Aldric corría.
No para huir de alguien,
sino para arrancarse el dolor del pecho.
Corría como quien intenta adelantarse a un pensamiento que quema,
como si la velocidad pudiera desgarrar una verdad antes de que alcance a decir su nombre.
El otro lado del bosque se deformaba bajo sus pies.
El suelo no era tierra: era memoria endurecida.
Cada paso devolvía una imagen que no quería mirar.
Evamora llorando.
Evamora viva.
Evamora respirando… gracias a él.
—No —se dijo entre dientes—.
No es amor.
No puede serlo.
El claro se abrió de pronto.
La piedra triangular emergía en el centro, inmóvil, antigua, cansada de esperar.
Tres caras.
Tres destinos.
Una sola verdad que no aceptaba mentiras.
Allí podía elegir.
Allí el tiempo obedecía.
Allí el corazón mentía… o se rendía.
Aldric apoyó las manos sobre la piedra.
El impacto fue inmediato.
La magia le atravesó los brazos como fuego blanco.
Vio futuros superpuestos:
Elorian en pie.
Elorian en ruinas.
Kaelith creciendo sin él.
Evamora envejeciendo sola.
Y Evamora mirándolo con esa fe insoportable que nunca pidió permiso para nacer.
—Sacala de mí —gruñó—.
Arrancala.
Golpeó la piedra.
El sonido retumbó como un trueno sin cielo.
—No la amo —repitió, más fuerte—.
¡No la amo!
La Guardiana apareció detrás de él, silenciosa, satisfecha.
Siempre llegaba cuando el alma estaba abierta.
—Debes elegir —susurró—.
Cambia el destino.
Vuelve a lo que eras.
Sin ella.
Sin culpa.
Aldric volvió a golpear.
La piedra se agrietó apenas.
—Yo pertenezco a Circe —dijo, con la voz rota—.
A la mujer que amé primero.
A la única que debí amar.
La Guardiana sonrió, y su sonrisa fue una herida.
—Pero tu corazón ya habló —clavó—.
Y eso…
eso es lo que no te perdonas.
Aldric tembló.
—¡Basta!
La piedra reaccionó.
Las visiones se volvieron crueles.
Evamora sosteniendo a Kaelith.
Evamora sangrando magia.
Evamora cayendo… porque él no estaba.
—¿Eso es amor? —se burló la Guardiana—.
¿O es responsabilidad?
—No lo sé —admitió Aldric.
Y esa confesión lo partió más que cualquier acusación.
—¡No lo sé!
Cayó de rodillas frente a la piedra.
—Quiero volver a sentir como antes —rogó—.
Quiero amar sin que duela así.
Quiero elegir sin destruir a nadie.
La Guardiana se inclinó hasta su oído.
—Si renuncias… yo gano.
Y si yo gano… ella muere.
Silencio.
Aldric alzó la cabeza lentamente.
—Entonces —dijo—
no quiero ganar.
La Guardiana se tensó.
—¿Qué dijiste?
Aldric apoyó la frente contra la piedra triangular.
Ya no había furia.
Solo un cansancio antiguo, definitivo.
—No quiero poder.
No quiero decidir destinos.
No quiero ser arma ni balanza.
Su voz se quebró, pero no se quebró él.
—Quiero descansar.
La piedra dejó de brillar.
Eso nunca pasaba.
—Si no eliges —advirtió la Guardiana, por primera vez incómoda—,
la Guardiana de lo Oscuro avanzará.
Elorian caerá.
Evamora caerá.
Tu hijo—
—Mi hijo merece un mundo —interrumpió Aldric—.
Uno distinto.
Se puso de pie, tambaleante.
—Y Evamora merece vivir…
aunque eso signifique que yo no vuelva.
La Guardiana retrocedió un paso.
—Te estás desterrando solo.
Aldric sonrió con amargura.
—Siempre lo hice.
Apoyó la mano una última vez en la piedra triangular.
—Quítame este poder —susurró—.
Que ellos vivan otra vida.
Una mejor.
Y en ese gesto, lo perdió todo.
La piedra se apagó por completo.
La magia lo abandonó como un río que se seca sin aviso.
Aldric cayó de rodillas.
No quedaba hechicero.
No quedaba héroe.
Solo un hombre
que había amado demasiado
y demasiado tarde.
—Perdónenme —susurró al aire—.
Pero ya no puedo seguir.
La Guardiana lo observó en silencio.
Había sembrado confusión…
pero también había despertado algo peligroso.
Porque un hombre que renuncia al poder por amor
es infinitamente más difícil de dominar
que uno que lo desea.
Y Aldric —roto, vacío, humano—
ya no le pertenecía a nadie.
Ahora solo el destino
y su propio corazón
podrían reconstruir
al hombre que una vez fue.
#2923 en Fantasía
#556 en Magia
brujas amor magia, fantasia y venganza, mundo oscuro y mundo de luz
Editado: 09.01.2026