El echizo de tus ojos

Cap . Treinta- El regreso a Elorian

Elorian lo recibió sin fanfarrias.
No hubo rayos.
No hubo cantos.
No hubo gloria.
El reino estaba quieto. Demasiado.
Nada se movía.
Nada respiraba con prisa.
Solo el aire… esperando.
Aldric inhaló y el pecho le ardió como si fuera la primera vez. El oxígeno no entró suave: entró a la fuerza, reclamándolo. Vivir dolía. Vivir pesaba. Vivir no pedía permiso.
El bosque era el mismo… y no lo era.
Los colores tenían profundidad. El verde no era solo verde: era memoria viva. La tierra bajo sus pies no sostenía un cuerpo; sostenía una decisión. Cada paso le devolvía una certeza brutal: había vuelto sin poder, sin atajos, sin absoluciones.
Pero con algo más peligroso:
conciencia.
—Así se ve el mundo cuando ya no eres inmortal —murmuró, con una sonrisa cansada.
Avanzó.
La gran ciudad apareció ante él, despojada de la reverencia que alguna vez le había ofrecido. Había sido el gran brujo blanco. Ahora era solo un hombre que regresaba sin anunciarse. El palacio de la magia blanca se alzaba igual… y distinto. Familiar y ajeno, como una casa que ya no te pertenece del todo.
Y entonces lo vio.
Kaelith.
Su hijo estaba allí. Vivo. Creciendo sin él. Más alto, más fuerte, más real de lo que la culpa le permitía soportar. Corría torpemente, riendo con esa risa que no negocia con la tristeza.
Y frente a él…
Evamora.
No era la princesa.
Tampoco la heredera.
Era la mujer.
Sentada en el suelo, con el vestido manchado, dejándose ganar por el juego. Permitiéndole al niño empujarla, reírse de ella, existir sin miedo.
Aldric se detuvo en seco.
El corazón no solo latió.
Se desbordó.
Porque en ese instante comprendió la ironía más cruel del destino:
amaba a la hija del hombre que le había robado el amor de otra vida.
Atronos.
El rey.
El mismo que lo había usado.
Que había elegido la corona por encima de la sangre.
Que había roto lo que no tenía derecho a tocar.
Y aun así…
Amaba a Evamora.
No porque quisiera.
No porque lo hubiera elegido.
Sino porque el amor había nacido del odio, se había alimentado del rencor… y había crecido en silencio, como crecen las cosas verdaderas.
—Maldito seas… —susurró, sin saber si hablaba del rey o de sí mismo.
No avanzó.
Porque antes de tocar ese amor, había otros brazos que lo reclamaban.
—Aldric…
La voz tembló.
Su madre.
Giró.
Ella estaba allí, con las manos en el pecho, como si el corazón ya no le entrara en el cuerpo. No caminó: corrió. Olvidó la dignidad, el tiempo, todo. Lo tomó del rostro, lo palpó como si pudiera desvanecerse otra vez.
—Estás vivo… —sollozó—. Estás vivo…
Él no resistió.
Se quebró.
—Mamá… —dijo, y la palabra salió nueva, rota, infantil—. Estoy aquí.
Ella lo abrazó como se abraza a un recién nacido. Con desesperación. Con miedo. Con una gratitud salvaje. Lo mecía, como si ese cuerpo adulto fuera otra vez el de un niño.
—Te parí dos veces —susurró—. La primera te traje al mundo desde mi cuerpo. La segunda… es ahora. Porque siento que te estoy pariendo de nuevo.
Entonces su padre se acercó.
Caminó despacio, como si temiera romper el milagro. Allí estaba ese niño al que había enseñado magia, a luchar, a pescar, a perder sin rendirse. Habían sido amigos… antes del odio. Antes del rencor.
Cuando estuvo frente a él, apoyó la frente en la suya.
—Respiras —dijo, con la voz hecha trizas—. Eso es todo lo que importa.
Aldric apoyó la cabeza en su hombro.
—Creí que no volvería —confesó—. Creí que iba a quedarme del otro lado.
—Y aun así volviste —respondió su padre—. Porque hay cosas que atan más fuerte que la magia.
Los tres se abrazaron.
No como adultos.
Como sobrevivientes.
Como una familia que había enterrado a su hijo… y ahora lo tenía de vuelta, distinto, marcado, vivo.
—Naciste otra vez —dijo su madre—. Y esta vez… vas a vivir.
Aldric levantó la vista.
Buscó a Evamora.
Ella lo miraba.
No había reproche.
No había miedo.
Había algo peor: verdad.
El amor que sentía ya no podía ocultarse.
No después de morir.

No despues de luchar contra si mismo.
No después de regresar.
Kaelith corrió hacia él.
—¡Papá!
Ese abrazo terminó de sellarlo todo.
Aldric cerró los ojos.
Volver había dolido.
Amar dolería más.
Pero esta vez… no iba a huir.
Porque había regresado a Elorian.
Había vuelto a nacer.
Y el amor —el verdadero— ya no obedecía órdenes, ni reyes, ni fantasmas.
Solo latía.
Y exigía ser vivido.
Aunque, en ese reino que volvía a pisar,
amar siempre tuviera un precio.




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