No solo a Aldric.
Evamora se vio a sí misma riendo en escenas que nunca ocurrieron. Abrazándolo en días que no existieron. Besos livianos. Felicidad sin peso.
No era Aldric.
Era otro con su rostro… pero no con su alma.
—Eso no es vivir —susurró Evamora.
—No —dijo Maelira—. Es reemplazar.
Maelira se llevó una mano al pecho.
—Yo parí a mi hijo dos veces —dijo—. La primera cuando nació.
La segunda… cuando murió por todos nosotros.
Su voz se quebró.
—Si cruzas… me lo quitarás también de esa verdad.
Evamora cayó de rodillas.
—No puedo perderlo —sollozó—. No puedo.
Maelira se arrodilló frente a ella y le tomó el rostro con manos temblorosas.
—Ya lo hiciste —dijo con una dulzura que partía el alma—.
Y aun así… sigues de pie.
El portal rugió con más fuerza. El tiempo reclamaba lo que le pertenecía.
—Míralo —pidió Maelira.
Evamora alzó la vista.
Dentro del portal, Aldric la observaba.
No como un recuerdo.
Como una despedida consciente.
Y entonces habló.
—Evamora…
La voz atravesó el umbral como un último latido.
—No me devuelvas robándote a ti.
Ella gritó.
—¡No es justo!
—Nunca lo fue —respondió él, con esa calma que siempre la desarmó—.
Pero te salvé… porque era lo justo.
No podría vivir sabiendo que tú no estás en este mundo.
Su figura comenzó a desintegrarse lentamente, como luz que acepta apagarse.
Maelira se quebró.
Lloró en silencio, llevándose las manos al rostro.
—Mi hijo… —susurró—. Mi niño valiente.
El bosque tembló.
Las estatuas parecieron inclinarse.
El mundo entero escuchó ese llanto.
Evamora se arrastró hasta el borde del portal.
—Si no cruzo… —dijo entre sollozos—, ¿qué quedará de él?
Maelira alzó la mirada, roja, devastada.
—Quedará lo que fue real.
Habló despacio. Con verdad.
—El sacrificio.
El amor.
El nombre que el tiempo no se atreverá a borrar.
Evamora apoyó la frente contra el aire vibrante del umbral.
—Te amo —susurró—. En esta vida. En este tiempo. En esta herida.
Aldric sonrió.
Y por primera vez, ella vio esa sonrisa que había anhelado días atrás.
—Vive, princesa… y sé feliz.
Con un grito ahogado, Evamora retiró la mano.
El portal chilló.
Se contrajo.
Se cerró.
El tiempo respiró.
El bosque… dio su primer latido.
Evamora se desplomó en el suelo, rota.
Maelira la abrazó con la fuerza de una madre que ya no tiene nada que proteger, salvo la memoria.
—Llora —le dijo—.
Porque el mundo continúa gracias a quienes saben despedirse.
Y bajo ese cielo que volvía a moverse, dos mujeres lloraron al mismo hombre.
Una por amor.
La otra… por haberlo traído al mundo.




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