El bosque volvió a respirar.
No de golpe.
No con júbilo.
Primero fue un suspiro tímido, inseguro, como si el mundo dudara de su propio derecho a seguir existiendo después de lo ocurrido. Las hojas temblaron apenas. La savia retomó su curso con cautela. El musgo recuperó su verde, y la luna —ya libre del eclipse— volvió a ser luna y no herida.
El tiempo, arrepentido, siguió adelante.
Las Brujas Blancas parpadearon.
El sonido fue casi imperceptible: un crujido suave, como hielo rompiéndose por dentro. Las túnicas dejaron de ser piedra; la niebla volvió a ondular alrededor de sus cuerpos. Respiraron. Dolidas. Conscientes.
—El ciclo… continúa —murmuró una, llevándose la mano al pecho.
—Pero quedó marcado —respondió otra—. Para siempre.
—Feliz cumpleaños, querida princesa —dijo la tercera, con una solemnidad que no era celebración.
Evamora la miró, desorientada, cuando la mujer le extendió un bastón antiguo, vivo, cargado de runas que parecían latir.
—¿Qué significa esto? —preguntó, con la voz aún quebrada—. No lo comprendo… falta un día para mi cumpleaños.
—El tiempo ha corrido —respondió la bruja—. Y ha corrido por ti.
Este es tu bastón. Cuídalo. No lo pierdas jamás. Ya eres una bruja de toda la Plenaria… y eso se lo debes a Aldric.
El nombre cayó como una piedra en el pecho de Evamora.
Las tres brujas asintieron. Se tomaron de las manos y se alejaron, disolviéndose entre la niebla del claro.
Maelira no las miró.
Evamora tampoco.
Porque cuando el mundo vuelve a girar, no lo hace para quienes han perdido algo irremplazable.
Evamora estaba de pie, pero solo en apariencia. Era una forma humana sostenida por pura voluntad. Cada paso parecía pedirle permiso al suelo. Sus ojos recorrieron el claro, buscando sin querer… esperando.
Aldric no estaba.
No lo estaría.
Maelira avanzó primero.
Como guardiana.
Como bruja.
Como madre sin hijo.
—Elorian queda a dos días de aquí —dijo en voz baja—. Si seguimos el río, no nos perderemos.
Evamora asintió.
No habló.
Hablar era aceptar.
Comenzaron a caminar.
El bosque las dejó ir.
No hubo ramas cerrándose a su paso. No hubo advertencias ni susurros. Solo ese silencio reverencial que se le concede a quienes cargan una ausencia demasiado grande.
El primer día no lloraron.
El dolor estaba rígido, intacto, como una herida recién abierta que aún no sabe sangrar.
Por la tarde, Evamora se detuvo.
El camino era recto. Seguro.
Y aun así, se llevó una mano al pecho.
—Aquí… —susurró.
Maelira entendió sin preguntar.
—Aquí discutieron —dijo—. Aquí te dijo algo que no olvidaste.
Evamora cerró los ojos.
—Aquí me curó con una flor de Izalu… —murmuró—. Él siempre me cuidaba. A su manera.
Mostrándome su odio, su dureza… nunca lo comprendí.
Rió.
Pero fue un sonido roto.
—Y míralo… al final se sacrificó por mí. Eso debe significar algo.
Maelira apoyó su bastón en la tierra.
—Aldric eligió —dijo la anciana—. Y ahora te toca a ti hacer que esa elección haya valido la pena.
Evamora cayó de rodillas.
Esta vez sí lloró.
Lloró sin gritos, sin palabras, sin magia. Lloró como lloran quienes entienden que no habrá redención, solo memoria. Lloró como se llora cuando el amor ya no puede salvar a nadie.
Maelira no intentó detenerla.
Se sentó a su lado.
Y también lloró.
Por la noche, el fuego crepitaba entre ellas como una presencia incómoda. Ninguna hablaba demasiado. El silencio no estaba vacío: estaba lleno de Aldric.
De sus órdenes.
De su carácter insoportable.
De su esencia irrevocable.
Evamora durmió poco.
Cuando lo hacía, soñaba con él vivo… y despertaba culpable.
—No debí imaginarte —murmuraba—. Perdón.
Maelira la escuchaba en la oscuridad.
—No te disculpes —respondía—. Los muertos no se ofenden. Acompañan.
Al segundo día, divisaron Elorian.
Las torres blancas se alzaban contra el cielo como una promesa que ninguna de las dos sentía propia. La ciudad seguía viva. Ruidosa. Ignorante.
—Ellos no saben —dijo Evamora.
—No —respondió Maelira—. Y tal vez nunca deban saberlo.
Evamora apretó los dedos alrededor del bastón.
—Yo sí sabré. Siempre.
Entraron a la ciudad sin anuncios ni reverencias.
Dos mujeres cruzando una puerta que no celebraba nada.
Porque ambas estaban de luto.
Un luto reverencial hacia la pérdida.
Una había perdido al hombre que amaba.
La otra, al hijo que había traído al mundo.
Y aun así, caminaban.
Porque el sacrificio de Aldric no había detenido al mundo.
Solo les había enseñado cuánto cuesta seguir viviendo en él.
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Editado: 09.01.2026