Aldric observaba la Piedra de la Revelación
y lo que veía allí no le ofrecía refugio alguno.
El umbral mostraba la vida al otro lado del bosque:
Elorian sin él.
Las torres en pie, pero vacilantes.
La princesa sosteniendo lo que no debía sostener sola.
Un niño creciendo con preguntas que nadie podía responderle.
Todo seguía…
y, aun así, todo se desmoronaba.
Sus puños permanecían cerrados, los músculos tensos, la espalda rígida.
No había rendición en su postura, solo contención.
Era un hombre al borde de estallar que aún se negaba a caer.
Su corazón no quería irse de ese lugar.
Y eso lo enfurecía más que cualquier condena.
Circe lo observaba desde la distancia.
No se acercaba.
Porque ya no había nada que decirse sin romper algo más.
Ella lo amaba.
Pero ese ya no era su mundo.
Y amar, allí, también significaba saber cuándo no tocar.
—No es posible —dijo Aldric al fin, con la voz quebrada—.
No puede ser verdad.
Se llevó la mano al pecho, como si quisiera arrancarse aquello que latía donde no debía.
—Mi corazón es tuyo —continuó, con dureza—. Siempre lo fue.
Pero cuando la veo a ella… duele.
Y eso no debería pasar.
Hizo una pausa. Respiró hondo.
—Morí por amor —dijo—. Por ti.
Aunque… aunque en el fondo sé que elegí salvar a Evamora.
Decir el nombre de la princesa en voz alta fue devastador.
Como una traición pronunciada.
Circe bajó la mirada.
Dolía verlo así. Dolía demasiado.
—Moriste por amor —corrigió con suavidad—.
Pero no por mí.
Aldric negó con violencia.
—No. No sabes nada.
No te atrevas a decirme eso.
El aire se tensó.
La Guardiana del Umbral apareció sin anunciarse.
Nunca lo hacía.
Su presencia era una herida que se abría sola.
Sus ojos brillaban con un goce antiguo, cruel.
—¿A quién intentas convencer de que sigues amando a tu esposa, hechicero? —preguntó con voz de aguja—.
¿No sientes cómo el amor te consume?
Sonrió.
—Amar no sirve.
Amar te vuelve vulnerable.
Y cuando amas… pierdes.
Aldric giró hacia ella.
—Callate.
La Guardiana avanzó un paso.
—Te sacrificaste por Evamora —susurró—.
Elegiste su vida.
Su mundo.
Su futuro.
Inclinó la cabeza.
—Dime, Aldric…
cuando intercambias una vida por otra,
¿cómo lo llaman en tu reino?
Rió, baja y venenosa.
—Creo que lo llaman amor. ¿ No?
El golpe fue certero.
—No la amo —escupió Aldric—.
Fue un error. Un desvío. Una deuda.
—Mientes —respondió la Guardiana—.
Y lo sabes.
Circe dio un paso adelante.
—Aldric… —dijo apareciendo —.Mírame.
Él la miró.
Y se quebró.
No cayó.
No suplicó.
Pero algo en su mirada se desarmó.
—No puedo volver a un mundo sin ti —admitió—.
No sé respirar sabiendo que no estás.
Prefiero quedarme aquí. Contigo.
Aunque no sea real.
La Guardiana aplaudió despacio.
—¿Escuchaste? —se burló—.
Quiere quedarse.
Renunciar.
Abandonar el mundo que aún lo reclama.
Inclinó la cabeza.
—Tan romántico.Tan cobarde.
Aldric avanzó hacia ella, con furia contenida.
—¡Yo no abandoné a nadie!
—Sí —replicó ella—.
Abandonaste a tu hijo.
Abandonaste a la mujer que confía en ti sin comprender por qué.
Abandonaste al mundo que te necesita.
Circe cerró los ojos.
—Basta —pidió—.
No lo destruyas más.
Pero la Guardiana aún no había terminado.
—Dime, Aldric —susurró, acercándose—.
¿En quién pensabas cuando morías?
Silencio.
Ese silencio fue la respuesta.
Aldric cayó de rodillas.
—No fue así… —dijo—.
No lo quise… no lo planeé…
—El corazón no planea —respondió Circe, con lágrimas serenas—.
Revela.
Él alzó la vista, desesperado.
—Dime que todavía soy tuyo. Que nos pertenecemos.
Circe se arrodilló frente a él.
Le sostuvo el rostro como en otra vida.
—Te amé —dijo—.
Y por eso… te suelto.
Aldric negó, con un sollozo seco.
—No.
No me quites esto también.
—No te lo quito —susurró ella—.
Te lo devuelvo.
La Guardiana sonrió, satisfecha.
—Quedate —tentó—.
Aquí no duele elegir.
Aquí no hay consecuencias.
Circe lo miró por última vez.
—Aldric…
ya no me pertenecés.
Y aunque te resistas…
tu corazón ya eligió cuidar, no huir.
Él gritó.
Un grito seco, desgarrado.
Porque su corazón, dividido, sangraba sin remedio.
Sabía qué debía hacer.
Y por eso mismo… no podía hacerlo.
La Guardiana sonrió más ampliamente.
Porque aunque no lo había vencido del todo,
había sembrado la duda.
Y en Aldric,
la duda
era el comienzo del infierno.
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Editado: 09.01.2026