El palacio del reino de Elorian no celebró su llegada.
Las antorchas ardían como siempre, los guardias cumplían su deber, las paredes blancas sostenían siglos de historia… pero algo en el aire estaba torcido, como si el lugar presintiera que una verdad insoportable estaba por atravesar sus puertas.
Elgor fue el primero en verlas.
Alzó la vista desde los pergaminos y se quedó inmóvil al reconocer a la mujer que avanzaba junto a la princesa.
—Maelira… —dijo, incrédulo—.¿Qué haces aquí?
Nunca creyó que ella abandonaría sus dominios. Nunca. No sin una razón de peso que rompiera el equilibrio del mundo.
—Acompaño a la princesa —respondió Maelira, con voz grave—. Ella…
—¿Por qué tienes el bastón de la magia, hija? —interrumpió el rey Atronos, incorporándose de su trono.
El bastón brillaba con una luz tenue, viva. Demasiado viva para no significar algo definitivo.
—Es una historia larga —dijo Maelira con autoridad—. Ahora debe descansar. Luego habrá tiempo de hablar.
Elgor frunció el ceño.
—¿Dónde está nuestro hijo?
El silencio cayó como un telón.
Evamora dio un paso al frente. Le temblaban las manos, pero sostuvo la mirada.
—Él… él ya no está en este mundo.
Elgor giró bruscamente hacia su esposa.
—¿Qué carajos hizo? —rugió—.
¡Dímelo, Maelira! ¿Qué sucedió con mi hijo?
Maelira no bajó la cabeza. Las lágrimas ya corrían, pero no se escondió de ellas.
—Se sacrificó por la princesa.
La palabra quedó suspendida.
—¡Mierda…! —bramó el rey Atronos, golpeando el brazo del trono—.
¿Por qué carajos haría algo así?
Elgor avanzó un paso, mirándolo con un dolor que ya no podía contener.
—Te lo dije —dijo—. Mi hijo era complejo. Duro.
Pero de sentimientos nobles.
Porque al final… siempre hacía lo correcto.
Respiró hondo, aferrándose a esa idea como a un último ancla.
—Ahora deberemos ir a buscarlo, donde quiera que esté- dijo Elgor decidido a buscar a su hijo aún debajo de las piedras.
—No —susurró Maelira.
Elgor se volvió hacia ella.
—No, Elgor —repitió—. Nuestro hijo cruzó el Umbral del Eclipse.
Y nada… absolutamente nada… puede hacerse.
—¡No!
El grito desgarrado de Elgor atravesó el salón real. Se clavó en la piedra, en las columnas, en los oídos de cada sirviente escondido tras las puertas. El reino entero pareció contener la respiración.
—Dime… dime que no es verdad —imploró—.
Podría haber elegido otra cosa…
—No —respondió Maelira—.
Eligió entregar su vida para que Elorian siguiera existiendo.
Lo hizo por cada eloriano.
Ella lo abrazó.
Y Elgor, hechicero y padre… se quebró en sus brazos.
Atronos cayó pesadamente en su trono. Como un trapo. Como un hombre al que le acababan de arrancar una certeza.
Miró a su hija.
Miró a esos padres rotos.
—Tenías razón —murmuró—.
Él siempre haría lo correcto.
Maelira y Elgor abandonaron el salón real en silencio, rumbo a la habitación destinada al consejero del rey. El pasillo se les hizo interminable.
—Ella debe buscar a nuestro nieto —dijo Maelira en voz baja.
Elgor levantó la mirada, sorprendido.
—¿Por qué ella?
—Porque Aldric le hizo prometer que lo cuidaría —respondió—.
Y Evamora no romperá esa promesa.
Ella amaba a nuestro hijo.
Elgor tragó saliva.
—Jamás imaginé que la princesa fijara sus ojos en alguien tan severo como él…
—Se enamoró de la ternura que vivía debajo de ese traje de odio —dijo Maelira—.
Mi hijo… se sacrificó por amor.
Y volvieron a llorar.
En el salón real, Atronos observaba a Evamora derrumbarse en silencio. El dolor de su hija lo atravesó como un juicio tardío.
Había juzgado mal al hechicero.
—Haremos un monumento en su honor —dijo—.
Será recordado como Aldric, el Hechicero Justo.
—No —gritó Evamora, avanzando—.
¡Él no está muerto! Debemos buscar la forma de traerlo de vuelta. Por favor, padre…
—Sabes que no hay manera, mi vida —respondió el rey con la voz rota—.
Evamora levantó el rostro, empapado en lágrimas.
—Él me dijo que lo buscara en el final del tiempo.
Y lo haré. No sé cómo… pero se lo prometí.
El rey negó lentamente.
—Si lo haces, perecerás. Y su sacrificio será en vano.
Él eligió.
Y ahora tú debes honrar esa elección.
Evamora secó sus lágrimas con el dorso de la mano.
—Entonces honraré su sacrificio de otra forma —dijo—.
Buscaré a su hijo.
Lo criaré como mío.
Seré la madre que él no pudo tener.
Atronos la miró largamente.
—Lo harás —asintió—.
Y desde hoy te presentaré como la Bruja Blanca del reino.
Tienes el poder… y la responsabilidad de decidir el futuro de Elorian.
Y así, Evamora y los padres de Aldric comprendieron la verdad que nadie quería aceptar:
Todos tenían una gran deuda con Aldric, el hechicero.
Evamora, la vida.
Elgor y Maelira, el orgullo y la herida.
El reino, su continuidad.
El rey,una disculpa, ya que jamás había creído en su honor y se lo había hecho saber infinidad de veces.
Y la única forma de pagar esa deuda
no era traerlo de vuelta.
Era darle a su hijo
la familia que él no pudo darle
después de la muerte de su amada Circe.
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Editado: 09.01.2026