La Gran Anciana alzó el báculo y llamó a quien guardaba las almas que no habían terminado de partir.
—Circe.
El bosque contuvo el aliento.
Ella apareció desde el umbral que no pertenece ni a los vivos ni a los muertos. Era la bruja que custodiaba a los que quedaban suspendidos tras el sacrificio: los que habían dado demasiado… y aún no sabían si merecían regresar.
—Me has llamado, Gran Madre —dijo Circe, con voz antigua.
—Sí. Tienes un nuevo viajero. Debes convencerlo de cruzar. Si no lo hace, el destino se torcerá una vez más.
—Lo haré —respondió.
Pero cuando lo vio, su corazón se quebró en silencio.
Aldric yacía sobre la hierba, despierto y dormido a la vez. Su espíritu estaba en trance, flotando en la frontera donde la voluntad aún puede decidir.
Y ella… ella era la encargada de empujarlo de regreso.
La tarea más cruel que la magia podía imponerle.
Porque antes de ser guardiana, antes de ser bruja, Circe era mujer.
Y amaba a ese hombre con cada gota de su sangre.
Pero el deber no negocia con el amor.
Se arrodilló junto a él. Lo miró como quien memoriza un rostro antes de perderlo.
—Debes volver —susurró—. Nuestro hijo corre peligro. Evamora también.
El amor fue su fuerza.
El sacrificio, su condena.
Colocó las manos sobre el pecho de Aldric. El cuerpo se estremeció. Él abrió los ojos… y dio un paso hacia ella.
—No me pidas que cruce —dijo—. No me pidas vivir en un mundo donde no existas.
Circe alzó la mano y acarició su rostro. Seguía cálida, aunque ya no perteneciera a la carne.
—Siempre fuiste terco —susurró—. Incluso para amar.
Antes de que él pudiera responder, lo besó.
No fue un beso de deseo.
Fue un beso de despedida.
De esos que sellan pactos que ni la muerte puede romper.
El peso regresó al cuerpo de Aldric. El bosque giró. La magia se volvió un murmullo lejano.
—Escúchame —dijo Circe contra sus labios, mientras el sueño intentaba vencerlo—. No rechaces el amor que nació de ti hacia ella. Si lo haces perderás tu magia.
—Ya perdí mi magia —respondió él, con voz quebrada.
—No —corrigió—. Perdiste el poder. No la raíz. La magia sagrada vive más profundo. Búscala.
Entonces llegó el dolor.
No físico.
Ese dolor fino que atraviesa el alma cuando comprende que amar también obliga a seguir viviendo.
—No naciste por azar, Aldric —dijo ella, con la voz rota—. Fuiste engendrado por dos linajes únicos. Para ser el protector de Elorian.
La oscuridad comenzó a cerrarse.
—Hay un mal que no piensa, no razona, no negocia —susurró—. Maldad pura. Y solo alguien nacido de luz y grieta puede desterrarlo.
Aldric entendió.
Siempre lo había sabido.
Cada mundo exige su guardián.
Y él no era un cobarde.
—Eres ese equilibrio imposible —continuó Circe—. Luz que conoce la sombra. Amor que aprendió a perder. Por eso puedes vencerlo.
Una lágrima cayó sobre su frente.
—Cuida a kaelith —pidió—. Ama a Evamora sin miedo. Porque el día que niegues ese amor… la oscuridad ganará.
El beso se deshizo.
El cruce comenzó.
Dejó atrás a Circe.
Dejó atrás el bosque.
Dejó atrás la eternidad cómoda del no decidir.
Y despertó.
El aire le quemó los pulmones.
El cuerpo pesó.
La vida dolió.
Pero estaba vivo.
La magia no lo había abandonado: se había asentado en su pecho, más profunda, más verdadera.
Aldric comprendió entonces su rol.
No era un hombre común.
No era mártir.
No era leyenda.
Era el destierro de la maldad cuando ya no queda esperanza.
El último umbral.
El hechicero que ama, aun sabiendo que amar lo hará sangrar.
Abrió los ojos.
El bosque de Elorian lo recibió en silencio…
sin saber que, en el reino del norte, alguien muy poderoso acababa de jurar desatar una oscuridad cruel.
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Editado: 09.01.2026