El echizo de tus ojos

Cap. Veinticinco- La despedida de Circe.

Del otro lado del bosque, nada obedecía a las reglas conocidas.
El tiempo no avanzaba: se había quedado suspendido en una eternidad falsa, como una herida que se niega a cerrar.
La luz no descendía del cielo; brotaba desde la tierra, tibia y espectral.
Y el silencio no era ausencia, sino memoria acumulada.
Aldric caminaba entre raíces translúcidas y hojas que jamás caían. Cada paso lo alejaba del mundo… y, al mismo tiempo, lo mantenía encadenado a él.
Porque podía verlo todo.
Elorian.
Las torres blancas.
La plaza abierta como un pecho expuesto.
El niño llorando sin entender por qué el vacío tenía forma de nombre.
Evamora quebrándose en silencio, sin saber que alguien la empujaba desde el reverso de sus sueños.
Aldric apretó los puños hasta sentir el temblor subirle por los brazos.
—Basta… —murmuró—. No es real. Son imágenes. Mentiras.
Pero el bosque no obedecía.
El bosque mostraba.
—No estás aquí por accidente —dijo una voz suave.
Circe emergió de la bruma como si nunca se hubiera ido, como si el tiempo jamás la hubiera tocado. Su presencia no dolía. Al contrario: calmaba.
Y eso era lo más cruel de todo.
Seguía siendo ella.
Los mismos ojos sabios.
La misma serenidad feroz.
La misma belleza que no pedía permiso para existir.
—Estoy contigo —dijo Aldric, girándose hacia ella con desesperación—. Eso es lo único que importa. Elegí quedarme. Elegí esto. Nos elegí.
Circe lo miró largamente. No había reproche en su mirada, solo una verdad insoportable, envuelta en amor.
—No —dijo al fin—. No lo estás.
Él negó con brusquedad, casi con rabia.
—Sí. Porque sin tí no hay nada más. Sin tí… no soy nada.
Circe dio un paso hacia él. Su mano atravesó su pecho sin tocarlo del todo, como si su cuerpo ya no le perteneciera por completo a ese plano.
—Yo morí, Aldric.
El nombre, en sus labios, fue una caricia rota.
—Y tú no.
Bajó la voz, como si decirlo más alto pudiera destruirlo.
—Estás en tránsito. Y te aferrás a algo que ya no te pertenece.
—No puedo volver —dijo él, con la voz astillada—. No puedo vivir en un mundo sin tí.
Circe sostuvo su mirada.
—Pero ya lo estás haciendo.
El golpe fue limpio. Preciso.
—No entiendes —susurró Aldric—. No sabes lo que se siente.
Circe sonrió con una tristeza antigua.
—Entiendo demasiado.
Se acercó un poco más.
—Te quedaste por amor… pero ahora te quedás por miedo.
Aldric aceptame —rogó—. Dejame quedarme. Aunque sea así. Aunque esté mal. Aunque no sea justo.
Circe apoyó la frente contra la suya. No hubo beso. No hubo promesa.
Solo verdad.
—Ya no eres mío —susurró—. Y eso… me parte el alma.
Aldric abrió los ojos, desesperado.
—No digas eso.
—Tienes un hijo —continuó ella—. Un niño que te sueña sin haberte vivido.
—Ese hijo también es tuyo —dijo él, roto—. Nuestro. Y no puedo mirarlo sin verte.
Circe negó con dulzura, sin ceder.
—Y tienes una mujer que te ama con una pureza que no supiste rechazar.
—Evamora no es tu reemplazo —escupió él, áspero.
—Nunca lo fue —respondió Circe—. Y no lo sera.

Por eso duele más.
Se apartó, como quien reúne fuerzas para pronunciar lo irreversible.
—Aunque no lo aceptes, ya no me pertenecés.
Lo miró con un amor limpio, devastador.
—Y aunque yo te ame… tengo que soltarte.
Algo se quebró en Aldric de verdad. No fue magia. Fue alma.
—Me estás desterrando…
—No —dijo Circe, con lágrimas silenciosas—. Te estoy devolviendo.
El bosque vibró. No con hechizos, sino con duelo.
—Cria a nuestro hijo —susurró—. Amalo por los dos.
Hizo una pausa, mínima, mortal.
—Y dejá que ella te salve… porque tu ya no puedes quedarte aquí.
—No quiero —dijo él, deshecho.
Circe sonrió por última vez.
—El amor no siempre se queda. A veces… se transforma en renuncia.
Su cuerpo comenzó a disolverse en la luz, como un amanecer que no termina de nacer.
—Circe… —la llamó Aldric.
Ella se detuvo apenas un segundo.
—En otra vida —dijo— tal vez hubiéramos sido eternos.
Y desapareció.
Aldric cayó de rodillas.
Gritó.
Lloró.
Porque ese dolor no era humano: nacía de las entrañas, del lugar donde se guarda lo irrecuperable.
El bosque volvió a mostrarle Elorian.
Evamora dormida.
Kaelith soñando despierto.
Un reino entero sostenido al borde del abismo.
Aldric apoyó la mano en la tierra.
—No puedo hacerlo—susurró—.¿Me escuchas,circe? No lo haré. Te esperaré aqui–hsblo con determinación.

Mírate. Ya no se quién eres– se burló la guardiana del umbral apareciendo de repente.

Alguna vez admire al hechicero, el Gran brujo blanco de las tierras del norte, pero hoy te has convertido en un pobre mendigo de amor– y habia no solo burla en las palabras de la guardiana, había una verdad que hizo temblar a Aldric.

Una verdad que el debía aceptar muy a pesar suyo.
Y por primera vez desde que cruzó el umbral, comprendió la verdad más cruel de todas:
no había sido desterrado de la muerte,
sino del corazón de la mujer que más amó.
Y eso —incluso para un hechicero capaz de desafiar al tiempo era irreversible.
Aun así, se quedó allí un instante más, aferrado al eco de ella,
porque abandonar a Circe
dolía más
que cualquier infierno.




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