El echizo de tus ojos

Cap. Treinta y uno- El encuentro de dos corazanes.

Evamora se acercó despacio al hombre que lo significaba todo en su vida.
Cada paso era una batalla contra el miedo. El temor al rechazo le tensaba el pecho; no quería ser una carga, no quería exigir nada después de todo lo que él había perdido.
—Ven, princesa. Mirá a mi hijo… está vivo —anunció Maelira con suavidad, como si Evamora no lo hubiera visto llegar, como si no llevara horas grabándolo en la memoria.
—Has llorado tanto por él… y aquí está.
Evamora avanzó entonces, tímida, casi temblorosa. Tomó las manos de Aldric entre las suyas. Eran esas manos. Las que había amado en silencio. Las que había extrañado hasta dolerle el alma. Las besó con reverencia.
Aldric no dijo nada.
Solo la miró.
No podía creer lo que veían sus ojos.
Era ella.
Era Evamora.
Viva. Entera. Frente a él.
—Gracias por volver —dijo ella al fin, dulce y torpe, sin saber cómo pararse frente al hombre que amaba.
Aldric entrelazó sus dedos con los de ella y la condujo a un lado, necesitaba espacio… necesitaba aire.
En el camino se cruzaron con Atronos.
—¿Aldric? —el rey se detuvo en seco, incapaz de comprender lo que veía—. Pero… tú estabas…
Sin darle tiempo a reaccionar, lo abrazó con fuerza y le dio un par de palmadas en la espalda.
—Muchacho, te extrañé. No tenía con quién discutir. Nadie que me contradijera —rió, sincero.
Aldric lo miró, desconcertado. No entendía qué había cambiado en el rey.
Su expresión inquisitiva hizo que Atronos lo soltara y hablara atropelladamente, olvidando por completo su rol de monarca.
—Te debo una disculpa. Salvaste a mi hija… y por eso te ofrezco su mano en matrimonio.
—Padre, basta —intervino Evamora, avergonzada.
—Creo —dijo Aldric con voz firme— que eso es algo que tu hija y yo debemos decidir.
Atronos asintió, incómodo pero honesto.
—Tienen razón. Hablen. Yo… los dejo solos.
Evamora lo invitó a su habitación.
Aldric observó el lugar: blanco, azul, con delicados toques dorados. Todo hablaba de ella. De su luz.
Ella se sentó junto a la ventana, mirando hacia afuera, cohibida por su presencia.
Aldric carraspeó.
Cuando Evamora alzó los ojos y lo miró, él supo que ya no podría vivir jamás sin esa mirada.
—Una vez me miraste así —dijo— y sentí que algo se rompía y nacía dentro mío. Eres una gran hechicera.
Tomó su mano y la besó.
El temblor recorrió el cuerpo de ella entero.
—Ven —la invitó, señalando la cama que ocupaba casi toda la habitación.
Se sentaron juntos. Por primera vez, Evamora sonrió de verdad.
—Cuando te miré aquella vez… te enojaste conmigo —dijo—. ¿Por qué?
—Porque tus ojos me hechizaron —respondió él sin rodeos—. Tu conjuro ató mi alma a la tuya. Solo que tardé en comprenderlo.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Me amas? ¿De verdad?
—Sí —respondió Aldric—. Y te pido perdón por cada vez que te herí.
Evamora respiró hondo.
—Te amo, Aldric. Y quiero criar a tu hijo como si fuera mío… si me lo permites.
Él cerró los ojos un instante.
—Lo vi —dijo—. Desde el otro lado del umbral. Vi tu amor, tu cuidado… y cómo tu magia crecía. Serás una gran reina.
—No quiero ser reina —susurró ella—. Quiero ser tu hogar.
Aldric la puso de pie. La sostuvo del rostro. Se miraron como si el tiempo hubiera dejado de existir. Un siglo en un segundo.
Entonces sus bocas se encontraron.
No fue un beso tímido.
Fue un beso necesario.
Como agua en el desierto.
Evamora sintió que el corazón se le desbocaba hasta los confines de Elorian. Flotaba en sus brazos. Por primera vez, estaba completa.
Aldric no entendía cómo su corazón podía volver a latir así por otra mujer que no era Circe.
Pero Evamora no reemplazaba… sanaba.
Lo calmaba.
Lo anclaba.
Lo completaba.
Eran dos.
Y eran uno.
Un amor nacido del odio y del rencor.
Que sobrevivió a la magia oscura.
A la muerte.
Al umbral.
Un amor que no pidió permiso.
Y ya no podía ser negado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.