La Casa de las Guardianas de la Orfandad estaba envuelta en una quietud distinta a la del bosque detenido.
No era magia rota, sino disciplina antigua: muros que sabían guardar secretos, suelos que absorbían el sonido de los pasos, miradas entrenadas para no preguntar.
Allí vivía el hijo de Aldric.
Las guardianas recibieron a la princesa y al rey con toda la parafernalia que merecían los soberanos: inclinaciones medidas, palabras exactas, respeto sin cercanía.
Pero cuando el ceremonial terminó, Evamora se puso de pie sin esperar permiso.
—Quiero ver al hijo de Aldric.
—Está en el ala de lectura —respondió una de ellas—. Acompáñennos.
Caminaron por corredores largos, bañados de una luz lechosa que parecía no pertenecer ni al día ni a la noche.
El niño no lloraba.
Fue lo primero que Evamora notó.
Estaba sentado junto a una ventana alta, leyendo un libro grueso de hojas amarillentas. No se movía. No se distraía. Leía como quien busca algo más que palabras.
Evamora se acercó despacio y leyó el título en la tapa.
—El brujo y la espada —murmuró—.
Es un buen libro.
El niño levantó la vista y sonrió.
—Lo sé.
Sus ojos.
Los ojos de Aldric.
No idénticos, pero sí heredados. La misma profundidad. La misma atención silenciosa. Evamora sintió un temblor recorrerle el cuerpo.
—Se llama Kaelith —dijo la guardiana mayor—.
Es un nombre anterior a los reinos. Significa “el que permanece cuando todo cae”.
Evamora sintió el golpe en el pecho.
Kaelith.
Hijo de Circe, bruja poderosa.
Hijo de Aldric, brujo blanco capaz de enfrentar al bosque mismo.
—¿Sabe quién es? —preguntó Evamora en voz baja.
—Sabe quién no es —respondió la guardiana—.
Y eso ya es demasiada carga para un niño.
La mujer sonrió con suavidad.
—Muéstrales lo que puedes hacer con tus manos.
Kaelith se puso de pie y caminó hacia el exterior. Los demás lo siguieron. Desapareció detrás de una pared y, un instante después, una risa infantil —limpia, luminosa— les llegó desde dentro.
Evamora se detuvo.
El corazón no pidió permiso.
Kaelith estaba sentado en el suelo, armando figuras con piedras blancas y negras. No jugaba: ordenaba. Cada piedra tenía un lugar. Cada forma obedecía a una lógica íntima.
Junto a él, una pequeña alaria flotaba en silencio.
Guardiana de almas. Cuidadora de niños sin madres.
Evamora se arrodilló a su lado.
Lo observó unos segundos.
Cabello oscuro.
Pómulos suaves.
Y esos ojos…
Kaelith alzó la mirada.
Y el mundo se tensó.
La miró como si supiera exactamente quién era. Como si supiera por qué había ido.
—¿Sabes quién soy? —preguntó Evamora.
—Sí —respondió él, sin miedo—.
Eres Evamora. La princesa. Y vienes por mí.
Ella sintió que el aire le faltaba.
—¿Cómo lo sabes?
Kaelith la miró con una seriedad impropia de su edad. Una seriedad que le recordó, dolorosamente, a su padre.
—Mi madre me lo dijo.
—¿Hablas con Circe? —intervino el rey.
—Sí. Me contó sobre mi padre.
Y también me dijo que tú serías mi madre —miró a Evamora— y que debía respetarte y quererte.
El rey se arrodilló frente a él, despacio, hasta quedar a su altura. Sonrió con una ternura que no usaba desde hacía años.
—¿Y yo? —preguntó—.
¿Quién soy yo?
Kaelith ladeó la cabeza.
—Tú serás mi abuelo. Como mi abuelito Elgor.
El rey tragó saliva.
—Será un honor que me llames así.
—Eso me gusta —dijo el niño, satisfecho.
Evamora respiró hondo.
—Kaelith… ¿quieres que sea tu madre?
El niño asintió sin dudar.
—Me gustas.
Tu cabello brilla igual que el de mi mamá.
El silencio se volvió denso. No incómodo. Sagrado.
Evamora tomó la mano del pequeño y lo ayudó a ponerse de pie.
—Vendrás conmigo al palacio —dijo—. Vivirás con nosotros.
Kaelith sonrió y asintió.
Rozó los dedos de Evamora.
El contacto fue mínimo.
Y devastador.
Ella vio destellos: un bosque gritando, un bastón clavado en la tierra, una sonrisa triste diciendo vive. Se apartó de golpe, agitada.
—No lo toques más —advirtió la guardiana—.
A veces recuerda cosas que no vivió.
—No recuerdo —corrigió Kaelith—.
Sueño despierto.
Evamora cerró los ojos.
—Kaelith… ¿sabés qué es un padre?
El niño dudó.
—Sí.
Pero hace mucho que no tengo uno.
Evamora sintió que algo se le quebraba definitivamente.
—Entonces… ahora me tendrás a mí.
Kaelith la miró fijo.
—¿Y me amarás como una mamá?
Evamora pensó en Aldric.
Pensó en Circe.
—Sí.
El niño asintió, solemne.
—Entonces acepto ser tu hijo.
Hizo una pausa y agregó, como quien enuncia una verdad antigua:
—Cuando la gente que pesa se va… el aire se enfría.
Las guardianas intercambiaron miradas inquietas.
—Princesa —advirtió una—. No es prudente crear apego.
Evamora se puso de pie lentamente.
—No vine a crear apego —dijo—.
Vine a cumplir una promesa.
Kaelith la miró alejarse unos pasos.
—¿Nos iremos ahora?
Evamora se giró. Sonrió.
—Sí.
Y cuando lleguemos… te contaré una historia.
No sobre tu pasado.
Sobre tu futuro.
El niño tomó su mano.
Y juntos salieron hacia Elorian.
Por primera vez desde que llegó a la Casa, Kaelith sintió que algo dentro suyo dejaba de estar solo.
Muy lejos de allí, algo antiguo despertó.
La Guardiana del Umbral sonrió en la oscuridad.
Porque ahora lo sabía.
El heredero no estaba dormido.
Y la magia…
ya había elegido a quién proteger.
#2923 en Fantasía
#556 en Magia
brujas amor magia, fantasia y venganza, mundo oscuro y mundo de luz
Editado: 09.01.2026