El echizo de tus ojos

Cap. Veintiocho- El poder de cambiar el destino

Aldric se puso de pie con lentitud, como si cada hueso recordara el precio pagado.
Su cuerpo pesaba.
Su alma, aún más.
Era un receptáculo cansado, un habitáculo donde el dolor había hecho raíces.
Al alzar la vista, lo vio.
Un sendero estrecho, apenas marcado entre la hierba alta, como si el mundo dudara en mostrarlo. No era imponente. No prometía gloria. Pero algo en su pecho —no magia, no fuerza, sino pura voluntad— le dijo que debía seguirlo.
Y lo hizo.
Cada paso fue una decisión.
No un impulso.
No una huida.
Caminar era elegir vivir, aunque no supiera para qué.
El paisaje cambió sin aviso. El bosque se volvió de una belleza casi insultante: luz filtrándose entre hojas antiguas, flores que no deberían existir, un silencio tan perfecto que dolía.
Era demasiado encantador.
Demasiado puro.
A Evamora le habría gustado este lugar, pensó.
La imagen de ella se le coló sin permiso, como siempre.
—¿Por qué sigo pensándote…? —murmuró, con una amargura cansada.
Había hecho lo correcto.
Lo sabía.
Había entregado su magia porque ella no habría sobrevivido sin la suya. Fusionar ambos poderes era la única opción. El sacrificio necesario. El acto justo.
Entonces… ¿por qué ahora el vacío?
¿Qué pasaría con la princesa si él ya no era un hechicero?
¿Qué sería de ella sin su ancla, sin su espejo?
La pregunta no tenía respuesta, y esa incertidumbre le mordía el alma.
El camino no terminaba. No se abría. No ofrecía señales. Solo continuaba. Y Aldrich siguió, no porque supiera a dónde iba, sino porque detenerse significaba aceptar que todo había sido en vano.
Hasta que el cuerpo dijo basta.
Cayó de rodillas junto a un viejo roble, enorme y silencioso, como un guardián que había visto nacer y morir mundos enteros. Apoyó la frente en la tierra. Sus ojos amarillentos se cerraron.
—Solo un instante… —susurró—. Solo dame un poco de quietud.
Quizá descanso.
Quizá perdón.
Desde la colina, las brujas observaron.
Vieron el sendero.
Vieron el cuerpo rendido.
Vieron, una vez más, el sacrificio repetido.
—El mismo patrón —dijo una—.
—El hechicero que siempre elige el dolor correcto… —añadió otra—.
—…y la felicidad equivocada.
La más antigua cerró los ojos. El tiempo parecía inclinarse hacia ella.
—Recuerdo —dijo— cuando fue la princesa quien lo salvó a él… ofreciendo su vida a cambio de la de el.
—Nos debe una —sentenció otra, sin crueldad, pero sin duda—. Y las deudas de magia se cobran.
Hubo silencio.
—Podemos cambiar el destino de Aldrich —dijo entonces la anciana—. La magia que intercambia una vida por otra debe ser rectificada. Y aquí… dos brujos renunciaron a sí mismos por amor.
—Lo sabemos —respondió una voz más joven—, pero él ya no tiene magia. ¿Y si el ritual falla?
La anciana abrió los ojos. Ardían.
—Entonces fallaremos intentando. Eso también es ley.
Se tomaron de las manos.
El bosque escuchó.
—Poder de la tierra —entonaron.
—Divino linaje.
—Devuelve la carne a esta alma en pena.
—Concede el soplo de vida para que emprenda el viaje.
Soplaron.
El aire se volvió antiguo. Espeso. Sagrado.
El Árbol de la Vida tembló. Sus ramas crujieron como huesos despertando. La savia ardió. El velo entre lo que fue y lo que podía ser… cedió.
La vida cruzó el bosque.
Buscó.
Reconoció.
Eligió.
Y entró en él.
El cuerpo de Aldrich convulsionó. Un lamento ancestral escapó de su pecho. No era dolor.
Era regreso.
Abrió los ojos.
Respiró.
Y por primera vez desde que el destino le exigía elecciones imposibles, no pidió salvar a nadie. No pidió redención. No pidió poder.
Solo eligió una cosa.
Vivir.
Y en ese acto simple, feroz y humano, comprendió que el destino —ese tirano elegante— podía ser desafiado.
Tenía otra oportunidad.
Y esta vez… no pensaba desperdiciarla.




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