El echizo de tus ojos

Cap. Veinticuatro- La debilidad de Evamora

La noche cayó sobre Elorian sin estrellas.
No fue una ausencia casual: el cielo parecía haberse dado vuelta, como si no quisiera mirar.
Evamora dormía inquieta. El pecho le pesaba, la respiración le costaba, como si el aire necesitara permiso para entrar en su cuerpo. El sueño no llegó con cuidado: la tomó de los tobillos y la arrastró.
El bosque apareció primero.
Oscuro. Herido.
Los árboles no susurraban: gemían. La tierra estaba abierta en grietas que latían como venas rotas. El bosque sangraba, y ese sangrado la llamaba por su nombre.
Entonces lo vio.
Aldric.
Entero. De pie entre los troncos detenidos. Real de una forma obscena, tan real que dolía en los huesos.
Evamora corrió hacia él sin pensar. Como solo corren quienes aman sin defensa, sin orgullo, sin salida.
—Vuelve conmigo —dijo, sin aliento—. Elorian te necesita.
Tragó saliva.
—Yo… yo te necesito.
Aldric la miró con esa tristeza serena que él tenía cuando ya había decidido algo. Esa mirada adulta que no pide permiso ni se disculpa.
—No puedo.
—Sí puedes —insistió ella, quebrada—. Te lo diplico.

Vuelve. Quedate conmigo.
Él negó despacio.
—No estoy solo.
Evamora frunció el ceño, como si no hubiera entendido.
—¿Cómo…?– y la es}isa del hechicero apareció detrás de el.
—Estoy con mi esposa —continuó señalandola—. Con Circe.
El nombre cayó como una piedra.
—No —susurró Evamora—. Eso no… eso no es verdad.
Aldric bajó la mirada.
—Lo es. Siempre lo fue.
Algo se rompió dentro de ella sin hacer ruido.
No gritó.
No lloró.
Solo lo miró, con el corazón abierto como una herida fresca.
—Entonces nunca… —dijo, casi sin voz—. Nunca me amaste como yo te amé.
Aldric no respondió.
Se dio la vuelta.
Y se fue de laano de su esposa.
Evamora despertó con un sollozo ahogado, como si regresara de una caída interminable. Las lágrimas ya estaban allí, empapando las sábanas, corriéndole por las mejillas sin permiso. El pecho le dolía como si alguien hubiera arrancado algo vivo de su interior.
—Mentira… —murmuró—. Fue mentira…solo un sueño.
Entonces escuchó la risa.
Suave.
Cruel.
Íntima.
—¿De verdad pensaste que podría amarte?
Evamora se incorporó de golpe. El corazón le golpeaba las costillas.
La voz de Aldric llenaba la habitación.
Lo vio.
Estaba a los pies de su cama, recortado por la penumbra, con esa expresión que ella siempre había visto en su cara: desprecio desnudo, cruel y vengativo.
—Eres una bruja ingenua —dijo—. Siempre lo fuiste.
—Calla... —susurró ella, temblando.
—Nunca te quise —continuó la voz—. Apenas te toleré.
El llanto estalló.
No fue humano.
Fue magico y desgarrador.
—Entonces… —sollozó Evamora— ¿por qué te sacrificaste por mí?
Aldric ladeó la cabeza, casi divertido.
—¿Quién dijo que fue por ti?
Sonrió.
—Intercambié mi vida en este mundo por estar con mi esposa. Con la única mujer que amé.
El aire vibró.
Las paredes crujieron como si la piedra respirara. La oscuridad comenzó a condensarse en la habitación, espesa, pesada, como si la noche hubiera decidido instalarse dentro de ella.
El dolor y la rabia no pedían salir: exigían.
Era poder en estado puro. Crudo. Salvaje.
La magia de Evamora despertó sin control.
Las velas se apagaron y volvieron a encenderse en llamas negras. El suelo se resquebrajó. Los objetos comenzaron a flotar, temblando, girando a su alrededor como satélites rotos.
Evamora gritó.
Y ese grito consumía.
—¡Basta! —tronó una voz ancestral.
La risa cruel de Aldric se mezcló con el llanto de la princesa.
La puerta se abrió de golpe.
Maelira irrumpió como una tormenta contenida. Sus manos se alzaron y trazaron símbolos en el aire, antiguos, precisos.
—Evamora, mírame —ordenó—. Esto no es real.
Pero la princesa no escuchaba.
La magia ya la estaba devorando desde adentro.
Entonces Elgor actuó.
No hubo dramatismo. Solo necesidad.
Un gesto exacto. Un susurro antiguo.
—Que la calma sea luz.
Que la luz sea calma.
Que tu cuerpo se adormezca
y le dé paz a tu alma.
El cuerpo de Evamora se aflojó de golpe y cayó inconsciente. La energía se disipó como un incendio al que le quitan el oxígeno.
El silencio volvió…
Maelira cayó de rodillas junto a ella. Lágrimas silenciosas le surcaban el rostro mientras observaba los hilos rotos que aún flotaban en el aire.
—Le hicieron esto —susurró—. Usaron su sueño.
Apretó los dientes.
—Lo manipularon.
Elgor cerró los ojos un instante. Cuando habló, su voz era grave, pesada de verdad.
—No fue Aldric.
Abrió los ojos.
—Alguien entró en la visión. Alguien sabe cómo tocar sus sueños… y conoce su debilidad.
Maelira cerró los puños.
—Entonces ya no estamos a salvo.
Elgor miró hacia la ventana. La noche parecía observarlos de vuelta.
—No —dijo—. Alguien quiere el poder que resguarda a Elorian.
Hizo una pausa.
—Y usará a Evamora para obtenerlo.
Evamora dormía.
Pero su magia…
ya no.
Y lo que nadie sabía aún era que, más temprano que tarde,
el infierno despertaría en los reinos del norte.




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