El echizo de tus ojos

Cap. Veintitrés-Poder que revela

Elorian no dormía.
Las campanas no repicaron por orden, sino por instinto. El rumor cruzó las calles como un viento nuevo: la princesa había regresado. Y no volvía sola.
La gente salió de sus casas, primero con cautela, luego con esperanza. Rostros cansados, manos alzadas, murmullos que crecían. No sabían exactamente qué celebraban, pero lo sentían en los huesos: algo había sobrevivido.
Cuando las puertas blancas se abrieron, la ciudad estalló en voces.
—¡Evamora!
—¡Nuestra princesa!
—¡La magia vive!
Banderas que nadie recordaba haber colgado aparecieron en los balcones. Pétalos flotaron en el aire. Los niños corrían. Los ancianos lloraban sin saber por qué.
Evamora avanzó despacio.
Y entonces lo sintió.
La mano de Kaelith se aferró a la suya con una fuerza desmedida para un niño tan quieto. Su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse.
—Detrás —susurró él.
No era una súplica.
Era una orden nacida del miedo.
Evamora se detuvo de inmediato y se inclinó hacia él.
—Tranquilo —dijo, suave—. No te harán daño.
Pero Kaelith no la miraba a ella.
Miraba todo.
Demasiada gente.
Demasiado ruido.
Demasiada vida.
Nunca había visto una multitud. La Casa de las Guardianas era silencio, pasos medidos, voces bajas. Allí el mundo no irrumpía: pedía permiso.
Aquí no.
Aquí la realidad se volcaba sobre él sin compasión.
El niño llevó la mano libre a su pecho. El aire se volvió espeso.
Y entonces ocurrió.
Los sonidos se apagaron.
No afuera.
Dentro de él.
Kaelith parpadeó… y cayó de rodillas.
Evamora lo sostuvo antes de que tocara el suelo.
—Kaelith —dijo, alarmada—. Mírame. Estoy aquí.
Pero los ojos del niño ya no estaban en Elorian.
Estaban en otra parte.
El mundo se le abrió como un sueño roto.
Vio un bosque detenido.
Una piedra ritual.
Un bastón clavado en la tierra.
Vio a un hombre de espaldas.
Alto.
Severo.
Familiar.
—Papá… —susurró.
Evamora sintió que el corazón se le partía en dos.
Kaelith dio un paso en ese lugar que no existía. El hombre se giró.
Los mismos ojos.
La misma mirada que hacía mucho no veía…
pero que, aun así, recordaba.
Aldric sonrió.
Una sonrisa dulce. Tierna.
Y cuando habló, su voz reveló el amor profundo que guardaba por su hijo.
—No llores, soñador mío.
El niño negó, desesperado.
—No te vayas —pidió—. Todavía no.
Aldric se arrodilló frente a él.
—No me fui. Estoy aquí —respondió, llevando una mano al corazón de Kaelith—.
Y también aquí —añadió, señalando su sien—.
Ahora deberás entrenar, porque dentro de ti duerme una fuerza poderosa. Y debes aprender a manejarla.
Guardó silencio un instante.
—Eso fue lo único que te dejé.
La luz lo atravesó.
El cuerpo de Aldric comenzó a deshacerse en hilos de magia blanca.
—No —gritó Kaelith.
El grito salió de su pecho en el mundo real.
La plaza entera enmudeció.
La princesa solo veía al niño hablarle a la nada.
Y eso dolía… porque ella también habría querido ver al hechicero una última vez.
Evamora cayó de rodillas junto a él y lo abrazó con fuerza.
Kaelith lloró como nunca antes.
No era el llanto contenido del niño que aprendió a no molestar.
Era un llanto antiguo.
Instintivo.
De hijo.
—Está muerto —dijo entre sollozos—. Mi papá está muerto.
El silencio se volvió absoluto.
Nadie se atrevió a respirar.
Evamora cerró los ojos.
—Sí —susurró—. Pero te amó lo suficiente como para quedarse en ti.
El niño se aferró a su cuello.
—Yo lo vi —repitió—. Lo vi morir.
Una figura avanzó entre la multitud.
Alta. Envuelta en velos claros. Sus pies apenas tocaban el suelo. Sus ojos eran como agua quieta.
La Dama del Designio.
Aquella que nombraba la magia de cada eloriano al despertar.
—Aparten —ordenó con voz serena—. El niño está despertando su don.
Se arrodilló frente a Kaelith sin tocarlo.
—Soñador —dijo—. Tú no recuerdas. Tú visitas.
Kaelith la miró con los ojos enrojecidos.
—No quería ver eso.
—Lo sé —respondió ella—. Pero tu magia no pregunta. Revela.
Se incorporó lentamente y habló para todos.
—Este niño no heredó fuego, ni espada, ni sanación.
Heredó la grieta.
El murmullo recorrió la plaza.
—Kaelith ve el presente y el futuro como sueños vivos —continuó—. No distingue lo que fue de lo que será. Ambos lo atraviesan.
Evamora sintió un escalofrío.
—¿Eso lo condena? —preguntó.
La Dama la miró con gravedad.
—Lo vuelve peligroso… y sagrado.
Y deberás cuidarlo, princesa, porque en la oscuridad acecha el enemigo que desea apoderarse de este poder.
Kaelith apoyó la frente en el hombro de Evamora.
—No quiero soñar más —murmuró.
Ella lo abrazó con toda el alma.
—Entonces no estarás solo cuando lo hagas.
La Dama asintió.
—La magia ya eligió quién lo sostendrá.
La multitud comenzó a arrodillarse.
No por la princesa.
Por el niño que había llorado a su padre frente a todos.
Y en lo más profundo del reino, algo oscuro tomó nota.
La Guardiana del Umbral sonrió.
Porque el heredero no solo había despertado.
Había sentido.
Y eso más que cualquier profecía,
era lo que podía romper el mundo.




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